El contrarrelato
Mientras que en el país son cada vez menos los que creen en el “relato” oficialista según el cual la Argentina, por fin liberada de la odiosa tiranía neoliberal por un gobierno que no teme enfrentarse con las “corporaciones” malignas que le habían impedido prosperar, está erigiéndose con rapidez en un dechado de progreso con inclusión social, en el exterior está en vías de consolidarse un relato que es muy distinto. Éste se vio resumido en un informe que se ha distribuido en el Congreso norteamericano que comienza: “Bajo el corrupto gobierno populista de Cristina Fernández de Kirchner, la Argentina está regresando a la ruina”, para entonces referirse en más detalle a la relación del país con la belicosa República Islámica de Irán y con el eje bolivariano, las actividades de los cárteles de la droga, la ofensiva contra los medios, el enriquecimiento difícilmente explicable de la familia presidencial y sus amigos y la acumulación de problemas económicos. Asimismo, según los responsables del informe, en los círculos gobernantes de Estados Unidos muchos creen que Cristina es más peligrosa de lo que era Hugo Chávez porque, a diferencia del extinto caudillo venezolano, es totalmente imprevisible. Puede discutirse el tono, que es francamente hostil, de dicho informe y de una multitud de artículos periodísticos que últimamente han aparecido en medios norteamericanos, algunos conservadores y otros considerados progresistas como el “Washington Post” y el “New York Times”, pero no sería tan fácil desconocer la veracidad de los datos que sirven para justificar las conclusiones lapidarias de los autores que coinciden en que la Argentina corre el riesgo de precipitarse nuevamente en una crisis política y económica muy grave, como, para desconcierto de los demás, ya ha hecho tantas veces en el pasado. Tampoco podría negarse que a ojos del resto del mundo se ha deteriorado muchísimo la imagen del gobierno de Cristina a partir de la reelección de octubre del 2011 a causa de episodios como la expropiación del grueso de las acciones españolas en la petrolera YPF, además de la resistencia a respetar los fallos de tribunales internacionales, los intentos de sofocar a los medios independientes y la ofensiva que se ha desatado contra la ya limitada autonomía del Poder Judicial. Si bien hasta hace poco el aislamiento resultante parecía no tener un impacto negativo en la política interna, en buena medida porque los kirchneristas siempre han sido duchos en el arte de aprovechar en beneficio propio los sentimientos nacionalistas populares, dando a entender que casi todos los problemas del país se deben a conspiraciones de origen foráneo, los costos, que ya han sido enormes, están destinados a continuar aumentando. Aunque la Argentina, dotada como está de una abundancia de recursos naturales y con una población que se ha acostumbrado a vivir de ingresos muy inferiores a los habituales en el mundo desarrollado, está en mejores condiciones de soportar las presiones ajenas que otros países, ello no quiere decir que una estrategia de aislamiento sea la indicada. Por el contrario, la falta de inversiones, lo imposible que es conseguir créditos a tasas reducidas para construir obras de infraestructura y el escaso interés de los empresarios locales en competir con sus homólogos extranjeros han privado a decenas de millones de personas de oportunidades para abrirse camino en la vida. Puede que los dirigentes populistas nunca se hayan propuesto mantener en la pobreza extrema a una proporción sustancial de sus compatriotas, pero a esta altura es innegable que se las han arreglado para hacerlo, ya que no cabe duda de que, bien administrada, la Argentina sería un país muy próspero. Sin embargo, parecería que tendrán razón los comentaristas no sólo norteamericanos sino también europeos y, huelga decirlo, argentinos que creen que el “modelo” kirchnerista está llevando el país a un nuevo desastre. De haberse instalado dos o tres años antes el “contrarrelato” así supuesto, el país pudo haberse ahorrado la grave crisis que, es legítimo prever, le aguarda, pero, por desgracia, hasta hace relativamente poco la mayoría de los votantes aún confiaba en que, para asombro de los escépticos, en esta ocasión las promesas populistas resultarían ser algo más que manifestaciones voluntaristas desvinculadas de la realidad.
