El kirchnerismo contra la pared
El país está entrando en una fase muy peligrosa, una que no le será del todo fácil dejar atrás con las instituciones democráticas aún intactas. Por razones que son penosamente evidentes, el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner está perdiendo con rapidez no sólo el apoyo de los acostumbrados a votar siempre por la fracción peronista más poderosa de turno sino también el respeto de la gente, lo que es más grave aún. Ya no hay forma de que la presidenta y ciertos incondicionales, amigos personales del fallecido Néstor Kirchner, puedan desvincularse de las denuncias de corrupción sistemática, en escala apenas concebible, que se han formulado en las últimas semanas sin que los voceros gubernamentales hayan procurado desmentirlas. Tampoco parece estar el gobierno en condiciones de manejar con un mínimo de cordura una economía que se ha salido de madre; lejos de inspirar confianza, las apariciones públicas de los cinco o seis personajes heterogéneos a cargo de distintas áreas económicas sólo han servido para motivar más incertidumbre. Acaso la única carta de triunfo que conserva Cristina consiste en la voluntad casi universal de asegurar que termine de manera relativamente tranquila su gestión en diciembre del 2015, en cuanto tal hazaña resulte posible en medio de una crisis económica tan grave como la que se avecina, pero parecería que la presidenta no está dispuesta a aprovecharla. Antes bien, todo hace pensar que ha optado por intentar “radicalizar el modelo”, apostando a que el desconcierto que está provocando su gestión y la pusilanimidad de la oposición le permitan aferrarse al poder y, tal vez, les brinden a los candidatos que le son “leales” la posibilidad de hacer una buena elección en octubre. Según los presuntamente enterados de lo que está sucediendo en el reducido círculo áulico presidencial, Cristina está convencida de que virtualmente todos sus muchos problemas se deben a una gigantesca conspiración mediática, de suerte que para superarlos le sería suficiente amordazar a quienes se resisten a aplaudirla, y que por lo tanto ha ordenado a sus militantes redoblar la ofensiva contra el Grupo Clarín y otros medios independientes, apoderándose definitivamente de Papel Prensa y haciendo uso de ciertas facultades previstas por leyes que rigen el mercado de valores para en efecto intervenir la empresa, desplazando a los directivos actuales, como ya hicieron con el Indec. Se trataría de una repetición de lo hecho por los peronistas con “La Prensa” en 1951, lo que en cierto modo sería irónico porque fue en buena medida gracias a la expropiación del matutino que en aquel entonces figuraba entre los más prestigiosos del mundo que “Clarín” pudo prosperar. Otros precedentes, esta vez contemporáneos, han sido suministrados por el régimen chavista en Venezuela que, lo mismo que el kirchnerista, se las ha arreglado para que empresarios amigos se hayan adueñado de casi todos los medios antes independientes. Para despejar el camino hacia la toma de los medios no oficialistas más importantes se ha producido últimamente una serie de episodios intimidatorios: el cepo publicitario destinado a privar de ingresos a “Clarín” y otro matutino porteño, “La Nación”, y los integrantes del Grupo Perfil; la irrupción de Guillermo Moreno y Axel Kicillof en una asamblea de accionistas de “Clarín”, el allanamiento de las viviendas de dos periodistas del canal TN por bandas de efectivos de la AFIP que según el organismo buscaban “facturas apócrifas” y los atentados, hasta ahora menores, perpetrados con armas de fuego contra una sede de Cablevisión en Capital Federal. Si bien sería legítimo considerar el intento por parte de los oficialistas más agresivos de “matar al mensajero” o, por lo menos, silenciarlo, como síntoma de la desesperación que con toda seguridad sienten tantos miembros de un gobierno que sencillamente no sabe gobernar, sería difícil sobreestimar la gravedad del desafío que plantea a la convivencia democrática. Un gobierno que, a pesar de la caída vertiginosa de su índice de aprobación, sigue resuelto a “ir por todo”, ensañándose, para comenzar, con la prensa y la Justicia, podría causar muchos estragos al país a menos que la ciudadanía logre frenarlo a tiempo por medios exclusivamente constitucionales.