El kirchnerismo bajo examen
A diferencia de otros gobiernos, el kirchnerista nunca se ha preocupado mucho por su propia imagen internacional, acaso por entender que, si bien el desdén que sienten sus integrantes por el orden imperante en el resto del mundo podría merecer la aprobación de algunos venezolanos y bolivianos, no les sería del todo fácil convencer a los norteamericanos, europeos y otros de las bondades del relato nacional y popular. Asimismo, para los kirchneristas, dar importancia a la relación con Estados Unidos y otros países gobernados por conspiradores reaccionarios equivaldría a atentar contra la soberanía nacional, de suerte que en su opinión sería mejor alejarse anímicamente de ellos como hizo del FMI, entregándole diez mil millones de dólares para que dejara de molestarlos. Desde el punto de vista de los oficialistas que suponen que sería inútil tratar de dialogar con los incapaces de entender la política argentina, pues, la estrategia comunicacional elegida por el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha resultado ser muy exitosa. Por lo menos ha servido para sembrar confusión. Según voceros oficiales como el incansable jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, los legisladores más influyentes de Estados Unidos no entienden nada; están tan despistados que creen que la Argentina es una democracia a medias, de conducta sumamente rara que, para más señas, pronto se precipitará en una crisis económica de proporciones. La semana pasada, tales juicios fueron formulados en el Congreso norteamericano no sólo por el senador republicano Marco Rubio, un conservador que en opinión de sus simpatizantes podría ser el primer presidente hispano de la superpotencia, sino también por progresistas como el demócrata Bob Menéndez. Para despacharse contra el gobierno kirchnerista, aprovechaban la oportunidad que les fue brindada por la audiencia celebrada por la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado para interrogar a Noah Mamet, el hombre nominado por el presidente Barack Obama para ser el próximo embajador norteamericano en nuestro país. El propósito original no era ensañarse con la Argentina como tal, sino señalar que en su opinión Mamet no estará en condiciones de defender los intereses norteamericanos en un país que suponen muy complicado. Así y todo, al coincidir Rubio, Menéndez y otros en que la Argentina no es un país aliado de Estados Unidos, que no paga sus deudas, no coopera militarmente y el gobierno no respeta la independencia judicial y la libertad de expresión, pareció que no era Mamet quien rendía examen ante la comisión senatorial sino Cristina. Antes de iniciar su gestión como presidenta, Cristina intentó congraciarse con Hillary Clinton y otros demócratas que, además de compartir la hostilidad que sentía hacia el presidente George W. Bush, un republicano, formaban parte de la gran familia progresista. No se le ocurría que los demócratas norteamericanos podrían ser tan nacionalistas como el que más y que, por mucho que les disgustara Bush, no estarían dispuestos a aplaudir a extranjeros que trataban de humillarlo. Por lo demás, con la excepción de una franja muy izquierdista, los progresistas estadounidenses entienden que todos deberían acatar las reglas vigentes en la llamada comunidad internacional. Por lo tanto, fue de prever que la relación del gobierno de Cristina con el de Obama sería peor aún que con la administración de Bush, mandatario que, en cierto momento, había manifestado su simpatía por la actitud de Néstor Kirchner frente a los bancos acreedores. En cuanto a Mamet, se trata de un presunto experto en finanzas que, como es habitual en Estados Unidos, cree haberse comprado el cargo de embajador ya que donó medio millón de dólares a la campaña electoral de Obama, el eventual triunfador. Es evidente que no se ha familiarizado con la realidad argentina y que con toda probabilidad se sentiría desbordado si el país experimentara otra de sus crisis periódicas. ¿Importaría en tal caso su falta de dotes diplomáticas y lingüísticas? Puede que no, que constituyera una ventaja si, consciente de sus propias deficiencias, se resistiera a la tentación de tratar de intervenir. Por lo demás, en una época de comunicaciones instantáneas como la actual, a menudo es mejor que los embajadores adopten un perfil muy bajo, limitando así el riesgo de que cometan errores que repercutirían de manera muy negativa en la relación bilateral.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 13 de febrero de 2014
