Diversión
Columna semanal
PALIMPSESTOS
Con la irrupción feroz de los medios audiovisuales combinados con las redes sociales, el mundo se ha vuelto un gran espectáculo. La vieja distinction que existió hasta hace unas décadas entre lo privado y lo público, ha desaparecido y las fronteras son tan confusas como las huellas que deja el mar sobre la arena. Y en esos revueltos de agua y arena ( por seguir con la imagen) se impone la idea de que todo lo que acontece en la cotidianeidad de las personas debe ser entretenido.
“Vamos, mami, esto es aburrido”, protestaba una niñita en una función de títeres, la miré y me compadecí de la niña; si a esa edad el virus del aburrimiento ha ingresado en su cuerpo, trabajo costará a lo largo de su vida extirparlo. Es increíble pero cuanto más cosas tenemos que llaman nuestra atención, más aburridos hay.
Uno puede preguntarse a qué se debe. La concepción del mundo como entretenimiento promovida por la industria de la imagen y los medios tecnológicos más avanzados nos ha hecho dependientes de la diversión. Una diversión que pone en juego muy poco de nosotros, dado que nos cuenta como espectadores con escasa o nula participación.
Ya no nos conforma atosigarnos con cinco o seis horas de televisión por día, sino que cada vez con más frecuencia seguir un programa único ya es aburrido, así vemos dos o tres al mismo tiempo, o nos pasamos horas envueltos en un calidoscopio de imágenes que nos lleva a recorrer cien canales y la conclusión: “no hay nada para ver”.
Esto trae algunas consecuencias preocupantes en muchos de los jóvenes y no tanto, para quienes todo debe ser divertido y a todas horas. Ya no basta que el celular nos permita contactarnos a cada momento, sino que también está diseñado para que no lo soltemos nunca; los huecos que quedan entre comunicaciones, mensajería instantánea, fotos, se rellenan con jueguitos…y tragedia si nos quedamos sin batería, qué aburrido.
Así también se le pide a la escuela, una institución de otro tiempo, que sea divertida, algo imposible, porque el trabajo de la escuela es procurar el esfuerzo de los alumnos, y todo esfuerzo puede ser interesante, a veces entretenido pero muy pocas veces divertido.
Es decir, depositamos en la exterioridad y en nuestra pasividad el eje de la diversión, si no me divierten me aburro, no hay estado intermedio, y lo que es más grave desde esta concepción es que el mundo cotidiano, el único que realmente cuenta—ya que en él nos desenvolvemos–, se difumina, se vuelve borroso, poco interesante, sin matices. Nos perdemos el verdadero espectáculo y en éste sí que no hay repeticiones.
Desde esa mentalidad, la lectura, principalmente, la de ficción tiene poco lugar. Porque leer es un acto complejo que supone una actitud activa y creadora y quien no tenga esta actitud no podrá acceder nunca al universo maravilloso de la literatura. Y la literatura nos enseña a mirar, a tomar conciencia de la complejidad del mundo que nos rodea. Nunca escuché a los buenos lectores de ficción quejarse de aburrimiento.
Pero dejando de lado mi pasión por lo literario, he visto en aquellas personas que tienen en su vida una actitud activa y creadora, vigilante y alerta ante la cotidianeidad, una riqueza vital y una sabiduría que nada tiene que ver con la aridez del aburrimiento.
A veces cuando pasamos por pequeños pueblitos pensamos “qué aburrido debe ser vivir aquí”. Sin embargo, allí viven personas y donde hay personas relacionándose entre sí hay sueños, pasiones, esperanzas, intrigas, odios y amores. Un mundo humano por demás interesante, el mismo del que formamos parte nosotros estemos donde estemos.
Néstor Tkaczek
ntkaczek@hotmail.com