El gran interrogante de Alberto Fernández



Diego Lo Tártaro*

A un mes de gobierno de Alberto Fernández las señales que está enviando en su conjunto son positivas, sin embargo en algunas áreas son confusas o contradictorias, este accionar dentro de un marco de extrema vulnerabilidad como el que encontró es sumamente peligroso, ponen en riesgo la incipiente estabilidad de los mercados y alientan ambiciones latentes de retornos no deseados.


Desde el 10 de diciembre algunos nombramientos y acciones están alimentando la presunción de que este sería un gobierno bicéfalo. El presidente, una persona inteligente, dialoguista y bien intencionada, y por el otro lado la vicepresidenta junto a La Cámpora –que no necesitan ser presentados–, cuyo desgobierno de ocho años nos llevó a los brazos de Macri, a quien se lo creía medianamente preparado, pero su incapacidad se pudo advertir a los pocos meses de gobierno.


Cristina Fernández, como hábil política que es, bien sabía que tenía mucha resistencia de gran parte del electorado y esto le impedía alcanzar los votos necesarios para ganar la elección. La solución fue poner al frente de la fórmula a Alberto Fernández y así alcanzo su objetivo: “Volver”.


Qué encontró el presidente Fernández: tierra arrasada por décadas de desgobiernos, un país dividido, endeudado, con una inflación galopante, con índices de pobreza inadmisibles, empresas quebradas o concursadas, con economías regionales agonizantes al igual que las pymes, con una corrupción endémica en todos los estamentos del poder y de la sociedad. En síntesis, un Estado que es una Torre de Babel.


Ante una situación tan grave, complicada y confusa, lo que se espera del presidente es serenidad, equilibrio, decisión, firmeza y, por sobre todas las cosas, sentido común y coherencia. Sí, si bien es lógico que los primeros pasos resulten vacilantes, necesariamente deben vislumbrar un rumbo para sumar adhesiones.


A modo de ejemplo tomemos nuestras relaciones exteriores, en particular con los EE. UU. que es nuestro principal acreedor y con el presidente Donald Trump que con solo bajarnos el pulgar nos coloca en una situación de gravedad extrema. Esto indubitablemente nos indica que debemos ser muy cautos y claros en nuestra política exterior, sin dejar dudas sobre nuestra posición.


Hoy la política mundial es complicada –como siempre lo fue– dado que responde a múltiples intereses. Tenemos las potencias políticas, económicas y militares hegemónicas concentradas en tres países, EE. UU., Rusia y China, a ellas debemos sumar la Unión Europea y diferentes asociaciones económicas.


La tercera posición que siempre fue bandera del peronismo y que hoy aparentemente el presidente estaría nuevamente tratando de levantar es una utopía, que nació en la primera presidencia de Perón, cuando pretendió ser árbitro y buscar un equilibrio equidistante entre URSS (Unión Soviética) junto a países de tercer mundo y el compacto grupo integrado por los EE. UU., la Comunidad Económica Europea y el mundo occidental. En su segundo mandato está pretensión se diluyó cuando Perón agotó las reservas de oro acumuladas por gobiernos de diferentes signos políticos y luego durante la Segunda Guerra Mundial.


En conclusión, luego de mal invertir y malgastar esas reservas debió mansa y sumisamente acudir a los EE. UU., y después de extensas conversaciones con el embajador Albert Nufer y otros funcionarios americanos recibe a Milton Eisenhower, hermano del presidente estadounidense y a su secretario de Estado para Asuntos Latinoamericanos Henry Holland, para entregarles en bandeja de plata un área de concesión petrolífera de 49.800 kilómetros cuadrados en Santa Cruz con derecho único y exclusivo para explorar, perforar y catear, tratar, extraer y explotar el petróleo por 40 años a la Compañía California Argentina de Petróleo SA, subsidiaria de la Standard Oil Company de California, acuerdo firmado y luego ratificado por el decreto 6688 del 6 de mayo de 1955 por Juan Perón, Juan Ignacio San Martín Asuntos Técnicos y Jerónimo Remorino Relaciones Exteriores y Culto.


Desde el 10 de diciembre algunos nombramientos y acciones están alimentando la presunción de que este sería un gobierno bicéfalo.



Esto nos indica que nuestra debilidad intrínseca limita nuestra autonomía, dificultando nuestra participación en la tan difícil disputa de poderes mundiales. Este equilibrio, si bien lo comprendieron Menem y Macri, por el contrario Cristina Fernández con su concepción autocrática nunca lo entendió ni entiende.


Es aquí y ahora donde el presidente debe definir su rol y fijar posiciones y límites. Y si me permiten, haciendo una analogía literaria, recordemos a Shakespeare cuando el príncipe Hamlet recita el famoso pasaje “Ser o no ser, esa es la cuestión”.
Hoy el presidente ante el dilema de gobernabilidad que enfrenta debe hacerse la misma pregunta y dar con la respuesta correcta porque en ella va su suerte y la de todos los argentinos.


*Presidente del Instituto Argentino para el Desarrollo de las Economías Regionales (Iader)


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