Tras jubilarse, reconstruyó una chacra abandonada y terminó encontrando su lugar entre lavandas en la Patagonia
Tras jubilarse como profesora de educación física, Laura Grenata decidió volver a sus raíces. Hoy, en una chacra de 23 hectáreas en el Valle Inferior, impulsa un proyecto productivo y turístico que combina avellanos, nogales y lavandas, con una mirada artesanal y de futuro.
En el Valle Inferior del río Negro, entre chacras productivas y caminos rurales, la lavanda se convirtió en el eje de un proyecto de vida que Laura Grenata inició tras su jubilación como profesora de educación física. En una chacra de 23 hectáreas, donde también conviven avellanos en desarrollo, nogales históricos y producción de maíz, este cultivo aromático fue ganando terreno hasta transformarse en una apuesta productiva, artesanal y también emocional.
«Yo nací en el campo, en la zona de Coronel Suárez, en el centro de la provincia de Buenos Aires. Después me fui a estudiar y me alejé de esa vida, pero cuando me jubilé sentí la necesidad de volver a la tierra», relató Laura a Diario RÍO NEGRO.
Una chacra patagónica con pasado productivo
El campo que hoy trabaja tenía una historia previa fuerte, había sido una plantación de cerezos importante en la región, pero con el paso del tiempo quedó abandonada. Ese fue el punto de partida de una transformación completa.

«Las plantas eran muy viejas y no se podía sostener todo. Además no es solo producir, después hay que cosechar, comercializar, hay toda una cadena», explicó Laura.
Con asesoramiento técnico del INTA, tomó la decisión de desmontar gran parte del antiguo cultivo y reorganizar el esquema productivo. A partir de allí comenzó una nueva etapa de planificación, inversión y aprendizaje.
Avellanos, nogales y maíz: la base productiva del proyecto
Hoy la chacra se sostiene sobre una estructura diversificada. Por un lado, cuenta con tres hectáreas de avellanos en desarrollo, que se encuentran en su quinto año de crecimiento. Por otro, mantiene una plantación antigua de nogales de más de 40 años, que aporta continuidad productiva.

A esto se suma el alquiler de unas diez hectáreas destinadas a maíz, una estrategia clave para sostener económicamente el establecimiento mientras los cultivos principales maduran.
«El maíz me da una base para mantener el riego, los impuestos y toda la infraestructura», explicó. La diversificación, en este caso, no es solo una decisión productiva sino también una herramienta de supervivencia económica en el mediano plazo.

En medio de esa estructura productiva apareció la lavanda, un cultivo que, en su caso, tiene un origen emocional. «Mis abuelos siempre tenían lavanda. Mi abuela la ponía entre las sábanas y mi abuelo la llevaba en el bolsillo de la camisa. De ahí viene todo esto», contó.
Actualmente trabaja con unas 700 plantas distribuidas en distintas variedades. Algunas son aptas para consumo y otras estrictamente ornamentales, una distinción que aprendió con el tiempo y la capacitación. «Me fui formando porque es un mundo completamente nuevo para mí», reconoció.
«Mis abuelos siempre tenían lavanda. Mi abuela la ponía entre las sábanas y mi abuelo la llevaba en el bolsillo de la camisa».
Laura Grenata, referente de «La chacra de las lavandas»
El objetivo a futuro es la producción de aceite esencial, aunque todavía se encuentra en una etapa inicial.
Producción artesanal: secado, desgranado y productos derivados
Mientras el proyecto crece, la producción actual se orienta a lo artesanal. Las flores de lavanda se cosechan manualmente, se secan durante varias semanas, se desgranan y se transforman en distintos productos.
Entre ellos se encuentran bolsitas aromáticas, preparados relajantes e insumos para infusiones. «De la flor seca sale todo. Es la que tiene el aceite esencial», explicó.

Parte de esa producción ya tiene circulación local y también es utilizada por emprendimientos que elaboran té con base de lavanda.
El desarrollo del cultivo implicó también una fuerte adaptación técnica. La lavanda requiere suelos livianos, buen drenaje y condiciones específicas para su crecimiento, algo que no siempre está presente en la zona. «Acá la tierra es más pesada, entonces tuve que trabajarla, agregar arena en algunos sectores y hacer bordos para mejorar el desarrollo de las raíces», detalló.
Además, la cosecha tiene un momento específico del día. Se realiza temprano por la mañana, cuando la planta concentra mayor cantidad de aceites esenciales. «Es cuando tiene más potencia aromática», explicó.
«Cada uno está en lo suyo, y yo encontré este nuevo proyecto de vida».
Laura Grenata, referente de «La chacra de las lavandas»
Turismo, arte y vida cotidiana en la chacra
Más allá de lo productivo, Laura también incorporó un componente turístico y creativo a su proyecto. La chacra se convirtió en un espacio de visitas, experiencias y actividades vinculadas al entorno natural.

En paralelo, desarrolla prácticas artísticas como pintura, costura y teñido botánico con plantas del propio campo. «Salgo a caminar y voy juntando hojas, después las uso para hacer cuadros. También empecé a teñir prendas con plantas del lugar», contó.
Ese costado creativo convive con la vida diaria del establecimiento, donde el trabajo rural se mezcla con la exploración personal.
Una vida en la región y un proyecto en construcción
Laura vive en la zona desde hace más de 30 años. Llegó junto a su familia por el trabajo de su marido en Patagones y allí formó su vida. Tiene tres hijos trillizos, hoy adultos, que ya siguen sus propios caminos.
«Cada uno está en lo suyo, y yo encontré este nuevo proyecto de vida«, resumió.

La chacra, en ese contexto, se transformó en un espacio de reinvención. Un lugar donde confluyen la experiencia docente, la vida familiar y la reconexión con el campo.
Hoy, el proyecto sigue en construcción. La escala aún es pequeña, pero la proyección es a largo plazo. «Esto es artesanal, pero con una visión de crecimiento. La idea es ordenarlo, registrarlo y seguir avanzando», concluyó.
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En el Valle Inferior del río Negro, entre chacras productivas y caminos rurales, la lavanda se convirtió en el eje de un proyecto de vida que Laura Grenata inició tras su jubilación como profesora de educación física. En una chacra de 23 hectáreas, donde también conviven avellanos en desarrollo, nogales históricos y producción de maíz, este cultivo aromático fue ganando terreno hasta transformarse en una apuesta productiva, artesanal y también emocional.
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