El duro trance de pasar la pandemia sin un trabajo
Bariloche está llena de historias de personas que perdieron sus ingresos y ya no saben cómo sobrevivirán en los próximos meses. Hasta principio de año tenían empleo y proyectos.
Liliana Pérez hace un año estaba contenta porque tenía un trabajo que le gustaba. Ganaba su salario y hasta tenía la fortuna de recibir propinas. Por esos días soñaba. Proyectaba en su hogar, junto a sus dos hijos.
Franco Arancibia hace un año podía pagar un alquiler, cumplía con sus obligaciones familiares y si bien sus ingresos eran modestos le alcanzaba para vivir.
Hace 365 días, Maia Bogner proyecta recitales y disfrutaba de la pasión por la música. Para solventar sus gastos dictaba clases de canto y si bien no le sobraba dinero estaba tranquila con su familia.
Diego “El Capitán” Sanjuan no tenía demasiadas urgencias a principios de septiembre de 2019. La temporada de invierno estaba por terminar y él había ahorrado dinero como para afrontar, tranquilo, los meses sin un empleo estable hasta el verano, que lo volverían a emplear.
Sin embargo, la pandemia, causada por el nuevo coronavirus, les quitó sus trabajos, los dejó sin dinero y los obligó a luchar día a día por sobrevivir. A miles de personas que viven en Bariloche les ocurrió la misma situación. La covid-19 castigó muy fuerte a los sectores más vulnerables de la población.
“Debo hace tres meses el alquiler”, cuenta, preocupado, Diego en la plaza del Centro Cívico. Recién finalizó una improvisada reunión con otros trabajadores gastronómicos y hoteleros temporarios que aun esperan cobrar el ATP que les prometieron. Un compromiso anunciado desde el sindicato gastronómico y por las autoridades provinciales que no llegó aún a los bolsillos de los temporarios.
Vergüenza
“No tengo hijos por suerte; estoy solo”, explica. “No me estoy cagando de hambre, pero estoy con lo justo”, cuenta. “No dependí nunca de nadie, porque uno quiere hacerse valer por uno mismo”, afirma. “Me da vergüenza. Necesito ayuda”, admite. Le duele la indiferencia de las personas. “El que está arriba le puede tirar una onda al que está abajo”, expresa.
Para aguantar está vendiendo sus cosas. “El otro día vendí una silla de escritorio que tenía y después vendí unas cosas que me dio una amiga”, relata. “Estoy sobreviviendo como puedo”, sostiene.
Dice que el dueño de la vivienda que alquila lo entendió. “Le dije que le iba a pagar lo que pueda, pero uno siente esa vergüenza”, describió.

Tiene 37 años y eligió hace casi 20 años radicarse en Bariloche. En los casi 6 meses de pandemia, solo recibió 2 IFE de 10.000 pesos. Y otros 6.000 pesos que pagó su empleador. Espera que Nación deposite el ATP prometido.
Afirma que así como recibió el dinero se lo dio al locatario. Para reunir algo de dinero hace changas de lo que salga. Dice que estos días son los más difíciles de la pandemia. Relata que el domingo tenía solo 30 pesos. “Vendí unas sillas y junté 1.000 pesos”, destaca. Es una lucha permanente.
Liliana enfrenta una situación parecida. Ella tiene una hija de 20 años y un hijo de 12. Es moza y no pudo hacer la temporada de invierno porque no hay turismo.
“Estoy vendiendo budines, berenjenas en escabeche, ropa, lo que se pueda para sobrevivir y pasar el día”, comenta. Afirma que además es una actividad que le permite mantener la cabeza ocupada “y sentir que estoy haciendo algo”. “A uno le da mucha vergüenza pedir módulos alimentarios y no me quedó otra”, lamenta.
Comida
Dice que tiene la suerte de no pagar alquiler. También valora la ayuda de sus padres que son jubilados. Estos meses de pandemia fueron duros. Hubo que ajustarse el cinturón y recortar gastos. Por eso, cortó el cable. “Pero gracias a Dios no me faltó comida”, destaca. “Me ofrecí para ir a limpiar casas, para planchar, pero no hay trabajo”, asegura Liliana.
Cuenta que con la crisis regresó el trueque, como ocurrió hace 19 años, cuando el país tocó fondo por una crisis.
Relata que hay un grupo en Facebook donde se promueve ese intercambio. “El otro día una señora decía que le faltaban 3 kilos de azúcar para hacer dulces y tenía frascos para trocar. Yo necesitaba frascos para mis berenjenas así que se los cambié por los 3 kilos de azúcar”, valora.
“Hay un montón de cosas para hacer en la casa, pero no tengo plata como para comprar una pintura para arreglar una pared que tengo con humedad”, manifiesta.
La crisis no la deja dormir a veces. Son madrugadas donde la cabeza da vueltas pensando. Encontró en las caminatas una forma de despejarse. Pero otras puertas se abrieron. Valora que plantó en un pedacito de terreno perejil, cilantro que ya creció. También, comenzó a reciclar. “La necesidad te enseña esas cosas también”, enfatiza Liliana.
Vendo budines, berenjenas, ropa, lo que se pueda para sobrevivir y pasar el día, y sentir que estoy haciendo algo”.
