El agujero energético
Algunos países pueden soportar un déficit comercial abultado por muchos años sin experimentar demasiadas dificultades. La Argentina, aislada como está de los mercados financieros internacionales, no se encuentra en condiciones de darse tal lujo porque depende del superávit al que se ha acostumbrado para conseguir las divisas que necesita para enfrentar los gastos externos, como los supuestos por los vencimientos de la deuda. Es por lo tanto alarmante que en el primer trimestre de este año dicho superávit se haya reducido el 49% en comparación con el mismo período del 2012. Además de provocar la caída de las reservas del Banco Central por debajo de los 40.000 millones de dólares, el retroceso así supuesto ha brindado un impulso adicional al dólar blue, que parece haberse alejado definitivamente del verde oficial, lo que ha intensificado la sensación de incertidumbre que se ha difundido por el país ya que en opinión de muchos llegará el momento en que el gobierno tenga que ordenar una devaluación brutal. La razón por la que el superávit comercial, uno de los pilares del “modelo” kirchnerista, se ha achicado con tanta rapidez no constituye un misterio. Es la consecuencia más llamativa de la transformación de la Argentina de un país exportador de energía en uno que se ve obligado a importarla en cantidades cada vez mayores. Sólo en marzo pasado el país tuvo que gastar 812 millones de dólares, un 65% más que un año antes, y no hay motivos para prever que la tendencia se modifique en los próximos meses. Antes bien, podría agravarse a causa de los problemas de YPF, la empresa que, según la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, fue expropiada para que el país recuperara la soberanía hidrocarburífera. La crisis energética que tantos perjuicios está provocando no se debe a un desastre natural imprevisible o a la evolución de la economía mundial. Es producto de la miopía del gobierno kirchnerista que, desde mayo del 2003, ha actuado como si estuviera en condiciones de obligar a todos los vinculados con el sector a producir más, invertir más y conformarse con pérdidas crecientes ya que, como han subrayado el presidente Néstor Kirchner y su sucesora, ganaron mucho dinero en la satanizada década de los noventa del siglo pasado, de tal modo contribuyendo a provocar la debacle del 2001 y 2002. Pero, claro está, una cosa es afirmarse resuelto a “subordinar lo económico a lo político” y otra muy distinta hacerlo sin que “lo económico” desobedezca las órdenes gubernamentales. Como es natural, las empresas así castigadas reaccionaron limitándose a invertir lo necesario para mantenerse a flote con la esperanza de que, andando el tiempo, el gobierno dejara de hostigarlas. Parecería que el gobierno se ha dado cuenta de que el voluntarismo resultaba contraproducente, de ahí algunos aumentos de precios, pero tendrían que transcurrir años antes de que la Argentina alcanzara nuevamente el autoabastecimiento energético, si es que un día logra hacerlo. Por desgracia, las deficiencias del “modelo” no se limitan al sector energético. Toda la estrategia económica del gobierno kirchnerista se inspira en la idea de que, por depender el crecimiento del consumo de lo ya existente, hay que privilegiarlo congelando los precios sin preocuparse por detalles como la rentabilidad de las empresas o las inversiones que servirían para mejorar la productividad. Cortoplacistas por principio, los encargados de manejar “el modelo” han actuado como si a su entender sólo a un “neoliberal” decidido a hacer sufrir a la gente se le ocurriría pensar en términos de años, cuando no de décadas. Tal actitud, propia de populistas convencidos de que les convendría más protagonizar una epopeya despilfarradora para entonces dar un paso al costado para que otros procuren restaurar un mínimo de orden de lo que sería intentar asegurar que el crecimiento resultara sostenible, es claramente incompatible con la voluntad de aferrarse al poder por muchos años más, pero a pesar de todo lo ocurrido los kirchneristas siguen brindando la impresión de creer que, lejos de haberse agotado, su “modelo” disfruta de buena salud y por lo tanto podría perpetuarse si logran defenderlo contra “las corporaciones” que, de tener la oportunidad, no titubearían en desmantelarlo.