A diferencia de otros gobiernos, el kirchnerista nunca se ha preocupado mucho por su propia imagen internacional, acaso por entender que, si bien el desdén que sienten sus integrantes por el orden imperante en el resto del mundo podría merecer la aprobación de algunos venezolanos y bolivianos, no les sería del todo fácil convencer a los norteamericanos, europeos y otros de las bondades del relato nacional y popular. Asimismo, para los kirchneristas, dar importancia a la relación con Estados Unidos y otros países gobernados por conspiradores reaccionarios equivaldría a atentar contra la soberanía nacional, de suerte que en su opinión sería mejor alejarse anímicamente de ellos como hizo del FMI, entregándole diez mil millones de dólares para que dejara de molestarlos. Desde el punto de vista de los oficialistas que suponen que sería inútil tratar de dialogar con los incapaces de entender la política argentina, pues, la estrategia comunicacional elegida por el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha resultado ser muy exitosa. Por lo menos ha servido para sembrar confusión. Según voceros oficiales como el incansable jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, los legisladores más influyentes de Estados Unidos no entienden nada; están tan despistados que creen que la Argentina es una democracia a medias, de conducta sumamente rara que, para más señas, pronto se precipitará en una crisis económica de proporciones. La semana pasada, tales juicios fueron formulados en el Congreso norteamericano no sólo por el senador republicano Marco Rubio, un conservador que en opinión de sus simpatizantes podría ser el primer presidente hispano de la superpotencia, sino también por progresistas como el demócrata Bob Menéndez. Para despacharse contra el gobierno kirchnerista, aprovechaban la oportunidad que les fue brindada por la audiencia celebrada por la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado para interrogar a Noah Mamet, el hombre nominado por el presidente Barack Obama para ser el próximo embajador norteamericano en nuestro país. El propósito original no era ensañarse con la Argentina como tal, sino señalar que en su opinión Mamet no estará en condiciones de defender los intereses norteamericanos en un país que suponen muy complicado. Así y todo, al coincidir Rubio, Menéndez y otros en que la Argentina no es un país aliado de Estados Unidos, que no paga sus deudas, no coopera militarmente y el gobierno no respeta la independencia judicial y la libertad de expresión, pareció que no era Mamet quien rendía examen ante la comisión senatorial sino Cristina. Antes de iniciar su gestión como presidenta, Cristina intentó congraciarse con Hillary Clinton y otros demócratas que, además de compartir la hostilidad que sentía hacia el presidente George W. Bush, un republicano, formaban parte de la gran familia progresista. No se le ocurría que los demócratas norteamericanos podrían ser tan nacionalistas como el que más y que, por mucho que les disgustara Bush, no estarían dispuestos a aplaudir a extranjeros que trataban de humillarlo. Por lo demás, con la excepción de una franja muy izquierdista, los progresistas estadounidenses entienden que todos deberían acatar las reglas vigentes en la llamada comunidad internacional. Por lo tanto, fue de prever que la relación del gobierno de Cristina con el de Obama sería peor aún que con la administración de Bush, mandatario que, en cierto momento, había manifestado su simpatía por la actitud de Néstor Kirchner frente a los bancos acreedores. En cuanto a Mamet, se trata de un presunto experto en finanzas que, como es habitual en Estados Unidos, cree haberse comprado el cargo de embajador ya que donó medio millón de dólares a la campaña electoral de Obama, el eventual triunfador. Es evidente que no se ha familiarizado con la realidad argentina y que con toda probabilidad se sentiría desbordado si el país experimentara otra de sus crisis periódicas. ¿Importaría en tal caso su falta de dotes diplomáticas y lingüísticas? Puede que no, que constituyera una ventaja si, consciente de sus propias deficiencias, se resistiera a la tentación de tratar de intervenir. Por lo demás, en una época de comunicaciones instantáneas como la actual, a menudo es mejor que los embajadores adopten un perfil muy bajo, limitando así el riesgo de que cometan errores que repercutirían de manera muy negativa en la relación bilateral.
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