El “desgaste” que mata



Abril termina con un trágico saldo para la crisis venezolana: más de 20 muertos en tres semanas de masivas protestas opositoras y una dura respuesta represiva del gobierno del presidente Nicolás Maduro. El viernes, con 12 vidas perdidas en saqueos y enfrentamientos con fuerzas policiales, fue la jornada más sangrienta.

El gobierno y la oposición venezolanos parecen haberse embarcado en un peligroso juego de desgaste político donde nadie cede posiciones, que podría tener consecuencias imprevisibles, que no excluyen la posibilidad de un golpe de Estado, focos de lucha violenta o incluso una guerra civil.

Los choques ya no se limitan a disturbios entre manifestantes y fuerzas de seguridad. Ingresaron grupos paramilitares oficialistas, denominados “colectivos armados” por el chavismo, que buscan amedrentar los actos opositores, al tiempo que en varios barrios se produjeron saqueos a comercios y sedes partidarias del oficialismo.

La oposición apuesta a una extensión de las protestas, favorecidas por el malestar de la población ante una inflación que bate récords mundiales, la escasez de alimentos y medicinas que obliga al racionamiento y el mercado negro, la inseguridad en las calles y un deterioro general de los servicios del Estado.

Los expertos coinciden en que es muy poco probable que, pese al rechazo de casi el 70% de la población a la gestión de Maduro, las manifestaciones precipiten un cambio de mandato en el corto plazo, ya que el gobierno sigue controlando a las fuerzas de seguridad y las principales instituciones del país, con excepción del Poder Legislativo. La apuesta opositora sería debilitar a su oponente con miras a las elecciones presidenciales de fines del 2018 y generar fisuras en el liderazgo del oficialismo.

El gobierno, en tanto, apuesta a movilizar a sus apoyos populares, a endurecer la represión selectiva y esperar a que, como en otras ocasiones, el paso del tiempo y la violencia estatal y paraestatal termine dividiendo a la oposición y apagando el fervor de la protesta, confiando en que se mantendrá consistente el respaldo de las Fuerzas Armadas al gobierno. Pero varios analistas estiman que el respaldo hasta ahora monolítico podría comenzar a resquebrajarse si las manifestaciones ganan en intensidad y se incrementan las víctimas fatales.

Sin salidas electorales a la vista y con un nivel de violencia en aumento, la radicalización en ambos bandos gana terreno en desmedro de los sectores dialoguistas.

Es en este punto en que la presión internacional puede ser clave para sacar a la puja de poderes que se ha instalado en Venezuela y ha generado un juego de “suma cero” que sólo ahonda la crisis económica y social que vive ese país y acelera la espiral de violencia.

Hasta ahora han fracasado todos los intentos de mediación, incluyendo el del Vaticano. No ha sido muy feliz la gestión del papa, quien, desoyendo a sus propios obispos en Caracas, ha permitido que Maduro usara la instancia como una manera de ganar tiempo. Francisco ha evitado cualquier mención a la desesperada situación social de millones de venezolanos y la represión estatal, mientras amonesta a su colega brasileño Michel Temer por los costos del ajuste económico liberal.

Más contundente y positiva ha sido la postura que adoptaron los gobiernos de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, México Paraguay, Perú y Uruguay condenando enérgicamente la violencia y señalando que “resulta imperativo” que Venezuela cumpla el cronograma electoral, que libere a los presos políticos y garantice la separación de los poderes del Estado. En momentos en que Argentina asume al mismo tiempo las presidencias del Mercosur y la Unasur, dos de los organismos regionales con mayor influencia sobre Venezuela, es imprescindible una acción más enérgica para evitar esta escalada.

Un cambio de rumbo del gobierno, el fin de la represión y una reinstitucionalización de la política venezolana que permitan una salida electoral a la crisis actual debieran ser el norte de las gestiones de nuestro país para frenar los derramamientos de sangre.


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