Estabilidad y espejismos

La economía argentina de las últimas décadas puede describirse como una sucesión de ciclos donde el dólar y el riesgo país han actuado como termómetros de un mayor ánimo social. Cada período de aparente calma se inaugura siempre con un descenso del indicador que transmite la ilusión de que la estabilidad está al alcance de la mano. Así ocurrió en 2007, cuando el boom de las commodities y los superávits gemelos lo llevaron a su mínimo histórico de 320 puntos básicos; en 2018, cuando el acuerdo con el FMI lo redujo a 487; o ahora mismo, cuando la percepción de la mayor gobernabilidad lograda en diciembre lo ubica por debajo de los 500, el nivel más bajo desde entonces.

Aquellos mínimos marcaron francas ilusiones de estabilidad que pronto se quebraron con nuevas tensiones. Lo que hoy se observa es que mientras los indicadores financieros muestran señales de confianza –acciones valuadas en dólares hacia arriba, reservas internacionales en recuperación, renovaciones exitosas de deuda y un dólar que se aleja del techo de la banda cambiaria- la economía real transita un sendero mucho más áspero: los mercados celebran atisbos de orden, pero la sociedad percibe aún el peso del ajuste.

Es casi una regla que cada vez que el riesgo país marca un mínimo y parece anunciar un nuevo comienzo, la reversión se vuelve inevitable, porque en algún momento el dólar se dispara, los controles se endurecen, la brecha cambiaria se amplía y la economía real sufre. Aquellos pisos de riesgo han terminado siendo hitos engañosos y se convirtieron con habitualidad en marcas en el camino que anticipan una próxima tormenta.

La experiencia demuestra que la Argentina no logra convertir la certidumbre transitoria en estabilidad duradera, ya que persisten dudas sobre el impacto de la apertura, la producción industrial, la creación de empleos, los salarios rezagados frente a la inflación y un comercio exterior que aún no despega, mientras golpean los ajustes de tarifas o aún la inflación que merodea 2% al mes.

En cada secuencia, los descensos del termómetro que mide la vulnerabilidad económica no se han dado como señales de fortaleza real, sino de ilusiones sostenidas sobre desequilibrios crónicos: inflación persistente, déficit fiscal recurrente, desconfianza en la moneda local y dependencia de dólares externos. El ciclo se ha repetido con precisión: primero la calma, luego la acumulación de tensiones, más tarde la presión sobre el dólar y finalmente la recesión. En esa dinámica, el dólar actúa como válvula de escape de la incertidumbre de la gente.

La singularidad del ajuste actual reside en su intensidad y en la narrativa que lo acompaña. A diferencia de otros programas, no se presenta como un puente hacia un ciclo de paternalismo estatal, sino como un intento de refundación institucional. El discurso insiste en que la disciplina fiscal no es una medida transitoria, sino un cambio cultural que debe instalarse como regla de juego. Si esa percepción se consolida, entonces el patrón histórico de espejismos podría quebrarse y así, el riesgo país dejaría de ser un indicador de confianza efímera, mientras que el dólar perdería centralidad como refugio.

Ocurre que la magnitud del ajuste abre a la par un dilema social, ya que la población enfrenta un claro deterioro en ingresos y consumo y así, la promesa de estabilidad futura compite con la urgencia cotidiana. La historia argentina ofrece un antecedente claro: cuando el costo se percibe como algo excesivo, la reacción política suele ser la búsqueda de atajos populistas. La incógnita es si la sociedad tolerará esta vez el apretón como inversión en un futuro distinto o si lo interpretará como un sacrificio desmedido que podría habilitar otra vez el descontento.

Para que esta vez la historia no se repita, será necesario que las mejoras financieras se traduzcan en un puente hacia la economía real: inversión productiva, más empleos y mejora en el poder adquisitivo. Solo así, la confianza podrá convertirse en estabilidad duradera. El verdadero desafío será romper este círculo vicioso, ya que mientras el riesgo soberano y el dólar continúen funcionando como válvulas de escape, la economía seguirá atrapada en el péndulo entre la esperanza y la desilusión.


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