El camino hacia Auschwitz
SEGÚN LO VEO
El martes pasado se conmemoró el septuagésimo aniversario de la liberación por soldados del Ejército Rojo de Auschwitz, el campo de concentración en el sur de Polonia en el que los nazis mataron con métodos industriales a más de un millón, tal vez un millón y medio, de judíos, además de otros considerados indeseables como gitanos, homosexuales y disidentes políticos. De los sobrevivientes quedan pocos: sólo asistieron tres centenares de ancianos a la ceremonia, que contó con la presencia de aquellos jefes de Estado que no fueron a Arabia Saudita, un país cruelmente totalitario, para rendir homenaje al recién fallecido rey Abdalá. Y, aunque algunos preocupados por lo que está sucediendo en Europa aprovecharon la oportunidad para exhortar al mundo a recordar lo que sucedió en Auschwitz, el Holocausto mismo, del que aquel lugar terrible es el símbolo máximo, propende a alejarse cada vez más. Nunca caerá en el olvido, pero muchos quisieran consignarlo a la historia.
No sólo se trata de antisemitas occidentales que a su modo simpatizan con los nazis y acusan a los judíos de “victimizarse” -como si les fuera posible exagerar lo monstruoso que fue el genocidio-, sino también de islamistas y sus amigos, que atribuyen la existencia de Israel a un crimen perpetrado por europeos y se han propuesto privarlo de lo que toman por un arma propagandística muy poderosa. Pasan por alto el que una proporción significante de la población actual de Israel consista en judíos expulsados de países islámicos; se entiende, les convendría más que todos fueran colonos europeos o, mejor aún, norteamericanos.
En el mundo musulmán, el Holocausto no motivó el mismo horror que en el Occidente. En las zonas del norte de África y los Balcanes, que fueron pasajeramente ocupadas por los nazis, los hubo que, con gran coraje, trataron de proteger a sus vecinos judíos, pero otros colaboraron. En la actualidad abundan los islamistas, entre ellos ciertos integrantes del régimen iraní que sueñan con reeditarlo. Muchos idolatran a Hitler: en el Oriente Medio, su libro “Mi lucha” es un best seller permanente. Los islamistas más fervorosos nunca han vacilado en proclamarse resueltos a matar a todos los judíos por los medios que fueran, aunque tales amenazas los hayan desprestigiado a ojos de sus aliados coyunturales en otras latitudes.
¿Fue único el Holocausto? Sería reconfortante creer que sí lo fue, pero acaso lo único que lo distingue de tantas otras matanzas masivas y sistemáticas que afean la historia del género humano es que fue llevado a cabo, con la participación entusiasta de muchísimas personas, por los militantes de un movimiento político que surgió en un país, Alemania, que poco antes había tenido razones de sobra para enorgullecerse de tener la ciudadanía más ilustrada, más culta y más progresista del planeta.
Otros genocidios, como aquellos en los que perecieron más de un millón de armenios y casi tantos griegos y asirios a manos de los turcos -y otros que ya han desaparecido de la historia-, fueron obra de pueblos juzgados atrasados, y por lo tanto inimputables. Lo mismo podría decirse del genocidio de Ruanda de 1994 en el que murieron casi un millón de tutsis. A diferencia de los alemanes, los turcos y los hutus, no eran la clase de individuos que luego de asesinar a hombres, mujeres y niños indefensos se relajarían escuchando una melodía de Schubert, leyendo un poema de Schiller o enfrascándose en un tratado filosófico escrito por una eminencia como Martin Heidegger.
De haberse producido en Asia o África, el Holocausto sería recordado como un crimen colectivo más, uno de tantos que han cometido salvajes a través de los siglos. El que ocurriera en el corazón de Europa enfrentó a las elites intelectuales con un interrogante que aún no ha encontrado una respuesta clara. Mostró que debajo de la superficie quebradiza de la civilización occidental hay una realidad infernal, una que nos recuerda que en ciertas circunstancias virtualmente cualquier persona podría convertirse en un asesino sádico. Para que ello suceda, sólo es necesario que se difundan doctrinas en las que, al deshumanizar a grupos determinados de personas, eliminarlos se transforme en un deber. El nazismo, como el comunismo, el nacionalismo exaltado y diversas variantes del fanatismo religioso, dio a sus partidarios lo que en el fondo muchos habían buscado: el derecho a matar.
Que éste sea el caso hace más comprensible el atractivo -que según parece es irresistible- del atroz Estado Islámico para jóvenes musulmanes que se criaron en Europa y que, nos aseguran sus familiares y aquellos vecinos que los habían conocido, eran personas “normales”, inteligentes y bondadosas hasta que se transformaron en equivalentes de los soldados de la SS nazi que creían que era tan importante exterminar a los judíos que subordinaron a tal objetivo el esfuerzo bélico del Reich.
El Holocausto cambió Europa. Una vez terminadas la Segunda Guerra Mundial y las purgas de presuntos colaboradores que la siguieron, los gobiernos de la parte occidental coincidieron en que habría que prohibir cualquier vestigio de discriminación étnica o religiosa. El resultado fue una política inmigratoria nada selectiva que facilitaría la formación de grandes comunidades musulmanas en las que no tardó en consolidarse el antisemitismo. Con ironía cruel, en las calles de ciudades europeas ya se oyen turbas que, en nombre de los palestinos, gritan consignas como “judíos a la cámara de gas”; mientras que progresistas europeos se esfuerzan por convencerse de que los israelíes son los “nuevos nazis” por querer defenderse contra los decididos a matarlos.
La esperanza de que inmigrantes oriundos de países pobres y crónicamente inseguros harían suyos los valores de la Europa de la posguerra resultó ser una ilusión. Es que las elites europeas mismas, traumatizadas por el Holocausto y la violencia fratricida de la primera mitad del siglo XX, habían perdido fe en su propia civilización. No creían tener la autoridad moral para enseñarles a otros cómo deberían comportarse, de ahí el relativismo “multicultural” que se manifiesta a través del miedo a criticar al “otro” aun cuando se muestre dispuesto a perpetrar crímenes de lesa humanidad equiparables con los cometidos por los nazis.
¿Habrá más Auschwitz en el futuro de Europa? Al conmemorar el aniversario número 70 de la liberación del campo de concentración, muchos advirtieron que sería ingenuo suponer que en los años próximos no podría suceder nada parecido. ¿Ayudaría la memoria a impedirlo? Puede que no, que, modificada por ideólogos o fanáticos religiosos, sólo sirva para estimular a quienes se jactan de anteponer la muerte a la vida.
JAMES NEILSON
JAMES NEILSON
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