El legado de la Dama de Hierro

Redacción

Por Redacción

Por lo común, las polémicas que siguen a la muerte de una figura política que había abandonado el poder hacía muchos años sólo interesarán a sus propios compatriotas, pero las motivadas por la trayectoria de la ex primera ministra británica Margaret Thatcher no serán olvidadas tan fácilmente. Bien que mal, los problemas que enfrentaba en el transcurso de su carrera la hija de un almacenero que se erigiría en una de las personalidades que marcan una época, distan de haberse superado, ya que tienen que ver con lo que los dirigentes políticos pueden hacer, si tienen la voluntad y la habilidad necesarias para frenar y, si es posible, revertir la decadencia de una sociedad que antes era dinámica pero que, por una multitud de razones, pareció haberse resignado a la declinación permanente. Cuando Thatcher se convirtió en la primera mujer a encabezar un gobierno británico desde los días lejanos de la reina Isabel I, virtualmente todos los integrantes de la clase política de su país coincidían en que a lo sumo les correspondía manejar con cierta elegancia la decadencia que supuestamente era inexorable, aceptar que por motivos demográficos y culturales su país no podría competir económicamente con Alemania, Francia, el Japón o, desde luego Estados Unidos, que sería vano procurar oponerse a la versión local de la “patria sindical” o intentar defender los intereses de los habitantes de aquellas posesiones que aún quedaban del imperio que, para frustración de los diplomáticos de Londres, insistían en querer continuar siendo británicos. Si bien Thatcher no pudo hacer nada para que su país recuperara el poder irremediablemente perdido que había disfrutado en otros tiempos, sí logró darle a la economía británica un impulso lo bastante fuerte como para asegurar que, en términos de poder adquisitivo per cápita, siguiera siendo una de las más ricas del mundo, aventajando en este rubro a Francia y el Japón. Con todo, la gran crisis financiera que estalló hace un lustro ha puesto en duda la sostenibilidad del “modelo” mixto thatcherista que fue adoptado por sus sucesores, entre ellos el laborista Tony Blair: para seguir funcionando, necesitará una nueva ronda de reformas drásticas destinadas a reducir el peso del Estado benefactor. Es que, a pesar de las acusaciones en su contra, Thatcher quiso pero no pudo hacer más productiva la parte dependiente de la población que, lo mismo que en el resto de Europa, Estados Unidos y el Japón, ha crecido mucho en las décadas últimas. Protestar contra los intentos ensayados por Thatcher de reducir las dimensiones del costosísimo sistema asistencial que se construyó después de la Segunda Guerra Mundial es muy tentador, y en Gran Bretaña muchos han aprovechado la oportunidad brindada por su muerte para denunciar las consecuencias sociales de su gestión, pero, como tantos gobiernos presuntamente progresistas acaban de descubrir, en la actualidad no es viable el orden que acaso fue apropiado para las condiciones de medio siglo atrás. Aunque en la Argentina la mayoría recuerda, con hostilidad, a “la Thatcher” sólo por su papel clave en la breve guerra de las Malvinas, en el resto del mundo su prestigio notable se debió a su aporte valioso a la implosión que puso fin a la Unión Soviética e hirió de muerte al comunismo totalitario europeo y a sus esfuerzos vigorosos por reavivar la economía alicaída del Reino Unido mediante un programa de privatizaciones que haría escuela. En Europa central por lo menos, Thatcher es considerada una libertadora. Para el ex presidente polaco Lech Walesa, y para muchos otros, incluyendo al último líder soviético, Mijail Gorbachov, la “Dama de Hierro”, junto con el entonces presidente norteamericano Ronald Reagan y el papa Karol Wojtyla, contribuyó mucho a impulsar el giro sorprendente que tomó la historia a fines de los años ochenta del siglo pasado: lo hizo a base de lo que hoy en día sería calificado de su “relato”, uno nada derrotista que incidiría en la actitud asumida por los disidentes del mundo comunista y el mandatario estadounidense Reagan. Su influencia se hizo sentir hasta en China, donde Deng Xiaoping puso en marcha un programa de reformas económicas muy parecidas a las emprendidas por la anticomunista acérrima británica que, hasta ahora por lo menos, han resultado ser extraordinariamente exitosas.


