El desafío cambiario
Editorial
Los optimistas, encabezados por Domingo Cavallo, juran que la introducción de una tasa de cambio especial para los exportadores, lo que en su jerga particular denomina un «factor de empalme», no significa el comienzo del fin de la convertibilidad, pero por ahora los pesimistas, convencidos de que la Argentina está por alejarse del esquema que le ha dado diez años de estabilidad monetaria, han logrado imponer su punto de vista, de ahí la cotización de 1,25 del dólar futuro. De más está decir que el resultado de esta polémica se verá determinado por lo que suceda en el país en el curso de los próximos meses. Si la economía logra «reactivarse», podrá convivir con el uno a uno sin dificultades. De prolongarse mucho más la recesión, empero, se producirá una devaluación traumática porque el resto del mundo decidirá que la Argentina es decididamente más pobre de lo que indican las cifras, desgracia que algunos festejarían por considerarla evidencia del fracaso del «modelo», actitud que tendría su lógica si tuvieran en mente otro más promisorio pero que, en su ausencia, podría atribuirse al masoquismo de los emotivamente comprometidos con el pasado.
Según éstos, la rigidez cambiaria está en la raíz de los problemas económicos actuales, los cuales se verían «solucionados» si el gobierno atinara a devaluar. Si la Argentina fuera otro país, aquella tesis podría resultar convincente. En Europa, Alemania e Italia se han visto perjudicadas porque adoptaron el euro -la unión monetaria es el equivalente europeo de la convertibilidad-, en un momento en el que el marco y la lira se encontraban sobrevaluados frente al franco francés y al dólar. Un motivo por el cual los británicos no quieren sumarse a la eurozona consiste en su temor a compartir el mismo destino debido a la fortaleza en su opinión excesiva de la libra esterlina. Sin embargo, la situación de estos países relativamente ricos es muy distinta de aquella de la Argentina: incluso en Italia no hay muchas dudas en cuanto a la capacidad de los gobernantes de manejar las financias nacionales con prudencia, mientras que aquí la convertibilidad ha conservado su popularidad porque la ciudadanía sabe muy bien que «los políticos» no son confiables y sospecha que si les fuera dado manipular las variables a su antojo no tardarían en desatar un desbarajuste. Puede que tal opinión ya sea un tanto desactualizada, pero tendrán que transcurrir muchos años más antes de que se modifique.
Cuando Cavallo introdujo la convertibilidad, tanto los habitantes del país como los operadores de los mercados internacionales preveían que la Argentina, por fin libre de la inflación crónica, emprendería un proceso de crecimiento sostenido que le permitiría cerrar la brecha que la separaba de los países más ricos. ¿Era una ilusión? En la actualidad, la mayoría contestaría que sí, pero de reanudarse el crecimiento en los próximos meses las opiniones cambiarían aunque, por fortuna, no sería demasiado probable que el país reincidiera en el optimismo candoroso de los primeros años del menemismo. Si la larga crisis que se inició en vísperas de la primera reelección de Menem nos ha enseñado algo, esto es que no sirve para mucho armar un «modelo» para entonces dedicarse a cosechar los beneficios políticos y comerciales que podría generar. Siempre será necesario ya «profundizarlo», ya cambiar ciertas características, porque en nuestros días las economías son esencialmente dinámicas y lo que funciona muy bien un año puede resultar inútil o contraproducente el siguiente. Asimismo, en los buenos tiempos es forzoso prepararse para hacer frente a circunstancias desfavorables. En el lustro final del siglo pasado, los gobernantes parecieron creer que el clima internacional continuaría siendo propicio para los «mercados emergentes» de manera que a la Argentina siempre le resultaría fácil atraer inversiones extranjeras. Se equivocaron, claro está: mal que nos pese, el mundo seguirá haciéndose cada vez más exigente y, les guste o no a los comprometidos con el facilismo, no nos queda otra alternativa tolerable que la de aceptar con entusiasmo el desafío así planteado.
Los optimistas, encabezados por Domingo Cavallo, juran que la introducción de una tasa de cambio especial para los exportadores, lo que en su jerga particular denomina un "factor de empalme", no significa el comienzo del fin de la convertibilidad, pero por ahora los pesimistas, convencidos de que la Argentina está por alejarse del esquema que le ha dado diez años de estabilidad monetaria, han logrado imponer su punto de vista, de ahí la cotización de 1,25 del dólar futuro. De más está decir que el resultado de esta polémica se verá determinado por lo que suceda en el país en el curso de los próximos meses. Si la economía logra "reactivarse", podrá convivir con el uno a uno sin dificultades. De prolongarse mucho más la recesión, empero, se producirá una devaluación traumática porque el resto del mundo decidirá que la Argentina es decididamente más pobre de lo que indican las cifras, desgracia que algunos festejarían por considerarla evidencia del fracaso del "modelo", actitud que tendría su lógica si tuvieran en mente otro más promisorio pero que, en su ausencia, podría atribuirse al masoquismo de los emotivamente comprometidos con el pasado.
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