Dos estilos diferentes, dos objetivos diferentes

Análisis

Por Redacción

Abordan el discurso político con estilos distintos.

Uno -Ricardo Sarandría- esquiva las definiciones tajantes. Con mayor formación intelectual que el otro, siempre encuentra en resquicio para definirse más con metamensajes que con verbo directo.

El otro -Julio Arriaga- no se plantea mediaciones a la hora de decir lo que piensa. Habla desde el convencimiento terminante de que en tiempos de crisis, la política apura y desgasta. Y que en consecuencia, no otorga abundancia de oportunidades para clavar la pica en Flandes. Y ayer, vía sus sendos discursos, estas diferencias se notaron. Algo que de todas maneras no impidió coincidencias.

Los dos, por caso, y aun con matices distintos, hicieron hincapié en la necesidad de fortalecer la institución municipal descentralizando recursos que hoy maneja el Estado provincial.

Convergieron también en encuadrar los resultados de las elecciones de octubre como una dura y sin eufemismos advertencia a la dirigencia.

Pero en defensa de la política, hablan desde puntos muy distantes.

Ayer Sarandría lo hizo ratificando que no hay herramienta que suplante la política en la tarea de construir un mundo mejor.

Arriaga, en cambio, avanzó sobre el tema más desde el cuestionamiento a cómo funciona el sistema que desde una defensa firme de éste. O sea, deja abierta la posibilidad de que se interprete que mediante la crítica dura defiende el sistema.

Pero fue en relación con el gobierno provincial donde Sarandría y Arriaga expresaron diferencias elocuentes a la hora de sus discursos.

Todo un tema que quizá encuentra parte de sus fundamentos en las distintas expectativas políticas que manejan en relación con el futuro.

Sarandría -por ejemplo- ignoró a la administración Verani, con la cual mantiene una relación crecientemente distante. A lo sumo, y a la hora de hablar del hartazgo de la sociedad con estilos y formas de hacer política, hizo mención al clientelismo, un método históricamente asociado al radicalismo, pero en cuyo uso se destaca el alto grado de entrenamiento que tiene el veranismo.

Arriaga, en cambio, chilló con estridencia contra su ex socio en el proyecto de ser gobernador en el 2003. Tan estridente que a punto estuvo de convencer de que es el líder de una legendaria, férrea, extrema e inclaudicable oposición al gobierno rionegrino, cuando en realidad el divorcio tiene algo más de un mes de historia.

Denunció -entre otras cosas- la parálisis y el voluntarismo con que la administración Verani asume el manejo de la crisis fiscal. O sea, ese «seguir esperando que las soluciones lleguen como por arte de magia».

El sentido común dice que Arriaga se demoró en detectar esa conducta: porque ha sido precisamente la vigencia por largo tiempo de esa forma de plantarse ante la crisis, el método que fogoneó el hundimiento de las finanzas provinciales.

Carlos Torrengo