El juego en los tiempos de Facebook
Un escrito puede ser una conjunción de símbolos deshilachados, un regimiento de hormigas petrificadas en una hoja o un sublime mensaje en donde las palabras juegan al amor provocando nuestros sentidos. La diferencia entre un bollo de papel y algo digno de ser leído dependerá del virtuosismo, el verbo, el mundo y el particular estilo de decir las cosas de quien lo escriba. Pero si hay un ADN que distingue entre plumas, ello es la creatividad. Tiendo a pensar que la creatividad de una persona es un cordón umbilical que la une indisolublemente a los juegos de su niñez. A aquellos que se jugaban por el placer de jugar. Los verbales –el Veo veo, el Enfermo, muerto, fantasma, El gran bonete, El busca perros–, los corporales –el “poliladron”, las manchas, la escondida, el elástico, la rayuela, el dígalo con mímica, la insobornable muñeca o pelota– o aquellos otros, “los de las grandes cajas” –el TEG, el Estanciero, el Ludo, el Juego de la Oca, los naipes, el Ta-te-ti o el Scrabel–. A través del juego podíamos observar lo que otros no veían, resucitar de la muerte, ser héroes o villanos, actores, estrellas, ricos o pobres, padres o hijos y hasta convertirnos en conquistadores de lejanas tierras como Kamchatka o Sumatra. Por ello cuando pocos días atrás el diario “La Nación” publicó una investigación sobre la niñez en riesgo en nuestro país llegando a la conclusión de que “los niños están dejando de jugar en todos los sectores sociales y económicos con consecuencias negativas en la construcción de su subjetividad como la violencia, el estrés, la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad u otras aún más severas”, rápidamente surgió la pregunta: ¿cómo serían sin el juego los hombres y mujeres del mañana? Según una estadística del Observatorio de la Deuda Social Argentina UCA, un 68% de los niños entre 6 a 12 años no realiza actividades deportivas extraescolares y un 83% no realiza actividades artísticas o culturales, que en esas edades tienen en el juego su principal aliado. En un modelo consumista que demoniza lo improductivo y privilegia la competencia, que endiosa la adquisición de conocimientos desde edades tempranas (idioma, computación, instrumentos) o margina a los más humildes, donde el niño por las ocupaciones de los padres pasa horas en solitario o al cuidado de terceros –muchas veces frente a un monitor de PC–, ¿qué espacio temporal conservamos para el juego, el aire libre y mucho más aún para una actividad lúdica familiar? En tiempos de Facebook, donde la comunicación es gutural y espasmódica, el mensaje de la tevé básico y premolido, donde todo es urgente y una tecla nos simplifica horas de búsqueda en libros y enciclopedias, ¿qué pista de despegue preparamos para que nuestros hijos vuelen el día de mañana? ¿Cómo hacer para que nuestros hijos sean más expresivos y menos express-ivos? Pues bien, una de las claves siempre estará en el juego, ese en que el adulto también se inmiscuya y participe. El juego es un ámbito donde el niño aplaca la violencia, comparte y desarrolla sus pensamientos, habilidades y emociones, y en el que aprende a elaborar ideas y estrategias. Es junto a la lectura una invitación a la fantasía, que lo acompañará en su vida por siempre. Es paradójicamente también un derecho contemplado en el artículo 31 de la Convención de los Derechos del Niño, donde se reconoce a éste el derecho al juego, al reposo, a la diversión y a dedicarse a las actividades que más le gusten. El juego está en terapia intensiva. No es grato para quien lo conoció tan vivaz, verlo yacer en una cama de hospital. Dan ganas de acercarse, acariciarlo y decirle cuán importante ha sido en nuestras vidas. A hurtadillas y eludiendo la marca a presión de esta vida moderna, poder susurrarle al oído: “Hey, juego… sí, vos. No sé si te acordás de mí, te presento a mi hijo. Vení… vení que te necesitamos. Nos hace falta uno”. (*) Abogado. Profesor nacional de Educación Física marceloangriman@ciudad.com.ar
MARCELO ANTONIO ANGRIMAN (*)
