El juego de los tres Alberto




Ante las presiones contrapuestas, Alberto se ve frente a un dilema que procura resolver ayudando a tranquilizar los mercados un día y enloqueciéndolos el siguiente.


Alberto Fernández no necesitaba que el chavista venezolano Diosdado Cabello le recordara que el grueso de los más de once millones de votos que obtuvo el Frente de Todos en las PASO perteneció a Cristina Fernández de Kirchner, pero entiende que una tajada nada despreciable, la que le permitió acercarse al cincuenta por ciento del total, se debió a sus propios esfuerzos.

También sabe que, para impedir que la economía nacional salte por los aires antes de que se haya encargado del gobierno, convendría que el empresariado local y, desde luego, los financistas internacionales no lo tomaran por un títere obediente de la señora que lo eligió para ser el candidato presidencial del “espacio” que ella domina.

La diferenciación o, si se prefiere, la grieta así supuesta ya molesta mucho a los kirchneristas de paladar negro. No les gusta para nada la ambigüedad táctica recomendada por quienes les advierten que en tiempos preelectorales la franqueza excesiva sería contraproducente. Quieren que Alberto asuma plenamente su condición de vasallo de Cristina aun cuando hacerlo tuviera consecuencias económicas negativas.

Temen que, en cuanto le parezca oportuno, aproveche el poder de la presidencia para intentar independizarse de su patrocinadora. Alberto, pues, se ve frente a un dilema que procura resolver ayudando a tranquilizar los mercados un día y enloqueciéndolos el siguiente.

Mientras que los militantes K están preparándose para hacer lo necesario para asegurar que Alberto se mantenga fiel al relato protagonizado por Cristina, empresarios y otros miembros del “círculo rojo” nativo esperan que dé prioridad a la conservación del orden corporativista al cual están acostumbrados, de ahí el “panquequismo” de ciertos integrantes conspicuos de la fraternidad que antes de las PASO apoyaban a Mauricio Macri.

También hay otros que rezan para que Alberto resulte ser el político que, antes de reconciliarse con la señora, durante años la criticaba con virulencia llamativa y que, imaginan, sería capaz de emprender las tan demoradas reformas estructurales que en su opinión habría que llevar a cabo cuanto antes porque el modelo populista existente dista de ser viable.

Si el eventual presidente Alberto se asemeja más al hombre que, desde el llano criticó a CFK, no sorprendería que intentara poner en marcha un programa que hasta los macristas más gélidos considerarían demasiado duro.

Tales personas, que según parece incluyen a inversionistas que tienen su cuartel general en Nueva York y Londres, apuestan a que las circunstancias obliguen a Alberto a ser mucho más “neoliberal” que Macri. Creen que, a menos que se resigne a que su gestión sea un desastre de proporciones venezolanas, una posibilidad que le es preciso tomar en cuenta, no tendrá más alternativa que la de aplicar un ajuste salvaje, reduciendo drásticamente el gasto público y bajando los impuestos, porque al país no le queda dinero para otra cosa.

Hasta ahora, Alberto se ha concentrado en acusar a Macri de ser el gran responsable del estado lamentable de la economía. El discurso de campaña así supuesto le ha funcionado muy bien y, siempre y cuando gane en octubre o noviembre, lo ayudaría a gobernar un país en que escasearían los recursos financieros. Con todo, aunque da a entender que, una vez en la Casa Rosada, administrará la economía mucho mejor que su antecesor, ha preferido no entrar en detalles acerca de las medidas que es de suponer tiene en mente.

Sabemos lo que él y sus asesores piensan de la actualidad y del pasado reciente, pero han sido tan reacios a hablarnos del futuro que no hay forma de prever lo que estarían dispuestos a hacer para modificar las perspectivas frente al país.

La respuesta a los interrogantes así planteados dependerá de cuál de los Alberto Fernández que hemos visto últimamente resulte ser el auténtico. Si es el leal a Cristina que se comportará como quisieran los kirchneristas, al país le aguardaría una etapa convulsiva.

Si es el político relativamente moderado de algunas fases de la campaña proselitista, podría probar suerte con una versión acaso menos aburrida del “gradualismo” macrista, sin aventuras heterodoxas emocionantes, que dejaría a casi todos insatisfechos.

Pero si el eventual presidente Alberto se asemeja más al hombre que, desde el llano, había colmado a la entonces presidenta Cristina de reproches vehementes, diciendo, entre otras cosas, que “era dificilísimo encontrar algo virtuoso” en su segundo mandato y que “tiene una enorme distorsión sobre la realidad”; no sorprendería que intentara poner en marcha un programa que hasta los macristas más gélidos considerarían demasiado duro, lo que, huelga decirlo, enfurecería sobremanera a los fanáticos de La Cámpora y la intelectualidad K que sueñan con una gestión épica que les permitiera humillar a los que, como Macri, siempre los han tratado como delirantes irresponsables que no entienden nada.


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