Economía y racionalidad
ERNESTO BILDER (*)
Todo conocimiento científico pretende estar fundado racionalmente; la economía no es ajena a esta problemática desde su consolidación como ciencia, vislumbrándose el tema en la escuela clásica inglesa que desde 1776 a 1850 construyó las bases de su desarrollo. En sus trabajos los clásicos describieron un orden natural de la sociedad donde actúa un hombre abstracto guiado por su interés personal que trata de obtener los mayores beneficios con el menor esfuerzo posible. Su método de estudio deductivo y racional configuró lo que se denominó “homo economicus”. Adam Smith, primero de sus exponentes, expresó en su obra fundamental “La riqueza de las naciones”, de 1776: “El particular emplea su capital de forma que le produzca la mayor ganancia posible. Al hacerlo así generalmente ni trata de favorecer el interés público ni sabe en cuánto lo asiste… y en eso hay una mano invisible que lo lleva a favorecer un fin que no estaba en sus intenciones… el de la sociedad”. Al hacer coincidir la conducta individual de búsqueda de beneficio con el bienestar colectivo dio el gran argumento al liberalismo naciente. La economía moderna, en especial la microeconomía de inspiración neoclásica, que estudia a los ofertantes y demandantes del mercado, construyó su modelo en la premisa de que uno de los problemas centrales es la escasez. Lo que no tiene precio y es de libre disponibilidad no es escaso y por lo tanto no es objeto de su estudio. El Antiguo Testamento es un buen ejemplo de la ausencia de la sociedad económica. Adán y Eva, los habitantes del paraíso, cubrían sus necesidades gratuitamente y no intercambiaban excedentes. Sin embargo, su expulsión y condena “a ganar el pan con el sudor de la frente” fue la entrada a la sociedad del trabajo y el fin de la gratuidad En nuestro mundo el consumidor enfrenta una serie de necesidades que pretende satisfacer y un conjunto de bienes y/o servicios que pueden complacerlo y tienen precio. Disponiendo de un presupuesto limitado, debe resolver la cuestión maximizando su satisfacción con una elección racional de las opciones. Por su parte el productor o empresario fabrica bienes que son combinación de insumos o partes. Dados los valores de los mismos y su restricción presupuestaria, debe tomar decisiones para obtener la ganancia máxima posible. El profesor Maurice Allais considera que se es racional cuando se persiguen finalidades coherentes entre sí y se emplean medios apropiados a las finalidades perseguidas. Esta problemática, proyectada a la macroeconomía, pretende lograr que los objetivos de la política económica y las medidas que se toman para alcanzar su cumplimiento sean compatibles en el tiempo, aun cuando el desempleo masivo no puede ser nunca una faceta racional de la sociedad. Por su parte la planificación económica socialista se basa en la suposición de que la conducción del Estado, y no la del mercado, es la que logra eficientemente los grandes objetivos de la comunidad. Eduardo Spranger, en su obra “Formas de vida”, retoma el tema del hombre económico, que define como aquel que en todas sus relaciones antepone el valor de utilidad. Así, “ahorra materia, energía, espacio y tiempo con el fin de obtener un máximum de efecto útil”. El avaro que ahorra sin límites o el dilapidador que gasta compulsivamente son la exageración desmedida del hombre económico. Tampoco es racional el jugador del casino que pretende ganar venciendo al cálculo de probabilidades. Adam Smith también aportó otro tipo de criterio al observar que las transacciones económicas en la mayoría de los casos se hacen si hay cierta confianza entre los operadores, basada en la simpatía mutua. De esta manera filtraban los sentimientos con la racionalidad. El premio Nobel Herbert A. Simon (1916-2001), al considerar la economía como la ciencia de la elección, critica el esquema neoclásico de maximizaciones como muy incompleto. En su reemplazo define la “racionalidad limitada” en el mundo de las decisiones de consumo o producción. Variadas razones avalan su posición, tales como la incertidumbre de futuro, la cuantía y calidad de la información y el tiempo disponible para tomar las medidas. Ninguna organización, empresario u operador singular pueden estar constantemente buscando lo óptimo ni tienen una capacidad de cálculo para procesar toda la información. Si queremos comprar un automóvil, generalmente nos llamarán la atención detalles como espacio, color, velocidad, etcétera. Sin embargo complementaremos la información con algún especialista en el tema o por la experiencia de conocidos que tenga la misma marca de vehículo. Nuestra elección de compra tratará de ser razonable, pero será de una “racionalidad limitada”. Los estudios del profesor H. A. Simon, un pionero en el campo de la inteligencia artificial, dieron lugar a variados trabajos sobre la toma de decisiones con información parcial. Un elemento importante a considerar es el hecho de que los criterios de racionalidad no son absolutos, ya que pueden ser internos o externos al grupo o momento histórico que se estudia. Si un integrante de una sociedad caníbal se come a sus prisioneros, no podemos calificarlo de irracional, ya que actúa dentro de los valores aceptados por su grupo. El brillante David Ricardo (1772-1823), uno de los constructores de la economía clásica, identificaba a los señores feudales y los miembros de las cortes de su tiempo como enemigos del progreso y verdaderas trabas al desarrollo de la sociedad industrial que juzgaba como la de mayor racionalidad. Finalmente y tomando nuestra historia reciente diremos que el empresario que administra un sistema de transporte por trenes, y que para maximizar los beneficios reduce los gastos de mantenimiento, aumenta el riesgo de los pasajeros y es socialmente un peligro. (*) Economista. Neuquén
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