El largo adiós

Redacción

Por Redacción

En Alemania, la campaña electoral que concluyó hace poco con el triunfo del partido de la canciller Angela Merkel fue soporífera porque la mayoría se sentía conforme con el statu quo y quería prolongarlo. En nuestro país, a pesar de episodios truculentos como la emboscada violenta de la caravana proselitista de Sergio Massa en La Matanza por “militantes” oficialistas, la campaña de cara a las elecciones legislativas del 27 de este mes está resultando ser igualmente soporífera porque, si bien casi todos creen que estamos en vísperas de cambios muy importantes, los preocupados por lo que podría ocurrir en los próximos meses parecen mucho más interesados en la eventual reacción de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ante la derrota que prevén los encuestadores que en los proyectos de los demás integrantes de la clase política nacional. Aunque no cabe duda de que el poder de Cristina ha mermado mucho al darle la espalda aproximadamente la mitad de quienes la apoyaron en las elecciones presidenciales del 2011 y es sumamente improbable que logre recuperar lo perdido, la debilidad patente así supuesta no le ha impedido seguir dominando el escenario. Es como si el país estuviera tan acostumbrado a la “hegemonía” kirchnerista que le cuesta adaptarse a circunstancias distintas. Con todo, no se trata sólo de lo difícil que para muchos es reconocer que la Argentina ya ha entrado en una nueva etapa. También influye la resistencia de los dirigentes opositores que aspiran a suceder a Cristina a decirnos lo que harían con una “herencia” económica que amenaza con ser explosiva. Los presuntos presidenciables y sus seguidores no pueden sino entender que será necesario reducir cuanto antes el gasto público, frenar la caída de las reservas, combatir en serio la inflación, enfrentar una crisis energética gravísima, eliminar muchos subsidios, lo que significaría asestar un golpe feroz a los bolsillos de muchísimas familias y, con toda probabilidad, devaluar el maltrecho peso nacional, pero por motivos acaso comprensibles no quieren comprometerse con un ajuste que virtualmente todos sus rivales, además, claro está, de Cristina, denunciarían calificándolo de inhumano, cuando no de genocida. En buena lógica, casi todos los debates preelectorales deberían girar en torno a estos temas ingratos pero, aunque muchos candidatos aluden a ellos, lo hacen de tal manera que brindan la impresión de suponer que serían más que suficientes ciertos retoques menores que no perjudicarían a nadie salvo, tal vez, a algunos empresarios cortesanos estrechamente vinculados con el gobierno actual. La propensión a tomar la política por un drama protagonizado por una sola persona no se ve limitada a la Argentina, ya que incluso en Estados Unidos el presidente desempeña un papel que sería más apropiado para un monarca tradicional que para el líder de una democracia, pero es innegable que aquí la voluntad de simplificar todo colmando de poder al jefe de turno es aún más fuerte que en los países desarrollados. Aunque a veces la personalización malsana del poder político puede producir algunos beneficios anímicos al ayudar a difundir la impresión de que, por fin, el país está en buenas manos, las desventajas son tantas que, si no fuera por los riesgos que supondría cualquier intento de reformar la Constitución, sería claramente mejor que el sistema presidencialista se viera reemplazado por uno parlamentario que serviría para repartir el poder y, por lo tanto, el sentido de responsabilidad de los diversos miembros de la clase política. Sea como fuere, es de prever que, hasta nuevo aviso, el país quedará pendiente del drama personal de una presidenta de temperamento decididamente autoritario que, luego de disfrutar del respaldo de más de la mitad del electorado, se ha visto repudiada indirectamente por millones de votantes que apenas dos años antes la habían apoyado en las urnas. Abundarán los intentos por entender la evolución de su pensamiento y encontrar explicaciones psicológicas a las medidas que tome porque, como es notorio, el gobierno de Cristina es tan unipersonal que a los ministros y demás funcionarios no les queda otra alternativa que obedecer sin chistar hasta sus órdenes más caprichosas.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Lunes 7 de octubre de 2013


