El cuaderno de mi hermano

Redacción

Por Redacción

Cuesta mucho imaginarse la Argentina fuera de Buenos Aires. Lo pienso cada vez que salen en los medios “nacionales” noticias “del interior”. Los nombres, ya de por sí, son toda una definición. El tipo de noticias que suelen alcanzar difusión, también. Hasta hace poco, en algunas estaciones del ferrocarril Sarmiento todavía se leían los carteles de “trenes hacia adentro” y “trenes hacia afuera”. Un porteño tiene una mirada en la que se argamasan esa autorreferencialidad con el hormigón agobiante. Cada argentino se ve a sí mismo desde su propia cotidianeidad. Pero lo cierto es que no todas las localidades y regiones argentinas tienen la capacidad de incidencia de la ciudad-puerto y su periferia en las formas dominantes para pensarnos como nación. Esto es el origen de numerosos conflictos no sólo latentes, sino vigentes: pensemos en la coparticipación federal o en la dependencia del extractivismo exportador de la economía nacional y que condiciona la estructura social y productiva de la Argentina. Parecería que los sueños y los deseos pergeñados por la cabeza de Goliat aún pesan sobre nosotros. Así bautizó Ezequiel Martínez Estrada en un ensayo publicado en 1940 a la ciudad de Buenos Aires. Prolongaba sus reflexiones anticlimáticas sobre Argentina plasmadas en “Radiografía de la Pampa”. “Anticlimáticas” porque cuando ambos libros fueron publicados nuestra sociedad aún se imaginaba “condenada al éxito”, alimentada por sus ingentes recursos y potencialidades. Seguir pensando de esa manera es un condicionante enorme y muy difícil de romper, entre otras cosas porque es muy autocomplaciente. Ahora que está de moda es otro “cepo”, que reprime la creatividad para encontrar soluciones a problemas estructurales: la articulación regional, Malvinas, las formas de hacer política… Hemos sido capaces de crecer aún a pesar de él. Pero el peso de la cabeza de Goliat hace que aún imaginemos el futuro bajo el peso de la mentalidad agroexportadora, anacrónica pero dominante. Cada vez que pienso en estas cosas recuerdo el cuaderno de mi hermano Germán. Se fue a vivir a Río Grande, Tierra del Fuego, en 1998. Hoy vive allá con su esposa y mis dos sobrinas, fueguinas nacidas y criadas. Cuando llegó, apenas pasaba los veinte años y alquiló una pieza en el fondo de la casa de un vecino. Me acuerdo lo que me costó poder sacar una foto “panorámica” del interior de su diminuta primera casa para mostrársela a mi familia acá en el “norte” (escribo “acá en el norte” y seguramente muchos levantarán la cabeza y dirán “qué le pasa a este. El norte es donde vive él, no yo”. Eso es lo fascinante del asunto). Desde que se fue a vivir a la isla, cada vez que nos vemos o conversamos me dice que va a armar un cuaderno para anotar las cosas que ve, porque “yo, que soy escritor”, capaz algún día haga algo con ellas. Y me narra, con la típica capacidad de síntesis de los que no están acostumbrados a escribir, pero saben combatir el tiempo de la mejor manera, que es conversando, las cosas que vivió allá. Lo ha hecho desde que se fue al sur. Por supuesto que tengo la ventaja de conocer los lugares, y algunas de las personas que menciona. Hay para todos los gustos: desde carpas a la intemperie durante una huelga petrolera hasta esperas en la balsa para cruzar el estrecho que no tiene nada que envidiar a “la autopista del sur”, autos que patinan por una pendiente helada en Tolhuin como autitos chocadores, nubes que corren carreras, la llegada de las moscas como indicio de “crecimiento”, las vigilias del 2 de abril… Y pienso que yo sólo conozco una ínfima parte, que no sé cómo sería un cuaderno así en Misiones, en Salta, en Lincoln. Pero cuando por un instante logro entrever una colección de escritos semejantes, me abruman los colores, los sonidos, los tonos y las historias, y la imaginación que construí hasta parecería que empieza a latir. La verdad es que no sé si Germán ya empezó a escribir su cuaderno; siempre está con mil cosas. Pero cuando pienso en todo lo que nos falta me imagino cómo llena páginas con historias de migrantes, como él mismo, con las vidas de personas a las que les resulta más costoso combatir el frío que a la burocracia, pero también con compatriotas que viven en lugares donde aún está todo por hacer y donde la realidad te obliga a pensar el futuro de manera diferente que en las megalópolis. Me imagino historias de agachadas y lealtades, doy por cierto formas de imaginarse la Argentina que no tienen nada, pero nada, en común con las mías. Y sin embargo, es el cuaderno de mi hermano, mi sangre, escrito en mi idioma, y es sobre “mi país”, aunque sea otro. Hace más de doscientos años, el rey Luis XVI convocó a los Estados Generales. Eran las vísperas de la Revolución Francesa. Entre marzo y abril de 1789, sus súbditos llenaron los famosos cuadernos de quejas (cahiers de doléances), donde expresaron sus realidades, cuitas y esperanzas. No sé por qué me parece que cuando me encuentre con los escritos de mi hermano me daré cuenta de que esas historias se van a parecer mucho a aquellos sueños. (*) Escritor e historiador

Opiniones

Federico Lorenz @FedeLorenzyClio (Especial para “Río Negro”)


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