El disparador: Historias



Datos

Delante mío caminaban dos muchachos. Uno llevaba una bolsa con compras y el otro una botella. De pronto, una voz masculina
–carrasposa, con acento español– gritó desde la vereda de enfrente: “Oye, tío, ¿quieres un vaso?”. Los muchachos sonrieron y siguieron. “Qué rico una cerveza ahora, ¿no, tío? Hace mucho que no bebo, joder”, dijo el hombre al verme cruzar. Lo reconocí: era Camalote.
–Che, ¿cuándo te volviste español? –dije.
–Qué dices, hombre, ¿tú de qué vas?
–Dale, Camalote, compraste el bar y te fundiste; y ahí volviste a restaurar muebles, tu primer oficio.
Me preguntó si nos conocíamos del club. Le dije que no, que habíamos charlado dos años atrás ahí mismo, en su local de San Telmo. Le pregunté qué era eso del personaje español. “Es que la gente quiere historias y, sobre todo, le gusta lo invisible. Como en la comida, la sal no se ve pero le da sabor”, dijo, y comentó que ya se acordaba de mí. Dudé que fuera cierto.
Camalote mantenía un halo de misterio, como aquella primera vez que lo había visto, cuando me había dejado pensando en si era: un ex agente de la SIDE –nombró políticos y empresarios de los 70, y fotógrafos que eran espías–, un maltratador –la esposa lo había echado de la casa y cayó preso un mes–, o un corazón roto –una novia 20 años más joven lo había dejado–. O si sólo era un fabulador.
Pero esta vez, lo que me sorprendió estaba dentro del local: un baúl de dos llaves, rectangular, de madera, con tapizado de cuero marrón. Algo me fascinó, como si esa caja encerrara siglos y aventuras. Y sí, Camalote me dijo que tenía más de cien años y había llegado en barco desde Europa.
–¿De qué país?–pregunté.
–Tiene muchas historias. ¿Vos a qué te dedicabas?
–Trabajo como periodista.
–Ah, la próxima te cuento. Tengo que laburar –dijo, sacudiendo un serrucho.
–Bueno, dale.
–Vení la semana que viene. Te voy a contar historias, tengo muchas. Con una cerveza, eso sí, ¡eh! Acordate: de acá siempre te vas a ir con más de lo que entrás.

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