Un escrito puede ser una conjunción de símbolos deshilachados, un regimiento de hormigas petrificadas en una hoja o un sublime mensaje en donde las palabras juegan al amor provocando nuestros sentidos. La diferencia entre un bollo de papel y algo digno de ser leído dependerá del virtuosismo, el verbo, el mundo y el particular estilo de decir las cosas de quien lo escriba. Pero si hay un ADN que distingue entre plumas, ello es la creatividad. Tiendo a pensar que la creatividad de una persona es un cordón umbilical que la une indisolublemente a los juegos de su niñez. A aquellos que se jugaban por el placer de jugar. Los verbales –el Veo veo, el Enfermo, muerto, fantasma, El gran bonete, El busca perros–, los corporales –el “poliladron”, las manchas, la escondida, el elástico, la rayuela, el dígalo con mímica, la insobornable muñeca o pelota– o aquellos otros, “los de las grandes cajas” –el TEG, el Estanciero, el Ludo, el Juego de la Oca, los naipes, el Ta-te-ti o el Scrabel–. A través del juego podíamos observar lo que otros no veían, resucitar de la muerte, ser héroes o villanos, actores, estrellas, ricos o pobres, padres o hijos y hasta convertirnos en conquistadores de lejanas tierras como Kamchatka o Sumatra. Por ello cuando pocos días atrás el diario “La Nación” publicó una investigación sobre la niñez en riesgo en nuestro país llegando a la conclusión de que “los niños están dejando de jugar en todos los sectores sociales y económicos con consecuencias negativas en la construcción de su subjetividad como la violencia, el estrés, la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad u otras aún más severas”, rápidamente surgió la pregunta: ¿cómo serían sin el juego los hombres y mujeres del mañana? Según una estadística del Observatorio de la Deuda Social Argentina UCA, un 68% de los niños entre 6 a 12 años no realiza actividades deportivas extraescolares y un 83% no realiza actividades artísticas o culturales, que en esas edades tienen en el juego su principal aliado. En un modelo consumista que demoniza lo improductivo y privilegia la competencia, que endiosa la adquisición de conocimientos desde edades tempranas (idioma, computación, instrumentos) o margina a los más humildes, donde el niño por las ocupaciones de los padres pasa horas en solitario o al cuidado de terceros –muchas veces frente a un monitor de PC–, ¿qué espacio temporal conservamos para el juego, el aire libre y mucho más aún para una actividad lúdica familiar? En tiempos de Facebook, donde la comunicación es gutural y espasmódica, el mensaje de la tevé básico y premolido, donde todo es urgente y una tecla nos simplifica horas de búsqueda en libros y enciclopedias, ¿qué pista de despegue preparamos para que nuestros hijos vuelen el día de mañana? ¿Cómo hacer para que nuestros hijos sean más expresivos y menos express-ivos? Pues bien, una de las claves siempre estará en el juego, ese en que el adulto también se inmiscuya y participe. El juego es un ámbito donde el niño aplaca la violencia, comparte y desarrolla sus pensamientos, habilidades y emociones, y en el que aprende a elaborar ideas y estrategias. Es junto a la lectura una invitación a la fantasía, que lo acompañará en su vida por siempre. Es paradójicamente también un derecho contemplado en el artículo 31 de la Convención de los Derechos del Niño, donde se reconoce a éste el derecho al juego, al reposo, a la diversión y a dedicarse a las actividades que más le gusten. El juego está en terapia intensiva. No es grato para quien lo conoció tan vivaz, verlo yacer en una cama de hospital. Dan ganas de acercarse, acariciarlo y decirle cuán importante ha sido en nuestras vidas. A hurtadillas y eludiendo la marca a presión de esta vida moderna, poder susurrarle al oído: “Hey, juego… sí, vos. No sé si te acordás de mí, te presento a mi hijo. Vení… vení que te necesitamos. Nos hace falta uno”. (*) Abogado. Profesor nacional de Educación Física marceloangriman@ciudad.com.ar
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