El denunciante



Días atrás le fue concedido el Premio Nobel de Literatura al turco Orhan Pamuk, de 54 años, quien venía de ser sometido a un proceso penal en su país por haber reconocido la existencia del genocidio armenio y la consecuente responsabilidad de Turquía en su comisión.

Aquello sucedió en febrero del 2005, durante una entrevista con el periódico suizo Tages Angeizer, al afirmar que: “Un millón de armenios y treinta mil kurdos fueron asesinados en estas tierras, y yo soy el único que se atreve a hablar del tema”.

El gobierno de Turquía reaccionó invocando el artículo 301/1 del Código Penal y lo acusó de denigrar públicamente la identidad turca. Dicho artículo había sido incorporado al ordenamiento penal meses después de las manifestaciones efectuadas por Pamuk y, no obstante ello, le fue aplicado al escritor de modo retroactivo.

La pena estipulada para esa figura penal es de seis meses a tres años de prisión, pero la circunstancia de que hubiera formulado sus palabras en un país extranjero podía aumentar en un tercio el monto de la condena.

Pamuk fue procesado por la Justicia turca, lo que motivó a varios intelectuales de Turquía y de Europa a firmar una declaración de apoyo al escritor, en la que acusaban a ese gobierno de no respetar los derechos humanos.

Tiempo más tarde, sobre la base de un tecnicismo jurídico, se dispuso su sobreseimiento, lo cual fue interpretado por muchos como un acto de complacencia hacia la Unión Europea, que por esos días consideraba la admisión de Turquía como uno de sus miembros.

El suceso hasta aquí comentado no ha sido causal, sino que, como han sostenido numerosos estudiosos, en la naturaleza misma del genocidio está el ser negado, ya sea por sus autores, por sus cómplices o instigadores.

En materia de genocidios, el negacionismo no es un accidente de la historia sino la última etapa de su construcción, la que se orienta a evadir toda responsabilidad penal, pero también, simultáneamente, a consumar un asesinato de lo simbólico y de su transmisión a los descendientes.

Es decir, que apunta a consumar un asesinato sin fin y prolongado en el tiempo, el cual permite mantener el efecto imaginario de omnipotencia del exterminador, a la vez que aplastar todo semblante de la víctima.

Héléne Piralian ha estudiado de cerca el caso de los descendientes armenios del genocidio cometido por Turquía en 1915/1916, paradigma en materia de negacionismo, así como las implicancias psicológicas y simbólicas que para aquellos ha tenido esa negación mantenida a lo largo del tiempo.

Ella se ha preguntado cómo es posible paliar las operaciones de negación y sus efectos para con las víctimas y descendientes. Y ha respondido que la supresión de esas negaciones y el reconocimiento de esas ocultaciones se convierten “en un trabajo primordial y en una especie de deuda psíquica ineludible para quien desee que la civilización viva”.

Esa deuda psíquica puede saldarse recurriendo a instancias éticas que permitan echar luz sobre los crímenes perpetrados, desarticulando así el discurso de la negación y el ocultamiento. Esto fue lo que sucedió, de algún modo, cuando los herederos armenios del genocidio turco lograron que, por primera vez, se reconocieran las operaciones de exterminio sufridas por su pueblo y el genocidio resultante.

Así lo hicieron el Tribunal Permanente de los Pueblos en 1984; luego, en 1985, una subcomisión de derechos del hombre de las Naciones Unidas formada por expertos independientes y, por último, en 1987, el Parlamento Europeo.

Las paradojas de la historia tampoco se hacen esperar: el mismo día en que Orhan Pamuk ganó el Premio Nobel de Literatura, la Cámara baja de Francia aprobó un proyecto de ley que convierte en un crimen negar el genocidio armenio de 1915/1916.

 

 

MARTIN LOZADA (Juez de instrucción y profesor de Derecho Internacional Universidad FASTA, Bariloche).

Especial para “Río Negro”


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