El modelo Boudou
Si una vez la presidenta Cristina Fernández de Kirchner creyó que la ciudadanía pronto perdería interés en la trayectoria de Amado Boudou antes de que, para extrañeza de muchos y envidia de algunos, lo eligiera como compañero de fórmula para las elecciones del año pasado, a esta altura se habrá dado cuenta de que cometió un error estratégico muy grave. Además de los disgustos que Boudou ya le ha reportado, su presencia a su lado seguirá ocasionándole dificultades engorrosas, mientras que los intentos de la presidenta por minimizar el impacto de los escándalos que lo involucran sólo servirán para desprestigiarla. Aunque Boudou no ha sido directamente responsable de los problemas más serios que enfrenta el gobierno de Cristina, quienes participan de los cacerolazos y otras protestas callejeras que están celebrándose con frecuencia creciente lo toman por el representante más emblemático de la corrupción y de la cultura amiguista que, a su juicio, está en la raíz de la crisis política y económica que está adquiriendo dimensiones alarmantes. Para proteger a Boudou, Cristina aprobó la renuncia de Esteban Righi a la Procuración General de la Nación e impulsó, con su vehemencia habitual, la candidatura para reemplazarlo de Daniel Reposo, sin preocuparse en absoluto por su falta evidente de idoneidad para un cargo tan significante. Además de asegurarle a la presidenta una derrota penosa, el episodio lamentable protagonizado por Reposo llamó la atención a la proliferación en el elenco gobernante de individuos que desempeñan funciones clave en base a nada más que su presunta lealtad hacia su persona, tema éste que no podrá sino cobrar importancia en una etapa de dificultades crecientes en que el malhumor social está intensificándose por momentos. Si algo caracteriza a los miembros más notorios del gobierno actual, esto es la ineptitud; el que con miras a tranquilizar a la gente Cristina se haya sentido constreñida a asegurarnos que ella misma, no el secretario de Comercio Guillermo Moreno o el viceministro Axel Kicillof, toma todas las decisiones económicas nos dice todo cuanto es necesario saber sobre las deficiencias del gobierno. Desgraciadamente para la presidenta, el “caso Ciccone” sigue dando que hablar al encontrarse más evidencia de que fue merced a los vínculos de los directivos de la empresa con Boudou que logró salvarse de la bancarrota para entonces estar en condiciones de conseguir contratos lucrativos con el Estado nacional. Tales datos, y las sospechas lógicas derivadas de ellos, han echado más luz sobre la forma de operar del “modelo” kirchnerista que, no obstante sus pretensiones populares, es sólo una versión del “capitalismo de los amigos” corporativo que es tradicional tanto aquí como en otras partes de América Latina, en que los dueños del poder político intercambian favores con empresarios cortesanos. De no haber sido por la cantidad enorme de dinero aportado por la soja, dicho “modelo” se hubiera hundido hace tiempo, pero ni siquiera los aumentos recientes del precio del “yuyito” resultarán suficientes como para permitirle mantenerse a flote por mucho tiempo más. Quienes atribuyen los problemas económicos a la corrupción no se equivocan. No es cuestión tanto de los recursos apropiados por sujetos inescrupulosos cuanto de la precariedad propia de un sistema en que todo se subordina a las relaciones personales. En un gobierno como el encabezado por Cristina que se ve aglutinado sólo por la lealtad, genuina o no, hacia la jefa, es sin duda natural que lleven la voz cantante individuos cuyos talentos tienen más que ver con su capacidad para congraciarse con ella que con sus eventuales dotes administrativas. Felizmente para los kirchneristas, el país está tan acostumbrado a ser gobernado por improvisados que hasta hace poco la mayoría parecía dispuesta a tolerar sus dislates porque, al fin y al cabo, el producto bruto crecía a un buen ritmo y el consumo aumentaba, pero al difundirse la sensación de estar entrando en una fase sumamente problemática, está perdiendo paciencia. A menos que pronto ocurra un milagro, la torpeza a menudo extraordinaria de quienes están procurando manejar la economía continuará provocando protestas que, a su vez, motivarán reacciones que sólo sirvan para agravar todavía más una situación que ya es muy pero muy preocupante.