El clima se hace más bochornoso

Redacción

Por Redacción

Todos los políticos coinciden en que sería muy prematuro pensar en las próximas elecciones presidenciales que, nos aseguran, se celebrarán, como prevé la Constitución, hacia fines del año que viene, pero tal detalle no parece haber intimidado a los precandidatos más conspicuos. El gobernador bonaerense Daniel Scioli, el diputado Sergio Massa y el jefe del gobierno porteño Mauricio Macri ya están en campaña. También lo están a su manera los aspirantes a representar la alternativa centroizquierdista. Aunque son reacios a decirlo, están preparándose para enfrentar la crisis que estallaría si la presidenta Cristina Fernández de Kirchner decidiera formalizar su ausencia del escenario político nacional, una eventualidad a la que nadie quiere aludir pero que a esta altura nadie descartaría. Según distintos miembros del gobierno kirchnerista, Cristina sigue al mando como antes, “gobernando con plena y absoluta dedicación”, en palabras del jefe de Gabinete Jorge Capitanich, y si no habla a la ciudadanía será porque no lo cree necesario, pero muy pocos se sienten convencidos de que sólo sea cuestión de un cambio de estilo. Por el contrario, está consolidándose la impresión de que Cristina se ha desconectado anímicamente del país. Es por este motivo que el prolongado silencio presidencial ha tenido un impacto mayor que el provocado por los centenares de discursos que pronunció antes de optar por alejarse del escenario público. A los kirchneristas o, si se prefiere, a los cristinistas incondicionales, no les gusta para nada oír “especulaciones” en torno a lo que está sucediendo. Como es su costumbre, las atribuyen a conspiraciones destituyentes; quisieran que todos coincidieran en que es perfectamente normal que una presidenta notoriamente locuaz, una que ha basado su gestión en su capacidad para comunicarse directamente con la gente sin que intermediaran los odiados medios “corporativos”, guarde silencio durante más de un mes. Sin embargo, quien más ha contribuido a difundir el clima de incertidumbre que cubre el país es Cristina, seguida por aquellos colaboradores que están procurando minimizar la importancia de su taciturnidad insólita. Mientras tanto, hasta ahora al menos los dirigentes opositores más destacados han hecho gala de un grado de cautela realmente extraordinario. La negativa de la mayoría de los políticos a aprovechar una oportunidad tan tentadora para criticar a Cristina no parece deberse a su presunto respeto por la investidura presidencial, o porque no crean que los ayudaría a mejorar sus propias posibilidades, sino a la conciencia de que al país le esperan tiempos muy difíciles y que no les convendría decirnos lo que a su juicio el gobierno tendría que hacer para impedir un derrumbe económico calamitoso. Dicho de otro modo, comparten con Cristina la convicción de que siempre es mejor limitarse a difundir buenas noticias de lo que sería correr el riesgo de brindar la impresión de estar a favor de medidas antipáticas. Puede que hasta hace un par de meses la perversa regla política así supuesta aún imperara en el país, pero desde entonces mucho ha cambiado. Últimamente se han difundido los resultados de diversas encuestas de opinión en que se registra un aumento llamativo del pesimismo a partir de mediados de noviembre pasado cuando, por motivos irracionales, la enfermedad de Cristina le permitió recuperar la aprobación de sectores que habían votado en contra de los candidatos oficialistas en las elecciones legislativas del mes anterior. Una mayoría cada vez más sustancial prevé que en el 2014 se acelere la inflación, se reduzca el poder de compra de los salarios y que sea mayor la conflictividad social al multiplicarse los paros y las protestas. De más está decir que las dudas acerca de la salud física y mental de una presidenta que, con la aquiescencia de los demás integrantes del gobierno nacional y, durante mucho tiempo, del grueso del electorado, se ha habituado a actuar como una dictadora plebiscitada no ayudan a disipar el malestar que tantos sienten. Tampoco ayudan la impotencia resignada de opositores que parecen sentirse intimidados por las dimensiones que está adquiriendo la crisis económica y social o los muchos rumores alarmantes que están circulando en distintas zonas del maremágnum peronista y que, a veces, llegan a la atención del público.


