El disparador: Un mecánico



El disparador: Un mecánico

Datos

Buenos Aires, estación de Retiro, martes, once de la noche. Tres o siete grados, no sé, pero se siente muy frío. El tren está por salir hacia Tigre. Hay una docena de pasajeros. En su mayoría, por las caras, transmiten hastío, cansancio, tedio, sueños postergados. ¿Estaré proyectando? Puede ser, pero no quita lo anterior. El tren avanza y, un rato después, algo va a cambiar en el aire.
Aparece un muchacho alto, con barba de unas cuantas semanas. Lleva puesto un delantal blanco, castigado por el uso. El joven -¿tendrá 40 años?- empuja un carrito con ruedas y se detiene en el medio del vagón. Lleva una canasta de mimbre bastante grande, que está cubierta con un trapo -¿es una sábana?-. No es la primera vez que lo veo, pero igual tiene algo de novedoso.
“Algunos me conocen como el panadero del tren. Hago panes rellenos”, se presenta. Enseguida un joven -uno de los que exudaba tedio- lo interrumpe y, sonriendo, le dice: “¡Hola maestro! Me das uno con jamón y queso”. El panadero dice que sí, pero que en un rato, porque trae una sorpresa.
Mientras apoya una carpeta sobre su canasta, cuenta que empezó a estudiar tango hace algunas semanas. Hay un silencio atento de los pasajeros, que parecieran ir aflojándose. Pregunta qué canción les gustaría escuchar. Abre su carpeta y lee títulos: Sur, Mi Buenos Aires querido, Por una cabeza, Volver...
Alguien pide Al mundo le falta un tornillo. “¡La tengo!”, se entusiasma el panadero, y se disculpa de antemano porque aún no se sabe las canciones de memoria. “No quisiera arruinarlas aún más, así que voy a cantar leyendo”. La gente sonríe y el muchacho sigue. “Sería bueno cuidar nuestra propia cultura, ¿no? Me parece importante, entre tanto que pasa, no olvidarnos de nuestras raíces”. Y canta: “Hoy se vive de prepo / y se duerme apurao”. Se mantiene el silencio atento. Avanza el tren, camina la canción, la energía en el vagón cambia. “Al mundo le falta un tornillo / que venga un mecánico / pa’ ver si lo puede arreglar.”. Aplausos. Pasa la gorra y, después sí, vende sus panes calientes.

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