En Alemania, la campaña electoral que concluyó hace poco con el triunfo del partido de la canciller Angela Merkel fue soporífera porque la mayoría se sentía conforme con el statu quo y quería prolongarlo. En nuestro país, a pesar de episodios truculentos como la emboscada violenta de la caravana proselitista de Sergio Massa en La Matanza por “militantes” oficialistas, la campaña de cara a las elecciones legislativas del 27 de este mes está resultando ser igualmente soporífera porque, si bien casi todos creen que estamos en vísperas de cambios muy importantes, los preocupados por lo que podría ocurrir en los próximos meses parecen mucho más interesados en la eventual reacción de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ante la derrota que prevén los encuestadores que en los proyectos de los demás integrantes de la clase política nacional. Aunque no cabe duda de que el poder de Cristina ha mermado mucho al darle la espalda aproximadamente la mitad de quienes la apoyaron en las elecciones presidenciales del 2011 y es sumamente improbable que logre recuperar lo perdido, la debilidad patente así supuesta no le ha impedido seguir dominando el escenario. Es como si el país estuviera tan acostumbrado a la “hegemonía” kirchnerista que le cuesta adaptarse a circunstancias distintas. Con todo, no se trata sólo de lo difícil que para muchos es reconocer que la Argentina ya ha entrado en una nueva etapa. También influye la resistencia de los dirigentes opositores que aspiran a suceder a Cristina a decirnos lo que harían con una “herencia” económica que amenaza con ser explosiva. Los presuntos presidenciables y sus seguidores no pueden sino entender que será necesario reducir cuanto antes el gasto público, frenar la caída de las reservas, combatir en serio la inflación, enfrentar una crisis energética gravísima, eliminar muchos subsidios, lo que significaría asestar un golpe feroz a los bolsillos de muchísimas familias y, con toda probabilidad, devaluar el maltrecho peso nacional, pero por motivos acaso comprensibles no quieren comprometerse con un ajuste que virtualmente todos sus rivales, además, claro está, de Cristina, denunciarían calificándolo de inhumano, cuando no de genocida. En buena lógica, casi todos los debates preelectorales deberían girar en torno a estos temas ingratos pero, aunque muchos candidatos aluden a ellos, lo hacen de tal manera que brindan la impresión de suponer que serían más que suficientes ciertos retoques menores que no perjudicarían a nadie salvo, tal vez, a algunos empresarios cortesanos estrechamente vinculados con el gobierno actual. La propensión a tomar la política por un drama protagonizado por una sola persona no se ve limitada a la Argentina, ya que incluso en Estados Unidos el presidente desempeña un papel que sería más apropiado para un monarca tradicional que para el líder de una democracia, pero es innegable que aquí la voluntad de simplificar todo colmando de poder al jefe de turno es aún más fuerte que en los países desarrollados. Aunque a veces la personalización malsana del poder político puede producir algunos beneficios anímicos al ayudar a difundir la impresión de que, por fin, el país está en buenas manos, las desventajas son tantas que, si no fuera por los riesgos que supondría cualquier intento de reformar la Constitución, sería claramente mejor que el sistema presidencialista se viera reemplazado por uno parlamentario que serviría para repartir el poder y, por lo tanto, el sentido de responsabilidad de los diversos miembros de la clase política. Sea como fuere, es de prever que, hasta nuevo aviso, el país quedará pendiente del drama personal de una presidenta de temperamento decididamente autoritario que, luego de disfrutar del respaldo de más de la mitad del electorado, se ha visto repudiada indirectamente por millones de votantes que apenas dos años antes la habían apoyado en las urnas. Abundarán los intentos por entender la evolución de su pensamiento y encontrar explicaciones psicológicas a las medidas que tome porque, como es notorio, el gobierno de Cristina es tan unipersonal que a los ministros y demás funcionarios no les queda otra alternativa que obedecer sin chistar hasta sus órdenes más caprichosas.

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