Por lo común, las polémicas que siguen a la muerte de una figura política que había abandonado el poder hacía muchos años sólo interesarán a sus propios compatriotas, pero las motivadas por la trayectoria de la ex primera ministra británica Margaret Thatcher no serán olvidadas tan fácilmente. Bien que mal, los problemas que enfrentaba en el transcurso de su carrera la hija de un almacenero que se erigiría en una de las personalidades que marcan una época, distan de haberse superado, ya que tienen que ver con lo que los dirigentes políticos pueden hacer, si tienen la voluntad y la habilidad necesarias para frenar y, si es posible, revertir la decadencia de una sociedad que antes era dinámica pero que, por una multitud de razones, pareció haberse resignado a la declinación permanente. Cuando Thatcher se convirtió en la primera mujer a encabezar un gobierno británico desde los días lejanos de la reina Isabel I, virtualmente todos los integrantes de la clase política de su país coincidían en que a lo sumo les correspondía manejar con cierta elegancia la decadencia que supuestamente era inexorable, aceptar que por motivos demográficos y culturales su país no podría competir económicamente con Alemania, Francia, el Japón o, desde luego Estados Unidos, que sería vano procurar oponerse a la versión local de la “patria sindical” o intentar defender los intereses de los habitantes de aquellas posesiones que aún quedaban del imperio que, para frustración de los diplomáticos de Londres, insistían en querer continuar siendo británicos. Si bien Thatcher no pudo hacer nada para que su país recuperara el poder irremediablemente perdido que había disfrutado en otros tiempos, sí logró darle a la economía británica un impulso lo bastante fuerte como para asegurar que, en términos de poder adquisitivo per cápita, siguiera siendo una de las más ricas del mundo, aventajando en este rubro a Francia y el Japón. Con todo, la gran crisis financiera que estalló hace un lustro ha puesto en duda la sostenibilidad del “modelo” mixto thatcherista que fue adoptado por sus sucesores, entre ellos el laborista Tony Blair: para seguir funcionando, necesitará una nueva ronda de reformas drásticas destinadas a reducir el peso del Estado benefactor. Es que, a pesar de las acusaciones en su contra, Thatcher quiso pero no pudo hacer más productiva la parte dependiente de la población que, lo mismo que en el resto de Europa, Estados Unidos y el Japón, ha crecido mucho en las décadas últimas. Protestar contra los intentos ensayados por Thatcher de reducir las dimensiones del costosísimo sistema asistencial que se construyó después de la Segunda Guerra Mundial es muy tentador, y en Gran Bretaña muchos han aprovechado la oportunidad brindada por su muerte para denunciar las consecuencias sociales de su gestión, pero, como tantos gobiernos presuntamente progresistas acaban de descubrir, en la actualidad no es viable el orden que acaso fue apropiado para las condiciones de medio siglo atrás. Aunque en la Argentina la mayoría recuerda, con hostilidad, a “la Thatcher” sólo por su papel clave en la breve guerra de las Malvinas, en el resto del mundo su prestigio notable se debió a su aporte valioso a la implosión que puso fin a la Unión Soviética e hirió de muerte al comunismo totalitario europeo y a sus esfuerzos vigorosos por reavivar la economía alicaída del Reino Unido mediante un programa de privatizaciones que haría escuela. En Europa central por lo menos, Thatcher es considerada una libertadora. Para el ex presidente polaco Lech Walesa, y para muchos otros, incluyendo al último líder soviético, Mijail Gorbachov, la “Dama de Hierro”, junto con el entonces presidente norteamericano Ronald Reagan y el papa Karol Wojtyla, contribuyó mucho a impulsar el giro sorprendente que tomó la historia a fines de los años ochenta del siglo pasado: lo hizo a base de lo que hoy en día sería calificado de su “relato”, uno nada derrotista que incidiría en la actitud asumida por los disidentes del mundo comunista y el mandatario estadounidense Reagan. Su influencia se hizo sentir hasta en China, donde Deng Xiaoping puso en marcha un programa de reformas económicas muy parecidas a las emprendidas por la anticomunista acérrima británica que, hasta ahora por lo menos, han resultado ser extraordinariamente exitosas.

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