El mundo frente al terror

Por Redacción

SEGÚN LO VEO

No sólo los occidentales sino también los musulmanes presuntamente moderados que preferirían vivir en sociedades menos crueles y oscurantistas que las propuestas por quienes quieren regresar al siglo VII han sido reacios a tomar en serio el desafío planteado por grupos como Al Qaeda, ISIS y Boko Haram. Mientras que en Europa y América del Norte los progresistas que dominan el discurso público suelen atribuir todo cuanto motiva horror a la maldad de los dirigentes de sus propios países, muchos musulmanes simpatizan con los yihadistas aun cuando desaprueben su forma despiadada de luchar. A su modo, se asemejan a decenas de millones de alemanes que, sin ser nazis, sentían orgullo por las hazañas bélicas de su país hasta que una derrota catastrófica los convenciera de que nunca les sería dado conquistar el mundo.

Puede que para eliminar la amenaza planteada por islamistas que todos los días matan a centenares que en su opinión no merecen vivir sea necesaria una reacción como la que puso fin al nazismo. La esperanza de que el islamismo se desinfle pacíficamente, como sucedió con el comunismo, ya parece muy poco realista. Aunque desde el punto de vista de los estrategas de Washington, Londres y París, sea mejor tratar el fenómeno como algo pasajero, tal actitud sólo ha servido para que asumiera proporciones monstruosas en el “gran Oriente Medio” que ya incluye enclaves en Europa.

El nazismo y sus variantes dejaron de amenazar a los demás en 1945, cuando los alemanes finalmente entendieron que los costos de persistir serían incomparablemente mayores que cualquier beneficio concebible. El islamismo morirá cuando llegue a la misma conclusión la mayoría abrumadora de los musulmanes. Algunos confían en que, asqueada por lo que están haciendo los guerreros santos del Estado Islámico, Boko Haram y los talibanes, pronto lo haga. Tal vez pequen de optimismo. Los alemanes no se rindieron anímicamente por enterarse del Holocausto, o los japoneses porque repudiaran las atrocidades perpetradas en la matanza de Nanking en que murieron más de cien mil chinos, sino porque sus países fueron reducidos a escombros por las bombas de los aliados.

A menos que las comunidades musulmanas tengan motivos para comprender que las perjudica lo que algunos están haciendo en su nombre, seguirán colaborando, aunque sólo sea de manera pasiva, con los yihadistas. Por supuesto que sería injusto que inocentes pagaran por el salvajismo de una minoría pero, por razones prácticas, a veces no hay otra alternativa: al ordenar sanciones económicas para castigar al presidente ruso Vladimir Putin por intentar despedazar Ucrania, Estados Unidos y la Unión Europea no se dejaron conmover por las penurias que sufriría el pueblo ruso.

¿Están por movilizarse los musulmanes de a pie en contra de los yihadistas? Hay señales de que algunos se han dado cuenta de que los occidentales están menos dispuestos que antes a discriminar entre quienes se esfuerzan por adaptarse a las normas de su nuevo país de residencia y los resueltos a hacer de él un simulacro de su propio lugar de origen. Asimismo, en países casi exclusivamente islámicos, como Paquistán, el terror yihadista ya no es considerado fruto de nada más que la prepotencia de Estados Unidos.

El lunes pasado le tocó a Australia ser escenario de un ataque islamista pero, si bien el episodio protagonizado por un clérigo iraní terminó mal, aquel drama no pudo compararse con lo que sucedería el día siguiente en la ciudad paquistaní de Peshawar, donde terroristas asesinaron a casi 150 personas, la mayoría alumnos de un colegio secundario. Lo mismo que sus correligionarios que, hace diez años, en Beslan, una localidad del sur de Rusia, mataron a 171 niños, los talibanes responsables de la carnicería obraron con extrema crueldad, quemando vivo a una profesor frente a los alumnos antes de decapitar a algunos y fusilar a otros. El mismo día, en Yemen los islamistas asesinaron a 15 niñas y el siguiente, en Nigeria, sus correligionarios secuestraron a más de cien mujeres.

Tanto salvajismo ya no motiva sorpresa, sólo horror. A veces parecería que el mundo está acostumbrándose con rapidez a la brutalidad indecible de los fanáticos sanguinarios que todos los días degüellan, crucifican o fusilan a quienes caen en sus manos, pero en Europa ya ha comenzado a hacerse sentir la reacción de quienes han llegado a la conclusión de que es peor que inútil tratar de convivir amistosamente con el islam. Para impedir que estalle una nueva guerra religiosa -según el papa Francisco, nada menos, ya se habrá iniciado “la tercera guerra mundial”- sería necesario que los musulmanes pacíficos que viven en Europa se movilizaran en contra de los extremistas, colaborando activamente con las autoridades y obligándolas a cerrar las mezquitas usadas por los predicadores de odio, pero siguen resistiéndose a hacerlo.

Una consecuencia previsible de la ofensiva islamista ha sido el surgimiento en Europa de movimientos habitualmente calificados de “ultraderechistas”, cuando no de “neonazis”, que protestan contra la presencia en su país de comunidades musulmanas cuyos presuntos líderes no vacilan en expresar su desprecio por las costumbres y creencias locales. En Dresde todas las semanas se celebran marchas multitudinarias contra “la islamización” de Alemania. No extrañaría en absoluto que pronto se organizaran otras similares en Francia, Holanda, Bélgica, Suecia y el Reino Unido. Tildar de “ultraderechistas” o “xenófobas” tales manifestaciones contribuye a ampliar la brecha que separa la clase política europea de una proporción creciente del resto de la población, de ahí la proliferación de partidos nuevos y el fortalecimiento de otros antes marginales como el Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia.

Todos los mandatarios europeos han procurado convencerse de que los extremistas no son musulmanes genuinos, sino delincuentes que han “secuestrado” una religión esencialmente pacífica. Lo último que quieren es que se produzcan conflictos sectarios, pero puede que sólo hayan logrado demorarlos. La integración plena de las grandes comunidades musulmanas que se han formado en Europa requeriría un esfuerzo conjunto. Con razón o sin ella, los comprometidos con las tradiciones europeas creen que ya han concedido lo suficiente y que les corresponde a los musulmanes adaptarse. Habrá muchos que, conscientes de los problemas que está sufriendo el mundo islámico, están dispuestos a hacerlo, pero aún hay demasiados que no intentan ocultar la simpatía, y hasta el entusiasmo, que les motiva la barbarie de los talibanes, los combatientes del Estado Islámico y otros de mentalidad parecida que siguen cometiendo crímenes de lesa humanidad. Es, por lo tanto, legítimo sentir temor por el futuro inmediato de todos los países del Viejo Continente.

JAMES NEILSON

JAMES NEILSON