Algunos países pueden soportar un déficit comercial abultado por muchos años sin experimentar demasiadas dificultades. La Argentina, aislada como está de los mercados financieros internacionales, no se encuentra en condiciones de darse tal lujo porque depende del superávit al que se ha acostumbrado para conseguir las divisas que necesita para enfrentar los gastos externos, como los supuestos por los vencimientos de la deuda. Es por lo tanto alarmante que en el primer trimestre de este año dicho superávit se haya reducido el 49% en comparación con el mismo período del 2012. Además de provocar la caída de las reservas del Banco Central por debajo de los 40.000 millones de dólares, el retroceso así supuesto ha brindado un impulso adicional al dólar blue, que parece haberse alejado definitivamente del verde oficial, lo que ha intensificado la sensación de incertidumbre que se ha difundido por el país ya que en opinión de muchos llegará el momento en que el gobierno tenga que ordenar una devaluación brutal. La razón por la que el superávit comercial, uno de los pilares del “modelo” kirchnerista, se ha achicado con tanta rapidez no constituye un misterio. Es la consecuencia más llamativa de la transformación de la Argentina de un país exportador de energía en uno que se ve obligado a importarla en cantidades cada vez mayores. Sólo en marzo pasado el país tuvo que gastar 812 millones de dólares, un 65% más que un año antes, y no hay motivos para prever que la tendencia se modifique en los próximos meses. Antes bien, podría agravarse a causa de los problemas de YPF, la empresa que, según la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, fue expropiada para que el país recuperara la soberanía hidrocarburífera. La crisis energética que tantos perjuicios está provocando no se debe a un desastre natural imprevisible o a la evolución de la economía mundial. Es producto de la miopía del gobierno kirchnerista que, desde mayo del 2003, ha actuado como si estuviera en condiciones de obligar a todos los vinculados con el sector a producir más, invertir más y conformarse con pérdidas crecientes ya que, como han subrayado el presidente Néstor Kirchner y su sucesora, ganaron mucho dinero en la satanizada década de los noventa del siglo pasado, de tal modo contribuyendo a provocar la debacle del 2001 y 2002. Pero, claro está, una cosa es afirmarse resuelto a “subordinar lo económico a lo político” y otra muy distinta hacerlo sin que “lo económico” desobedezca las órdenes gubernamentales. Como es natural, las empresas así castigadas reaccionaron limitándose a invertir lo necesario para mantenerse a flote con la esperanza de que, andando el tiempo, el gobierno dejara de hostigarlas. Parecería que el gobierno se ha dado cuenta de que el voluntarismo resultaba contraproducente, de ahí algunos aumentos de precios, pero tendrían que transcurrir años antes de que la Argentina alcanzara nuevamente el autoabastecimiento energético, si es que un día logra hacerlo. Por desgracia, las deficiencias del “modelo” no se limitan al sector energético. Toda la estrategia económica del gobierno kirchnerista se inspira en la idea de que, por depender el crecimiento del consumo de lo ya existente, hay que privilegiarlo congelando los precios sin preocuparse por detalles como la rentabilidad de las empresas o las inversiones que servirían para mejorar la productividad. Cortoplacistas por principio, los encargados de manejar “el modelo” han actuado como si a su entender sólo a un “neoliberal” decidido a hacer sufrir a la gente se le ocurriría pensar en términos de años, cuando no de décadas. Tal actitud, propia de populistas convencidos de que les convendría más protagonizar una epopeya despilfarradora para entonces dar un paso al costado para que otros procuren restaurar un mínimo de orden de lo que sería intentar asegurar que el crecimiento resultara sostenible, es claramente incompatible con la voluntad de aferrarse al poder por muchos años más, pero a pesar de todo lo ocurrido los kirchneristas siguen brindando la impresión de creer que, lejos de haberse agotado, su “modelo” disfruta de buena salud y por lo tanto podría perpetuarse si logran defenderlo contra “las corporaciones” que, de tener la oportunidad, no titubearían en desmantelarlo.
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