El feminismo triunfante

Por Redacción

SEGÚN LO VEO

En sociedades tradicionales aún es habitual tratar a las mujeres como ganado: matarlas, esclavizarlas o, si los encargados de vigilarlas son hombres bondadosos, sólo pegarles de vez en cuando para que guarden las apariencias no se consideran crímenes graves. El “femicidio” es normal. En cambio, si bien hasta hace apenas treinta años en las sociedades de raíz europea las mujeres siguieron ocupando un lugar inferior, ya que a juicio de quienes decidían tales cosas hubiera sido un error darles derechos legales y económicos que creían propios de los hombres, como recompensa eran respetadas, cuando no idealizadas.

Fue así en los países occidentales hasta las décadas finales del siglo pasado. En 1912, año en que se fue a pique el Titanic, lo de “mujeres y niños primero” importaba mucho, razón por la que se salvó del desastre el 70% de las mujeres y niños y sólo un 20% de los hombres adultos. A juzgar por lo que ha sucedido una y otra vez en naufragios más recientes, como el de 1994 en el mar Báltico en que murieron más de 800 personas, aquel principio ya pertenece al pasado. Los hombres, encabezados a menudo por el capitán del barco y los tripulantes, como sucedió con el crucero Costa Concordia a pocos metros de la costa italiana, aprovechan su fuerza física superior para abandonar a las mujeres a la muerte: sus posibilidades de sobrevivir en tales circunstancias duplican las del “sexo débil”.

Los militantes más combativos de la igualdad de género celebran el escaso interés de los físicamente fuertes en proteger a quienes no lo son. En Estados Unidos ha prosperado tanto la idea de que las mujeres, lo mismo que los negros, musulmanes y otras víctimas de la rapacidad imperialista de los blancos, constituyen una minoría injustamente postergada, que cualquier forma de discriminación, por positiva que fuera, puede desatar protestas a un tiempo furibundas y pintorescas. A los igualitarios más agresivos los enfurece que las chicas que juegan fútbol, como las que están participando de un mundial en Canadá, ganen menos que hombres como Lionel Messi o que a muy pocos les interese el Tour de Francia femenino mientras que el masculino fascina a decenas de millones de aficionados. Lo que quieren es poner fin a milenios de tiranía masculina.

Lo están logrando. No sólo en Estados Unidos sino también en otros países se las han arreglado para que en documentos oficiales se borren las viejas distinciones entre los géneros, algo que es relativamente fácil hacer en países de habla inglesa pero no lo es en otros, como la Argentina, en los que el paternalismo está atrincherado en el idioma mismo.

En el mundo occidental la insurrección feminista contra “el patriarcado” ha sido llamativamente exitosa. No es que los argumentos esgrimidos por los militantes -”los”, porque entre ellos hay algunos hombres y el castellano es intrínsecamente reaccionario- se hayan destacado por su coherencia, sino que en lo que ellos mismos denuncian como “el capitalismo tardío” las cualidades históricamente atribuidas a la masculinidad valen menos que en otros tiempos.

Al crecer la “economía del conocimiento” a expensas de la rural y fabril, que dependían de la fuerza física, las mujeres han podido competir mucho mejor en el “mercado de trabajo”. En casi todos los países conforman una mayoría de los estudiantes universitarios, con la excepción de los que se especializan en ciencias exactas o ingeniería -anomalía que los más vehementes achacan a prejuicios anticuados-, y con la ayuda de leyes destinadas a favorecerlas pronto reeditarán en las grandes empresas multinacionales lo que ya han logrado en el mundillo político en que es rutinario que sean presidentas o encabecen ministerios.

Vivimos en una época de cambio acelerado no sólo tecnológico sino también cultural, en el sentido más amplio de la palabra. Está modificándose con rapidez desconcertante todo lo vinculado con la sexualidad. Estimulados por las hazañas de los feministas, los homosexuales, transgéneros y representantes de otras variantes están reclamando un fin a milenios de ostracismo o peor, sin que sus campañas motiven mucha resistencia. Por el contrario, es motivo de festejo la aparición de un nuevo grupo víctima de prejuicios seculares.

Para regocijo de muchos, se ha visto desactualizada la familia tradicional, una institución que en su opinión era inaceptablemente autoritaria. Aunque de vez en cuando algunos nostálgicos insisten en que la guerra contra lo masculino tendrá consecuencias desagradables para los varones de familias en las que el papel del padre se ve desempeñado, si es que alguien lo hace, por una sucesión de sucedáneos ocasionales, pocos toman sus advertencias en serio.

Tal vez convendría prestarles más atención. Cuando de producir buenos ciudadanos se trata, las familias monoparentales son muy ineficaces en comparación con las que, un tanto anacrónicamente, siguen considerándose típicas. Según las estadísticas disponibles, a pesar de los esfuerzos admirables de tantas madres solteras, los criados por ellos son más propensos que otros a terminar entre rejas o a hundirse en el océano de los “estructuralmente” pobres. Mal que les pese a quienes por sus propios motivos preferirían esquemas domésticos más flexibles, no cabe duda alguna de que la desintegración de la familia tradicional ha sido trágica para millones de personas.

De intensificarse la tendencia ya generalizada a suponer que, por ser claramente justo que la mujer tenga los mismos derechos que el hombre, su rol en la sociedad debería ser virtualmente idéntico, el resultado será catastrófico. Las decididas a abrirse camino en el mundo del trabajo a menudo postergan la maternidad hasta que ya es demasiado tarde. En países como Alemania, que acaba de desplazar a Japón como el más estéril del planeta, con 8,3 nacimientos por cada mil habitantes contra los 8,4 anotados por sus rivales asiáticos en esta competencia deprimente, el envejecimiento resultante los condena a un futuro nada promisorio. Entre las “soluciones” propuestas por el gobierno de Angela Merkel figura la de incorporar más mujeres a la fuerza laboral, lo que, desde luego, sólo serviría para agravar todavía más el problema fundamental, el de una sociedad que, merced a un cambio cultural que, en todo lo concerniente al sexo, nos acerca cada vez más a la antigüedad precristiana, es tan reacia a perpetuarse que pronto dejará de ser viable.

JAMES NEILSON

JAMES NEILSON