El arte y el amor según pasan los años
El día de San Valentín, que se celebra hoy, sirve de excusa para recorrer la representación de los besos en las artes plásticas.
El día de San Valentín –ritual importado de América del Norte con cada vez más impacto en nuestro país, que despierta adhesión y rechazo a la par de prometedoras facturaciones en florerías, bombonerías y restaurantes– es la excusa para hacer un recorrido visual sobre cómo el arte ha representado a lo largo de los años al amor, destacando los distintos recursos y estrategias que el arte escogió, y cómo tales formas están atadas inevitablemente a valores culturales. Establecer un recorte es difícil ya que hay muchísimos ejemplos, pero optaré por las artes plásticas, aún cuando omita los valiosos ejemplos que sobre el amor, y sobre el beso en concreto, aportan la fotografía y el cine. Cómo habla el arte del amor a través del beso, y cómo este lenguaje remite a una época es algo que merece mención debido a que temas como lo público, lo privado, la corporalidad, el erotismo, la elección sexual, no han sido tratados siempre del mismo modo. En el caso del beso debe advertirse también esta deriva, ya que hubo momentos donde éste debía quedar circunscripto al foro más íntimo de allí que no haya sido tema del arte excepto teniendo a figuras mitológicas o religiosas como protagonistas, así Afrodita o los ángeles por ejemplo, las Venus, tal es el caso de Alegoría del triunfo de Venus de Bronzino (1540-1545). Un ejemplo de beso amoroso es “Il Bacio” (El beso), de 1861, del italiano Francesco Hayez donde una pareja se funde en un beso exponiendo la sensualidad a través de la insinuación, ya que el pintor esconde la cara de los amantes. También Toulouse Lautrec dedica al beso uno de sus cuadros, y a diferencia de otros impresionistas no escogió la luz natural para representar sino escenas de los cafés y burdeles que frecuentaba, instalando a París y a las experiencias de la vida moderna como temas centrales. Así, “El beso” (1892) muestra dos mujeres besándose en trazos pasteles que a diferencia de los ejemplos anteriores no ansía el realismo fotográfico de la representación naturalista, sino el punto de vista de quien observa lo representado, su luz. En los albores del expresionismo Edvard Munch redobla la apuesta del impresionismo y en su versión de “El beso” (1897) busca la expresión plástica del estado de ánimo, de la melancolía gestual a través de la pincelada que atrapa la luz y enaltece también las sombras. Uno de los besos más famosos en el arte es el que Gustav Klimt pintó en 1908 en el cuadro titulado “Los amantes”, una pareja abrazada, él tomando a ella y besándola, sus cuerpos forman una masa dorada de vivos colores con ornamentos cuadrados y circulares. Los fondos dorados dan cuenta de la influencia de la estética art nouveau del artista. Por otra parte, hay dos ejemplos de la escultura que regalan besos inigualables. Uno es el de Auguste Rodin de 1886 donde el artista transforma el mármol en una estructura plástica abierta al erotismo del beso de los amantes, la piedra destila su amor, burlando su propia dureza y rigidez en formas ideales que hablan esencialmente del movimiento de los cuerpos. Otro beso memorable es el de Constantin Brancusi realizado en 1916. Se trata de una piedra de formas elementales que resume lo que un beso en su absoluta indeterminación y profundidad envuelve. Hay una afirmación del artista que ilumina la elocuencia de ese beso, “la simplicidad es la complejidad resuelta”. Volviendo a las artes plásticas, hay que mencionar el cuadro “Los amantes” realizado en 1928 por René Magritte quien los representa con los rostros tapados con un lienzo, en un gesto que tiene mucho de rebelión contra el arte tradicional que elige mostrar lo que hay en lugar de insinuar posibilidades no miméticas; Magritte en cambio propone un modo no realista y conceptual según lo ha señalado en su serie “La traición de las imágenes” donde el cuadro “Ceci n’ est pas une pipe (Esto no es una pipa)” es célebre porque muestra la necesidad que tuvieron las