Después del voto

Las diversas vertientes del populismo criollo son enemigas juradas del rigor y han prosperado en base al mensaje de que desenmascarar a los culpables de un problema equivale a solucionarlo.

Redacción

Por Redacción

Si bien buena parte de la población del país ya ha dejado de manifestar interés por la campaña electoral, que por suerte ha sido relativamente breve, que está por terminar, no comparten sus sentimientos los políticos profesionales, lo cual puede comprenderse porque todos suponen que los resultados incidirán mucho en su destino personal y en aquél de sus allegados. Con el aplauso del «pueblo» o sin él, los ganadores celebrarán sus triunfos como siempre lo han hecho, mientras que los perdedores se quejarán de la escasa ayuda que a su entender recibieron de sus correligionarios o compañeros. Con todo, a pesar de que no existen motivos para creer que la maquinaria democrática misma se vea afectada por el abismo de incomprensión mutua que se ha abierto entre la «clase política» por un lado y el resto del país por el otro, es poco probable que esta situación anómala pueda durar mucho tiempo más. Como la naturaleza, la política aborrece el vacío. Extrañaría, pues, que en los meses que sigan a estas elecciones tan atípicas no surgieran algunas fuerzas nuevas.

De éstas, las más peligrosas serían las basadas en nada más que la protesta. En el curso de los años últimos, el oportunismo político, la indignación moral, los instintos conservadores de quienes se aferran a lo que aún les queda y el sensacionalismo mediático se han combinado para crear un clima de repudio generalizado al statu quo. A veces, el consenso opositor parece abrumador, y así lo sería si representara una «alternativa» auténtica. Por desgracia, éste no es el caso. Aquellos políticos que se han animado a formular lo que en su opinión por lo menos podría tomarse por propuestas, las han basado en la suposición de que el país cuenta con una cantidad de recursos materiales que por razones inexplicables el gobierno no ha logrado detectar. De más es decir que de consolidarse un movimiento comprometido con esta ilusión, las consecuencias para millones de personas serían trágicas. El irracionalismo, o sea, la negativa a ser «posibilista», puede servir de vehículo para una minoría de vividores, pero el precio que pagarían sus víctimas sería sumamente elevado.

Aunque es factible que la mayoría reaccione frente a la bancarrota de los partidos tradicionales recayendo en los peores excesos demagógicos, también lo es que a pesar de todas las penurias opte por una actitud decididamente más realista, rechazando a los vendedores de ilusiones que tanto mal le han hecho en favor de otros dispuestos a limitarse al mundo que efectivamente existe. Tales personas pueden ser de derecha o de izquierda, progresistas o conservadoras, pero tendrían en común algo que es absolutamente fundamental: la voluntad de enfrentar los hechos concretos y el desprecio por aquellos que por cinismo o por estupidez insisten en hablar y actuar como si vivieran en un país muy diferente de la Argentina actual.

La política de nuestro país se ha distinguido de la habitual en otras latitudes por la virtual ausencia de grandes movimientos declaradamente conservadores y socialistas. Más aún que en Estados Unidos, donde si bien el socialismo ha sido un fenómeno marginal los republicanos nunca han vacilado en reivindicar su conservadurismo y su entusiasmo por el capitalismo, aquí diversas formas de populismo de retórica a menudo anticapitalista han dominado el panorama durante largas décadas. Aunque pensadores radicales, peronistas y afines han atribuido esta particularidad notable a su propia superioridad ética, la verdad es que se debe a su resistencia a entender que sin un mínimo de eficiencia ningún «modelo» podría funcionar. Tanto el conservadurismo europeo como el socialismo se inspiran en la convicción de que nada en este mundo es fácil, pero las diversas vertientes del populismo criollo son enemigas juradas del rigor y han prosperado electoralmente en base al mensaje de que desenmascarar a los presuntamente culpables de causar un problema equivale a solucionarlo. La Argentina actual es un monumento a este credo escapista: es de esperar que, una vez concluida esta campaña electoral tan desconcertante, la cultura política que se inspira en él desaparezca sin dejar demasiados rastros.


Si bien buena parte de la población del país ya ha dejado de manifestar interés por la campaña electoral, que por suerte ha sido relativamente breve, que está por terminar, no comparten sus sentimientos los políticos profesionales, lo cual puede comprenderse porque todos suponen que los resultados incidirán mucho en su destino personal y en aquél de sus allegados. Con el aplauso del "pueblo" o sin él, los ganadores celebrarán sus triunfos como siempre lo han hecho, mientras que los perdedores se quejarán de la escasa ayuda que a su entender recibieron de sus correligionarios o compañeros. Con todo, a pesar de que no existen motivos para creer que la maquinaria democrática misma se vea afectada por el abismo de incomprensión mutua que se ha abierto entre la "clase política" por un lado y el resto del país por el otro, es poco probable que esta situación anómala pueda durar mucho tiempo más. Como la naturaleza, la política aborrece el vacío. Extrañaría, pues, que en los meses que sigan a estas elecciones tan atípicas no surgieran algunas fuerzas nuevas.

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