Editorial

El valor de la moneda

02 sep 2018 - 00:00

El viernes se cerró una de las semanas más turbulentas para la economía, en la cual los argentinos reeditaron su vieja relación amor-odio con el dólar, que no es otra cosa sino la manifestación de la profunda desconfianza histórica hacia el peso, la moneda nacional.

El jueves, el peso se devaluó un 9%, el mayor nivel en dos años, en una muestra de la creciente duda acerca de la capacidad del gobierno de Mauricio Macri para devolver la normalidad a la economía del país, afectada por una inflación crónica que desde hace más de 12 años se empina por sobre el 20% anual, producto de desequilibrios internos que la hacen cada vez más vulnerable a los vaivenes globales.

Lo más preocupante fue que el pico de cotización de la divisa estadounidense se alcanzó después de un discurso presidencial con anuncios sobre un anticipo de divisas del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, que tenía por objetivo llevar tranquilidad sobre el plan económico. Como registraron los expertos, no hubo sólo movimiento de grandes capitales sino que fueron decisivas miles de pequeñas operaciones de gente que intentaba proteger sus ahorros de una depreciación mayor. Las definiciones fueron demasiado vagas para un mercado ávido de precisiones y acción del equipo económico.

El problema es que con cada corrida cambiaria –hubo cinco importantes en el gobierno de Cambiemos– se actualiza y potencia la memoria histórica de los argentinos, que en las cíclicas crisis que afectan al país desde hace más de 70 años recurren al dólar como forma de protegerse de los fantasmas que acechan en cada una de ellas: inflación, devaluación, fuga de capitales y recesión. Desde 1970, nuestra moneda ha perdido 13 ceros.

Como señala el politólogo Hugo Quiroga, la confianza en la moneda nacional funciona como una “institución invisible” en un país, ya que se trata de un bien que es al mismo tiempo público y privado, con enorme poder simbólico. La confianza en ella “significa creer en la autoridad de su valor, que genera estabilidad y produce certidumbre”, explica. En el caso argentino, décadas de alto déficit fiscal y desequilibrios en el sector externo financiados con emisión o deuda y la inflación asociada a estos problemas han erosionado esta “fuente de cohesión social y seguridad”, agrega. Los argentinos se han habituado a las emergencias y en estos momentos el dólar pasa a gobernar la economía, como fuente de ahorro y referencia de las transacciones. La gente piensa en término de dos monedas: el dólar para definir el valor de las cosas y el peso para operar en el mercado local. El miedo a una gran devaluación es tan grande que hay decisiones irracionales: “En cualquier lugar del mundo, si algo aumenta mucho de precio, la gente deja de comprarlo y luego baja. En Argentina el dólar funciona al revés: mientras más sube, más gente lo compra, incluso si pierde dinero”, se quejaba un economista local.

Es cierto que las “turbulencias internacionales”, como dice Macri, han generado volatilidad en las monedas del mundo. Pero ninguna, con excepción de Venezuela, de la magnitud de la Argentina. En Chile, Bolivia, Ecuador y Uruguay hubo fluctuaciones en la cotización del dólar pero eso no se trasladó de inmediato a precios ni acumulación de stocks o la falta de precios en productos, como en nuestro país. Sucede que en todos estos países desde hace al menos una década aplican políticas que generan confianza en sus monedas, de distintas formas. Ecuador dolarizó su economía hace 18 años, y la ha mantenido incluso en la “revolución” de Rafael Correa. Chile definió hace 20 metas de inflación que han mantenido siete gobiernos. A diferencia de buena parte de nuestra dirigencia, en Uruguay y Bolivia no se considera “de derecha” el equilibrio fiscal. Todos mantienen inflaciones inferiores al 5% desde hace años y sus poblaciones piensan y ahorran en moneda local.

Establecer confianza en la moneda implica una estrategia económica, una inflación baja sostenida y sobre todo tiempo para consolidarlos. Es un tema político: requiere de amplios acuerdos de largo plazo, que el gobierno y la oposición debieran apurarse en lograr, de otro modo las dudas, la inestabilidad y el dólar seguirán manejando la vida de los argentinos.

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