Todos los políticos coinciden en que sería muy prematuro pensar en las próximas elecciones presidenciales que, nos aseguran, se celebrarán, como prevé la Constitución, hacia fines del año que viene, pero tal detalle no parece haber intimidado a los precandidatos más conspicuos. El gobernador bonaerense Daniel Scioli, el diputado Sergio Massa y el jefe del gobierno porteño Mauricio Macri ya están en campaña. También lo están a su manera los aspirantes a representar la alternativa centroizquierdista. Aunque son reacios a decirlo, están preparándose para enfrentar la crisis que estallaría si la presidenta Cristina Fernández de Kirchner decidiera formalizar su ausencia del escenario político nacional, una eventualidad a la que nadie quiere aludir pero que a esta altura nadie descartaría. Según distintos miembros del gobierno kirchnerista, Cristina sigue al mando como antes, “gobernando con plena y absoluta dedicación”, en palabras del jefe de Gabinete Jorge Capitanich, y si no habla a la ciudadanía será porque no lo cree necesario, pero muy pocos se sienten convencidos de que sólo sea cuestión de un cambio de estilo. Por el contrario, está consolidándose la impresión de que Cristina se ha desconectado anímicamente del país. Es por este motivo que el prolongado silencio presidencial ha tenido un impacto mayor que el provocado por los centenares de discursos que pronunció antes de optar por alejarse del escenario público. A los kirchneristas o, si se prefiere, a los cristinistas incondicionales, no les gusta para nada oír “especulaciones” en torno a lo que está sucediendo. Como es su costumbre, las atribuyen a conspiraciones destituyentes; quisieran que todos coincidieran en que es perfectamente normal que una presidenta notoriamente locuaz, una que ha basado su gestión en su capacidad para comunicarse directamente con la gente sin que intermediaran los odiados medios “corporativos”, guarde silencio durante más de un mes. Sin embargo, quien más ha contribuido a difundir el clima de incertidumbre que cubre el país es Cristina, seguida por aquellos colaboradores que están procurando minimizar la importancia de su taciturnidad insólita. Mientras tanto, hasta ahora al menos los dirigentes opositores más destacados han hecho gala de un grado de cautela realmente extraordinario. La negativa de la mayoría de los políticos a aprovechar una oportunidad tan tentadora para criticar a Cristina no parece deberse a su presunto respeto por la investidura presidencial, o porque no crean que los ayudaría a mejorar sus propias posibilidades, sino a la conciencia de que al país le esperan tiempos muy difíciles y que no les convendría decirnos lo que a su juicio el gobierno tendría que hacer para impedir un derrumbe económico calamitoso. Dicho de otro modo, comparten con Cristina la convicción de que siempre es mejor limitarse a difundir buenas noticias de lo que sería correr el riesgo de brindar la impresión de estar a favor de medidas antipáticas. Puede que hasta hace un par de meses la perversa regla política así supuesta aún imperara en el país, pero desde entonces mucho ha cambiado. Últimamente se han difundido los resultados de diversas encuestas de opinión en que se registra un aumento llamativo del pesimismo a partir de mediados de noviembre pasado cuando, por motivos irracionales, la enfermedad de Cristina le permitió recuperar la aprobación de sectores que habían votado en contra de los candidatos oficialistas en las elecciones legislativas del mes anterior. Una mayoría cada vez más sustancial prevé que en el 2014 se acelere la inflación, se reduzca el poder de compra de los salarios y que sea mayor la conflictividad social al multiplicarse los paros y las protestas. De más está decir que las dudas acerca de la salud física y mental de una presidenta que, con la aquiescencia de los demás integrantes del gobierno nacional y, durante mucho tiempo, del grueso del electorado, se ha habituado a actuar como una dictadora plebiscitada no ayudan a disipar el malestar que tantos sienten. Tampoco ayudan la impotencia resignada de opositores que parecen sentirse intimidados por las dimensiones que está adquiriendo la crisis económica y social o los muchos rumores alarmantes que están circulando en distintas zonas del maremágnum peronista y que, a veces, llegan a la atención del público.

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