El G2

Por Redacción

La aparición de rivales de fuste a la superpotencia de turno ha sido casi siempre motivo de conflictos brutales, como las guerras terribles de la primera mitad del siglo pasado cuando Alemania y después Japón se creían capaces de poner fin a la hegemonía anglosajona, pero aunque algunos prevén que tarde o temprano Estados Unidos tendrá que enfrentar a China militarmente, los riesgos que plantearía una guerra entre los dos gigantes son tan grandes que la mayoría de los especialistas lo descarta. Así y todo, los líderes de ambos países reconocen que los problemas causados por el resurgimiento de China después de medio milenio de virtual marginación los obligarán a hacer algunas concesiones mutuas. En la cumbre que acaban de celebrar en California el presidente norteamericano Barack Obama y su flamante homólogo chino, Xi Jinping, que asumió su cargo en marzo, procuraron tranquilizar a los halcones de sus respectivos países subrayando su voluntad de colaborar, pero no podían ignorar que las diferencias siguen siendo importantes. Además de la postura agresiva que ha adoptado China frente a Japón y otros aliados de Estados Unidos en Asia Oriental, los esfuerzos de China por apropiarse de secretos tecnológicos e industriales mediante el ciberespionaje han convencido a muchos norteamericanos de que su país es blanco de una forma novedosa de ataque. Según Obama, se trata de un asunto prioritario que está perjudicando la relación bilateral, mientras que Xi insiste en que su gobierno también se siente preocupado por el uso de lo que calificó de “armas de doble filo”, si bien es de suponer que lo que más teme es que, merced a la informática, sus propios compatriotas se informen de los abusos de poder perpetrados por el régimen que encabeza. De todos modos, es claramente del interés de Estados Unidos y China, y del resto del mundo, que la relación no sea conflictiva. Si bien la superpotencia reinante tiene un ingreso per cápita muy superior al de China, debido a sus dimensiones demográficas, ésta pronto podría contar con un producto bruto mayor. Para dotarse de la economía más grande del planeta, a los chinos les bastaría con alcanzar un nivel de productividad que sólo sea el 25% del occidental, de suerte que aun cuando hayan dejado atrás el jalón así supuesto su país seguiría siendo más pobre que muchos otros, entre ellos la Argentina. Por lo demás, China se las ha arreglado para convertirse en el principal acreedor de Estados Unidos, pero no le convendría intentar aprovechar la ventaja así supuesta porque su prosperidad incipiente depende en buena medida de sus exportaciones que, aunque han contribuido a mejorar la calidad de vida de los norteamericanos, europeos y otros al mantener bajos los precios de los bienes de consumo, también han tenido un impacto negativo en el mundo del empleo. Se trata, pues, de una relación económica sumamente complicada. Lo mismo puede decirse de la relación geopolítica. Además de las tensiones provocadas por diferencias culturales entre la civilización china y la occidental, de raíz europea, el que desde hace muchos años Estados Unidos desempeñe el papel de paladín del “mundo libre” en la lucha contra diversas variantes del despotismo choca contra la voluntad de muchos norteamericanos de tratar como socio a un país gobernado por un partido único de doctrinas totalitarias que nunca ha respetado aquellos derechos que en Occidente suelen considerarse fundamentales. Por motivos de política interna, cuando funcionarios del gobierno norteamericano visitan China se sienten constreñidos a amonestar a sus anfitriones por el abuso sistemático de los derechos humanos y manifestar su solidaridad con los disidentes, pero parecen entender que la influencia de sus palabras será escasa. Si hay cambios en este ámbito tan importante, se deberán a la evolución de la política interna china: algunos comunistas chinos, como Xi, parecen dispuestos a aceptar que es incompatible la tiranía de un partido, cuyos miembros ya no creen en la ideología que reivindican, con el desarrollo futuro que dependería cada vez más de la iniciativa individual y que por lo tanto sería mejor impulsar un proceso de democratización mientras estén en condiciones de controlarlo, pero otros son reacios a correr el riesgo de perder los privilegios a los que se han habituado.


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