Liliana es moza y no pudo hacer la temporada de invierno.
Cobró en estos largos meses de pandemia el IFE de 10.000 pesos y hace unos días 6.500 pesos del empleador. Pero espera el ATP. El padre de su hijo –del que está separada– aporta 5.000 pesos. Y es ese dinero hay que estirarlo.
Esperanza
Liliana afirma que tiene “la esperanza de que todo esto es por algo, que algo bueno va a salir al final”. Dice que sus hijos la mantienen en pie. “Son el motor de todo”, asevera.
Franco estaba el lunes sentado solo a pocos metros del acceso a la sede del gremio de la Uocra, que está ubicada en Gallardo al 1200. Había pasado por el sindicato para ver si había alguna novedad de trabajo.
Dice que había salido por la mañana a recorrer obras para pedir trabajo, pero no están tomando obreros. “En Alusa no están tomando gente”, informa. Estaba ilusionado porque en la constructora Oriente –por lo menos– le habían recibido el currículum. Y tuvo la mala suerte de que la oficina de la empresa Hoqui estaba cerrada. El sector de la construcción es otro de los más afectados por la crisis.
Salen pocas changas porque la gente que tiene plata no la quiere gastar porque no sabe cómo viene la mano en el futuro”.
Franco Arancibia es albañil y se las rebusca para poder sobrevivir.
“La construcción ya venía mal en Bariloche de antes de la pandemia y se terminó de complicar estos meses”, describe.
Afirma que para sobrevivir hace changas. No hay otra opción. Cobró dos veces el IFE en los casi 6 meses de pandemia. Por la crisis tuvo que dejar el alquiler y volver a vivir a la casa de su madre.
Con esos 10.000 pesos ayudó a pagar algunos servicios o impuestos.
“Tuve que volver con mi vieja porque no consigo trabajo. Salen pocas changas porque la gente que tiene plata no la quiere gastar porque no sabe cómo viene la mano”, sostiene.
Franco afirma además que para conseguir una changa hay que bajar el presupuesto, “porque si no te quedás sin nada”. Tiene un ciclomotor para desplazarse, pero tampoco lo usa mucho para no gastar nafta. “Pensé que iba a durar menos esto de la pandemia”, reflexiona, preocupado.
La forma de reinventarse para no aflojar
Cuando era adolescente, Maia Bogner subía a su bicicleta y salía a vender empanadas por el barrio. Su trabajo le permitía tener unos ingresos para comprarse sus cosas.
Los años pasaron y emprendió su carrera como artista, que demanda esfuerzo y perseverancia.
El coronavirus le arrebató en un abrir y cerrar de ojos los ingresos que le generaba su pasión por la música porque se suspendieron en marzo pasado los recitales en Bariloche. Tampoco puede dar clases de canto, que eran un ingreso permanente para su economía.
La pandemia ni siquiera le dejó ganarse la vida como moza, que era un empleo eventual que tenía antes de la cuarentena obligatoria.
Hubo que reinventarse. “Me pregunté ¿qué hago?, ¿me cago de hambre o hago algo?” Resolvió con su pareja, que es empleado gastronómico, empezar a vender comida. Cobró en mayo pasado el primer IFE y, sin dudarlo, lo invirtió en insumos y pusieron manos a la obra. Hoy Maia vende empanadas para sobrevivir.
“Alquilo, tengo familia. Trabajamos para sobrevivir”, afirma. “La verdad está muy difícil la situación”, sostiene Maia.
Es hermoso distribuir el disco. La gente se pone contenta de recibir el CD; además, se comen unas ricas empanadas”.
Los clientes que piden empanadas reciben el CD último que grabó a modo de obsequio. Fue un trabajo que le costó mucho editar. El disco “Negra y blanca” tiene 11 canciones. “Uno lo hace para difundir la obra del artista”, explica.
“Es hermoso hacerlo y la gente contenta de recibir el CD; además se comen unas ricas empanadas”, destaca. Comenta que muchos de sus clientes descubrieron con ese detalle que ella es una artista.
Maia admite que es difícil vivir de la música en Bariloche. Por eso, dictaba clases de canto y en los meses últimos antes de la pandemia había conseguido un empleo extra de moza. Pero todos los trabajos quedaron suspendidos.
“Ahora de a poquito se está reactivando”, dice, esperanzada. Valora a las personas que la apoyan, “que me compran empanadas porque me tienen cariño”.
Dice que el locatario le perdonó un mes. Y valora que está acompañada por su pareja, Diago Piantoni, que la acompaña en la elaboración de la comida y, sobre todo, contagia energía positiva.
“Cuando tenía 14 años vendía empanadas. Las repartía en bicicleta y con el dinero podía comprarme mis cosas”, relata. “Hacerlo ahora, es como volver a hacer algo que hacía en mi adolescencia, solo que ahora incorporamos el reparto a domicilio”, destaca, Maia.
Liliana Pérez hace un año estaba contenta porque tenía un trabajo que le gustaba. Ganaba su salario y hasta tenía la fortuna de recibir propinas. Por esos días soñaba. Proyectaba en su hogar, junto a sus dos hijos.
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