El espectro de la guerra santa

Redacción

Por Redacción

JAMES NEILSON

Aunque las autoridades norteamericanas sabían que el joven checheno Tamerlan Tsarnaev y su hermano menor, Dzhokhar, eran islamistas convencidos de que se aproximaba el día de una gran batalla en Asia Central en que las huestes de Alá derrotarían a los infieles, para entonces asestarles el golpe final en el Oriente Medio, y tenían buenos motivos para sospechar que soñaban con participar de alguna manera en el gran enfrentamiento apocalíptico que estaba por suceder, pasaron por alto la información que les enviaron los rusos acerca del peligro que planteaban. Sus superiores les habían dicho que los activistas del Tea Party, para no hablar de las milicias de la ultraderecha, eran aún más temibles que los yihadistas, de suerte que no deberían dejarse asustar por lo que hacían inmigrantes de países exóticos que procuraban adaptarse al estilo de vida norteamericano. Hace poco más de una semana, los hombres de la CIA y el FBI aprendieron las dimensiones de su error. El atentado con bombas de fabricación casera que mató a tres personas en Boston y provocó heridas gravísimas a más de un centenar los obligó a reconocer que acaso les convendría mantenerse al tanto de las actividades de militantes islámicos que raramente intentan ocultar el desprecio que sienten por el país en que viven o su voluntad de someterlo cuanto antes a la versión sumamente rigurosa y cruel del islam que han abrazado. Cuando de la guerra santa que están librando los islamistas contra el resto del género humano se trata, la postura del gobierno norteamericano es ambigua. A veces parece entender muy bien lo que está en juego. Poco antes de abandonar su cargo como secretaria de Estado, Hillary Clinton advirtió que estaba en marcha “una yihad global creciente” y que sería necesario prepararse para enfrentarla. Asimismo, anteayer el vicepresidente Joe Biden calificó a los dos chechenos de “yihadistas retorcidos, degenerados y cobardes”. En otras ocasiones, empero, los funcionarios principales del gobierno de Estados Unidos dicen no ver vínculo alguno entre el islam y el islamismo militante, que saben que para la mayoría abrumadora de los musulmanes la palabra yihad carece de connotaciones bélicas y que, de todos modos, hay muchísimos terroristas cristianos, judíos, ateos y agnósticos y que por lo tanto sería inaceptable discriminar entre los adherentes de distintos cultos o de ninguno. Asimismo, parecería que, desde el punto de vista del presidente norteamericano Barack Obama y los integrantes más progresistas de su administración, los guerreros santos son malos no tanto porque cometen atrocidades cuanto porque alientan a los “islamófobos”, sujetos que insisten en que los dogmas del islam, por prever la subordinación de absolutamente todo a la presunta voluntad de Alá tal y como la interpretan los clérigos autorizados, son en última instancia incompatibles con la democracia occidental. En los días que siguieron al atentado en Boston, muchos norteamericanos y europeos se afirmaron perplejos por lo que había sucedido. Puesto que a su entender sería inconcebible que dos jóvenes chechenos que durante años habían vivido a costillas de los contribuyentes, con subsidios sociales y becas generosas, declararan la guerra a la sociedad que los había acogido por motivos religiosos; tendría que haber otra explicación: problemas psicológicos, el deseo de luchar contra Rusia en suelo norteamericano, instintos criminales, lo que fuera. Tales reacciones pueden atribuirse a la resistencia a reconocer que la modernidad pluralista y multicultural que domina el pensamiento de las elites intelectuales de América del Norte y Europa es un fenómeno localizado. En otras partes del mundo, millones de personas siguen siendo tan propensos como eran los norteamericanos y europeos de antes a entregarse a pasiones mortíferas y a actuar en consecuencia, de ahí las matanzas sectarias y las operaciones de limpieza étnica que se producen todos los días en los países mayormente musulmanes, en distintas partes de África y también en China y Birmania. En una época como la actual, de globalización y migraciones masivas, no habrá forma de mantener aislados a los países desarrollados de los conflictos religiosos, étnicos y, a veces, ideológicos que, con toda seguridad, se intensificarán en los años próximos al difundirse la sensación de que el Occidente se enorgullece de su propia debilidad. Los fanáticos suelen ser maniqueos. Ven todo en blanco y negro. Con frecuencia, se creen autorizados por Dios, el Destino o la Patria a eliminar a quienes en su opinión no merecen vivir. Luego de la derrota del nazismo, fascismo y el imperialismo casi teocrático japonés primero y, después, del comunismo, los países desarrollados han disfrutado de un período tal vez breve signado por la moderación y la tolerancia mutua, pero se trata de un intervalo realmente excepcional y no hay ninguna garantía de que se prolongue por muchos años más. Por cierto, no servirá para perpetuarlo la voluntad de tantos occidentales de creer que todos comparten sus propias prioridades, que, en el fondo, lo que quieren es vivir en democracias laicas en que se privilegien, como corresponde, los derechos de las minorías sexuales, religiosas y étnicas. Para los hermanos Tsarnaev, la vida de norteamericanos infieles valía tanto como la de los judíos a ojos de los nazis o de reaccionarios burgueses a los de un comunista resuelto a purgar el mundo de elementos contrarrevolucionarios. Matarlos para que los demás entendieran que no puede haber una alternativa al islam les parecía perfectamente racional. Aun cuando los dos no hubieran integrado una organización internacional, se sentían miembros de una comunidad muy grande. ¿Lo es? Puede que sea relativamente pequeña, que los guerreros santos diseminados por el mundo se cuenten por decenas de miles, si bien a juzgar por lo que está sucediendo en Pakistán, Afganistán, el Cáucaso, África del Norte y el Oriente Medio habrá muchísimos más, pero, sea como fuere, no cabe duda de que se trata de algo más que las actividades de un puñado de lunáticos sanguinarios. Los líderes occidentales quisieran que los musulmanes pacíficos –la inmensa mayoría– solucionaran el problema, pero las esperanzas en tal sentido distan de ser realistas. Antes bien, se asemejan a las de aquellos demócratas de hace setenta años que confiaban en que los alemanes buenos, horrorizados por la barbarie nazi, se encargarían de frenarla, ahorrándoles la necesidad de intervenir a fin de defenderse de quienes los creían tan pusilánimes que no tardarían en rendirse.

SEGÚN LO VEO


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