El aval más valioso

Quedó demostrado que el prestigio de Cavallo sigue siendo grande. Y que el gobierno se divide entre técnicos ortodoxos y retóricos populistas.



Para el ala política del gobierno aliancista, el ex ministro de Economía Domingo Cavallo es el responsable de una proporción nada desdeñable de los males del país. Para el presidente Fernando de la Rúa y el ministro de Economía actual José Luis Machinea, en cambio, el “padre de la convertibilidad” es un referente de autoridad indiscutible, motivo por el cual festejaron la aprobación no demasiado entusiasta de Cavallo de las medidas que se anunciaron el 23 de octubre -dijo que “Machinea está en la dirección correcta”- como si significara que la recesión ya había tocado a su fin y que a partir de aquel momento el país experimentaría el comienzo de una etapa signada por el crecimiento vigoroso. Si bien algunos aliancistas atribuyeron su reacción a que el beneplácito del jefe de Acción para la República les aseguraría algunos votos útiles en la Cámara de Diputados, nadie ignoraba que les importaba mucho más por el valor de su actitud a juicio de los inversores tanto locales como extranjeros, que por su condición de líder de un partido político aún pequeño.

Además de confirmar que entre los entendidos por lo menos el prestigio de Cavallo sigue siendo muy grande a pesar de sus desventuras electorales, este episodio ha servido para recordarnos que el gobierno de la Alianza, lo mismo que casi todos los anteriores, está irremediablemente dividido entre “técnicos” ortodoxos y en consecuencia liberales por un lado y, por el otro, “políticos” de retórica populista, cuando no demagógica, con la salvedad de que la influencia política de estos últimos es en verdad muy reducida, limitándose en el fondo al reparto de cargos en el gobierno de turno. En efecto, mientras Machinea se comprometía a continuar impulsando una estrategia “derechista” basada en el deseo de seducir a los mercados privilegiando a los inversores por encima de los sectores más pobres, alfonsinistas y frepasistas atiborraban la Casa Rosada para celebrar ruidosamente la asunción de funcionarios procedentes de sus respectivos movimientos. Desde su punto de vista, la entronización de Carlos Becerra, Horacio Jaunarena, Nilda Garré y Marcos Makón muestra que el “conservadorismo” está batiéndose en retirada frente a un avance “progresista” irresistible. Desde aquél de los demás, en cambio, lo que se ha consolidado es el “conservadorismo” delarruista. Por cierto, el que los más complacidos por las novedades anunciadas por Machinea hayan sido los acostumbrados a priorizar los intereses del empresariado y de la banca hace pensar que en esta ocasión, como en tantas otras, “la derecha” ha conseguido imponer sus tesis.

Las causas de la ambigüedad que es característica de los gobiernos nacionales, distan de ser misteriosas. Su esquizofrenia, al parecer congénita, se debe a que buena parte de la clase política nacional sigue atrapada en una cultura socioeconómica medio socialista y medio corporatista que está alejada de la realidad del país y del mundo. Puesto a que sus integrantes comprenden muy bien que sus propias recetas no sirven para nada, delegan el manejo de la economía a “técnicos” de ideas muy distintas, aprovechando electoralmente sus eventuales logros, pero criticándolos con virulencia cuando los resultados les parecen negativos. Se trata de un arreglo que, además de ser inmoral, ha contribuido enormemente a agravar los muchos problemas del país al impedir que el sistema democrático permita el ascenso de dirigentes auténticos que estén resueltos a atenuarlos. Aunque a esta altura es evidente que no se da ninguna “salida” fácil de la situación socioeconómica actual, muchos políticos siguen dando a entender que todo sería maravillosamente sencillo si no fuera por la malignidad de sus adversarios ideológicos o por la “globalización”. Pueden actuar de este modo porque conforme a la división de trabajo ya tradicional nunca les corresponderá emprender una tarea difícil o “antipopular” por tratarse de una función propia de “técnicos” descartables. Por lo tanto, no se sienten obligados a asumir la responsabilidad para nada, ni siquiera para los desastres ocurridos cuando ocupaban puestos gubernamentales, privilegio que acaso les haya brindado algunas ventajas electorales pero que está en la raíz del desprestigio cada vez más patente de la “clase política” nacional.


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