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No es necesario ser un neoliberal para ver que, de seguir así el gasto público, todo estallará.

Redacción

Por Redacción

Cuando el presidente Raúl Alfonsín se vio superado por una crisis económica incontrolable que lo obligó a entregar la presidencia a Carlos Menem casi medio año antes de la fecha prevista, sus correligionarios trataron de consolarse hablando de un «golpe de mercado», popularizando así una hipótesis que, como nos han recordado los acontecimientos de las semanas últimas, no ha perdido nada de su atractivo entre los populistas del oficialismo actual. En efecto, según muchos radicales, izquierdistas y otros de mentalidad afín, la suba alarmante del «riesgo país» ha sido obra de una camarilla de banqueros, economistas «ultraliberales», operadores neoyorquinos y menemistas asustados resueltos a apoderarse del país. Como tantas otras teorías conspirativas se trataba de un disparate atribuible a la propensión de mucha gente a tomar al pie de la letra lo que es a lo sumo una metáfora útil. Con todo, es comprensible que este mito extraño haya prosperado en un país que durante décadas estaba acostumbrado a la idea de que de declararse una emergencia la «salida» más lógica consistiría forzosamente en un golpe militar. Si bien en la actualidad el peligro de una recaída en aquella práctica tan aberrante como tradicional parece ser nulo, las actitudes que fueron inculcadas cuando los más daban por descontado que un régimen militar constituía la alternativa supuestamente natural a un gobierno civil fracasado siguen incidiendo profundamente en la conducta de amplios sectores de la población, entre ellos el conformado por la «clase política»: como personas que han sufrido una amputación, aún tienen la sensación de ser capaces de usar la pierna o el brazo perdido.

Aunque es factible que algunos banqueros y economistas, tanto aquí como en el exterior, para no hablar de los especuladores y ciertos políticos ambiciosos, realmente quisieran derrocar al presidente, «los mercados» son demasiado imprevisibles y demasiado heterogéneos como para prestarse a una conspiración. Por cierto, es absurdo creer que un puñado de financistas estuvieran en condiciones de manipular a su antojo todos los índices significantes. También lo es hablar de «las presiones de los mercados» y así por el estilo como si fuera cuestión de un grupo bien organizado, equiparable con las fuerzas armadas, que formulara reclamos específicos, pidiéndole al gobierno echar a un ministro determinado o modificar alguna que otra ley. De ser de ese modo, satisfacerlos, por decirlo así, sería relativamente sencillo, pero como Domingo Cavallo ha descubierto, complacerlos no lo es en absoluto, razón por la que tantos productos de la cultura política suelen afirmar que los mercados son «insaciables».

Los índices bursátiles se han hundido y el riesgo país ha alcanzado una altura estratosférica no porque una pandilla de conjurados haya decidido incorporar la Argentina a sus dominios sino porque los inversores, trátese de argentinos o de extranjeros, entienden que a menos que se produzcan algunos cambios drásticos la convertibilidad resultará insostenible, habrá una devaluación y, antes o después, sobrevendrá el default. Dadas las circunstancias, tales temores son racionales. No es necesario ser un «neoliberal» para comprender que si las diversas reparticiones estatales continúan gastando más de lo que recaudan o reciben en forma de préstamos llegará el momento en el que todo estallará.

La voluntad de tantos de imaginarse frente a una forma novedosa del golpismo tradicional en lo que puede suponerse es un intento desesperado de simplificar una realidad muy compleja ha contribuido mucho a agravar la situación del país al brindar a muchos políticos y funcionarios un pretexto a su juicio honorable para negarse a actuar con un mínimo de responsabilidad. Sin embargo, nada de lo que dijeran cambiaría el hecho de que en el caso de que las previsiones más pesimistas resulten ciertas y el país experimente un colapso financiero que depaupere a millones de personas, los artífices de semejante desastre no serían «los mercados», serían los representantes más poderosos e influyentes de la clase dirigente nacional cuya ceguera ya ha llevado al país a su estado actual y que amenaza con ocasionarle muchas calamidades más.


Cuando el presidente Raúl Alfonsín se vio superado por una crisis económica incontrolable que lo obligó a entregar la presidencia a Carlos Menem casi medio año antes de la fecha prevista, sus correligionarios trataron de consolarse hablando de un "golpe de mercado", popularizando así una hipótesis que, como nos han recordado los acontecimientos de las semanas últimas, no ha perdido nada de su atractivo entre los populistas del oficialismo actual. En efecto, según muchos radicales, izquierdistas y otros de mentalidad afín, la suba alarmante del "riesgo país" ha sido obra de una camarilla de banqueros, economistas "ultraliberales", operadores neoyorquinos y menemistas asustados resueltos a apoderarse del país. Como tantas otras teorías conspirativas se trataba de un disparate atribuible a la propensión de mucha gente a tomar al pie de la letra lo que es a lo sumo una metáfora útil. Con todo, es comprensible que este mito extraño haya prosperado en un país que durante décadas estaba acostumbrado a la idea de que de declararse una emergencia la "salida" más lógica consistiría forzosamente en un golpe militar. Si bien en la actualidad el peligro de una recaída en aquella práctica tan aberrante como tradicional parece ser nulo, las actitudes que fueron inculcadas cuando los más daban por descontado que un régimen militar constituía la alternativa supuestamente natural a un gobierno civil fracasado siguen incidiendo profundamente en la conducta de amplios sectores de la población, entre ellos el conformado por la "clase política": como personas que han sufrido una amputación, aún tienen la sensación de ser capaces de usar la pierna o el brazo perdido.

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