Dos nacionalismos

En los países donde predomina el nacionalismo sano, pocos se preocupan si los dueños de una empresa son extranjeros.

En un intento por recuperar una parte del prestigio al parecer irremediablemente perdido, muchos políticos se han puesto últimamente a batir el parche nacionalista, informándonos de la indignación que según ellos sienten por la prepotencia de distintos voceros norteamericanos y fondomonetaristas que, dicen -y puede que no se hayan equivocado por completo-, están decididos a humillarnos. Por ahora, empero, los esfuerzos de estos funcionarios y legisladores no han tenido los efectos deseados. Si bien la mayoría se siente muy irritada por la costumbre reciente de muchos líderes extranjeros, sobre todo en Estados Unidos, de tratar con desdén no sólo a personajes determinados sino a «la Argentina» en su conjunto, como si todos sus habitantes compartieran los vicios de los dirigentes más notorios, también es consciente de que en última instancia los políticos son los responsables de la condición actual del país, aun cuando el FMI, ciertas empresas multinacionales y el gobierno norteamericano pudieran haber hecho algunos aportes significantes al desbarajuste. Con todo, andando el tiempo es factible que sectores más amplios terminen acercándose más a la clase política, aceptando que encabece la «lucha» contra la injerencia foránea y adoptando como propios sus lemas xenófobos. Si esto sucede, será una lástima porque los problemas nacionales tienen mucho más que ver con factores internos que con los eventuales errores de los economistas del FMI o con la actitud a veces gratuitamente agresiva de los republicanos norteamericanos. Aunque éste no fuera el caso, el que nuestras penurias fueran causadas por otros no modificaría el hecho de que debería sernos relativamente fácil concretar reformas dentro del país, mientras que nuestra capacidad para incidir en la evolución del «Primer Mundo» seguirá siendo virtualmente nula.

De todos modos, una reacción «nacionalista» frente a la hecatombe humillante que hemos experimentado, y que parece destinada a continuar agravándose, sería natural y podría ser muy positiva si implicara la voluntad de llevar a cabo todos los cambios necesarios para que la Argentina se erigiera nuevamente en un miembro admirado de la comunidad internacional. Es que hay dos clases de nacionalismo. Una, la que por desgracia ha sido la más frecuente en nuestro país, se destaca por la autocompasión y por la propensión, vigorosamente estimulada por políticos tradicionales y, en ocasiones, por los intelectuales que se sienten consustanciados con el sistema imperante, a hacer de los extranjeros los chivos expiatorios para todas las lacras habidas y por haber. De más está decir que este tipo de nacionalismo viene de perlas a los deseosos de aferrarse a sus privilegios y que por este motivo se resisten a cambiar: les resulta suficiente achacar toda propuesta reformista que los moleste al «imperialismo» o al «neoliberalismo» como para desacreditarla.

La otra vertiente del nacionalismo es distinta. Lejos de querer mantener a raya al resto del mundo, sus cultures confían lo bastante en su propio país y en el talento de sus habitantes como para estar más que dispuestos a aceptar las contribuciones de personas de cualquier procedencia por entender que ayudarían a que la Argentina se hiciera más fuerte y más próspera. Al dar prioridad al interés común, piensan más en las consecuencias que podrían tener inversiones económicas o la contratación de especialistas extranjeros para el país, que en las desventajas que supondrían para grupos determinados. En aquellos países en los que predomina el nacionalismo sano, pocos se preocupan si los dueños de una empresa o los titulares de una institución son extranjeros con tal que no queden dudas de que su presencia será beneficiosa y que sus productos serán de muy alta calidad. Puesto que en una época signada por la globalización ya es frecuente que norteamericanos, franceses, suecos o alemanes, digamos, cumplan funciones clave en el Reino Unido, Holanda o España, nos convendría acostumbrarnos a la idea de que el «nacionalismo» también puede presuponer la voluntad de subordinar prejuicios ancestrales al bien de la patria. Irónicamente, este fenómeno se ha hecho más notable en el ámbito que supuestamente es el más propicio de todos para el fanatismo nacionalista popular, el del fútbol.


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