vanguardias de arremeter contra la referencia, enfatizando la marca surrealista de hablar de lo que falta, e invitar al destinatario a una asociación y no ya a una recepción complaciente y literal. Es por eso que esa versión del beso, da cuenta de la transformación de los recursos del arte. Desde este lugar, también resulta paradigmático “El beso” (1964), de Roy Lichtenstein porque la misma exhibe los colosales cambios del arte a partir de la década del sesenta; el artista es embajador del arte pop, un arte que no reniega de las masas sino que incorpora lo masivo como un tema para el arte, la banalidad es tomada con seriedad, el arte de los comics, de colores brillantes así como la estética de los comerciales son incorporados en un arte hiperrealista que encontrará en la posmodernidad una clave para entenderlo. El espacio público Hay dos ejemplos del arte contemporáneo que al igual que los ejemplos recién mencionados, no sólo logran una versión del amor a través de sus besos sino que en el mismo instante en que lo hacen brindan una fotografía del presente del arte con sus disruptivos mecanismos, con su hibridez, sus posibilidades y sus groseras contradicciones; un arte que como no puede ser de otro modo, está inserto en una época, en un mundo al que refiere y del que es espejo. Me refiero a la performance de Tino Sehgal que tuvo lugar en el 2010 en el Museo Guggenheim de Nueva York donde ante el asombro de los visitantes del museo, dos personas convocadas por el artista se besaban acostadas en el hall de acceso, una muestra de lo que es el arte in situ, que parece apuntar al shock o al menos sustraer al público de la indiferencia al exigirles una reacción. La acción parece ironizar sobre la imaginada perplejidad de los visitantes ante algo tan natural como un beso entre dos personas en el espacio público; gesto que sin embargo puede no resultar aceptable y “natural” para “todas y todos”, según lo muestra el triste episodio ocurrido el pasado 7 de enero en el local Mc Donald de la calle Florida en Buenos Aires donde invitaron a irse a una pareja gay que se besaba: la realidad supera a la ficción. En este sentido, resaltando la necesidad de naturalizar los vínculos homosexuales, y también cuestionando los estereotipos de la virilidad y los oficios, el artista británico Banksy –famoso por ocultar su identidad e intervenir con arte callejero el espacio público principalmente de Londres– plasmó en una pared el esténcil de dos policías masculinos besándose, eligiendo un soporte efímero pero que tiene una visualización masiva. Hay un libro interesante por el recorrido histórico que propone: “Historia de la belleza”, de Umberto Eco de 2005. Eco narra la metamorfosis del concepto belleza, la cual transitó distintos paradigmas, anclando esas mutaciones en cambios histórico culturales. Lo mismo ocurre con el arte y su modo de representar el amor; es la visión imperante en una determinada sociedad la que le dicta al arte. Por eso, la mitología y la religión signan los besos renacentistas, el flirteo los besos robados del rococó, la intimidad los expresionistas, la pasión visual, heredera del impacto del cine, los besos pop, y el desparpajo, los vínculos causales, la ansiedad por defender la diversidad son algunos de los disparadores de los besos del arte del siglo XXI. Hoy, en sociedades globales e hiperconectadas, en sociedades donde los vínculos interpersonales pueden resultar efímeros o intempestivos, donde se importan rituales y se suman fechas de celebración a los calendarios locales –Halloween o el día de San Valentín que hoy celebramos son muestra gratis de la colonización simbólica– el arte se las ingenia para sobrevivir reinventándose, recurriendo a una pluralidad de estrategias, unas controversiales, otras de tan bizarras incomprensibles, otras por allá sumamente elocuentes, el arte en definitiva proyecta un mundo, habla de él: habría que estar atentos.
“El beso” según Francesco Hayez, Toulouse Lautrec , Gustav Klimt y Picasso.
María José Melendo UNC-UNRN-CONICET
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