Mientras que en el país son cada vez menos los que creen en el “relato” oficialista según el cual la Argentina, por fin liberada de la odiosa tiranía neoliberal por un gobierno que no teme enfrentarse con las “corporaciones” malignas que le habían impedido prosperar, está erigiéndose con rapidez en un dechado de progreso con inclusión social, en el exterior está en vías de consolidarse un relato que es muy distinto. Éste se vio resumido en un informe que se ha distribuido en el Congreso norteamericano que comienza: “Bajo el corrupto gobierno populista de Cristina Fernández de Kirchner, la Argentina está regresando a la ruina”, para entonces referirse en más detalle a la relación del país con la belicosa República Islámica de Irán y con el eje bolivariano, las actividades de los cárteles de la droga, la ofensiva contra los medios, el enriquecimiento difícilmente explicable de la familia presidencial y sus amigos y la acumulación de problemas económicos. Asimismo, según los responsables del informe, en los círculos gobernantes de Estados Unidos muchos creen que Cristina es más peligrosa de lo que era Hugo Chávez porque, a diferencia del extinto caudillo venezolano, es totalmente imprevisible. Puede discutirse el tono, que es francamente hostil, de dicho informe y de una multitud de artículos periodísticos que últimamente han aparecido en medios norteamericanos, algunos conservadores y otros considerados progresistas como el “Washington Post” y el “New York Times”, pero no sería tan fácil desconocer la veracidad de los datos que sirven para justificar las conclusiones lapidarias de los autores que coinciden en que la Argentina corre el riesgo de precipitarse nuevamente en una crisis política y económica muy grave, como, para desconcierto de los demás, ya ha hecho tantas veces en el pasado. Tampoco podría negarse que a ojos del resto del mundo se ha deteriorado muchísimo la imagen del gobierno de Cristina a partir de la reelección de octubre del 2011 a causa de episodios como la expropiación del grueso de las acciones españolas en la petrolera YPF, además de la resistencia a respetar los fallos de tribunales internacionales, los intentos de sofocar a los medios independientes y la ofensiva que se ha desatado contra la ya limitada autonomía del Poder Judicial. Si bien hasta hace poco el aislamiento resultante parecía no tener un impacto negativo en la política interna, en buena medida porque los kirchneristas siempre han sido duchos en el arte de aprovechar en beneficio propio los sentimientos nacionalistas populares, dando a entender que casi todos los problemas del país se deben a conspiraciones de origen foráneo, los costos, que ya han sido enormes, están destinados a continuar aumentando. Aunque la Argentina, dotada como está de una abundancia de recursos naturales y con una población que se ha acostumbrado a vivir de ingresos muy inferiores a los habituales en el mundo desarrollado, está en mejores condiciones de soportar las presiones ajenas que otros países, ello no quiere decir que una estrategia de aislamiento sea la indicada. Por el contrario, la falta de inversiones, lo imposible que es conseguir créditos a tasas reducidas para construir obras de infraestructura y el escaso interés de los empresarios locales en competir con sus homólogos extranjeros han privado a decenas de millones de personas de oportunidades para abrirse camino en la vida. Puede que los dirigentes populistas nunca se hayan propuesto mantener en la pobreza extrema a una proporción sustancial de sus compatriotas, pero a esta altura es innegable que se las han arreglado para hacerlo, ya que no cabe duda de que, bien administrada, la Argentina sería un país muy próspero. Sin embargo, parecería que tendrán razón los comentaristas no sólo norteamericanos sino también europeos y, huelga decirlo, argentinos que creen que el “modelo” kirchnerista está llevando el país a un nuevo desastre. De haberse instalado dos o tres años antes el “contrarrelato” así supuesto, el país pudo haberse ahorrado la grave crisis que, es legítimo prever, le aguarda, pero, por desgracia, hasta hace relativamente poco la mayoría de los votantes aún confiaba en que, para asombro de los escépticos, en esta ocasión las promesas populistas resultarían ser algo más que manifestaciones voluntaristas desvinculadas de la realidad.
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