Documentos duros
Sería inútil esperar que, en el barullo imperante, el presidente Fernando de la Rúa se transformara en el prodigio de eficiencia que muchos esperan.
Como suele suceder cuando el estado del país deja mucho que desear, es decir, con gran frecuencia, los presuntos representantes de distintos sectores se han puesto a redactar documentos competitivamente «duros» en los que, además de hacer hincapié en la extrema gravedad de la crisis de turno, dan a entender que ellos mismos no se hallan entre los responsables de la debacle, que, por el contrario, están luchando casi a solas en un intento heroico por atenuar sus consecuencias. Por lo tanto, lo que se pretende es un intento de participar de la búsqueda de una»solución» o de una «salida» para el país es en realidad una forma de lavarse las manos atribuyendo a otros los problemas más evidentes. Ultimamente, han hecho aportes llamativos a este género los obispos católicos y los dirigentes de la Unión Industrial Argentina, sindicalistas diversos y una multitud de militantes de ideas izquierdistas o, cuando menos, contestatarias, y es de prever que al entrar de pleno el país en la temporada preelectoral, los emulará un sinfín de fracciones partidarias. Puede que entre los millones de palabras así difundidas estén algunas que realmente servirían para aclarar un poco el panorama, pero detectarlas en medio de la cacofonía existente no sería nada fácil. Es que con escasas excepciones, los autores de estos «documentos» dicen lo mismo: aquellas variaciones que se dan suelen tener más que ver con la tradición retórica del grupo que lo prepara, que con cualquier desacuerdo sobre el diagnóstico. La jerga eclesiástica difiere de la sindical y los industriales de la UIA prefieren no utilizar fórmulas que suenen típicamente izquierdistas, pero se trata de una cuestión de estilo, no de contenido. Los especialistas en producir documentos duros coinciden en que la crisis, la que por lo general califican de «la peor de la historia» a fin de justificar su propia vehemencia es de origen «moral», o sea, que el país sería mejor si también lo fueran sus habitantes, planteo con el cual pocos estarían en desacuerdo. A menos que los autores sean ellos mismos políticos profesionales, incluirán alusiones a la falta de ética de la «clase política». También en la picota estará el Poder Judicial: todos son de la opinión de que el país se vería beneficiado si la Justicia fuera «integralmente seria, intachable, auténtica», para citar a los «escritores fantasma» de la UIA. Sin embargo, hay algunos motivos para la esperanza: los acostumbrados a elaborar documentos duros raramente omiten referirse a las cualidades excelentes de «la gente» y a la necesidad de reemplazar a los dirigentes actuales por «hombres y mujeres de probada ejemplaridad y decencia», personas que a su entender abundan en el país pero parecería que por razones sin duda desagradables nunca consiguen un lugar en las listas de los partidos principales. Según parece, el que en la última instancia el responsable de elegir a los políticos «inmorales» sea el pueblo no es considerado digno de comentario. Tampoco lo es el hecho de que hasta ahora cuando menos clérigos, empresarios y sindicalistas nunca han vacilado en congraciarse con políticos que, andando el tiempo, resultarían ser los más «inmorales» de todos. Desafortunadamente, estas declaraciones son meros síntomas de la condición del país. Su valor analítico suele ser nulo. A lo sumo, como los gritos de dolor de los enfermos sirven para recordarnos que muchos se sienten sumamente preocupados por lo que está sucediendo, lo cual no es exactamente una novedad, pero no convendría que lo0s médicos -en este caso, los funcionarios del gobierno- se dejaran orientar por dichas efusiones aun cuando vinieran acompañadas por algunas propuestas concretas que no reflejaran la voluntad del grupo responsable de aprovechar en beneficio propio las desgracias de muchos de sus compatriotas. Además -lo mismo que los gritos de un paciente que está siendo trasladado al quirófano-, los documentos duros que están proliferando inciden de forma muy pero muy negativa en el estado de ánimo tanto de los responsables de manejar el país como de sus demás habitantes. Por cierto, sería inútil esperar que en medio del barullo imperante el presidente Fernando de la Rúa se las arreglara para transformarse en el prodigio de eficiencia que tantos están reclamando.