El ocaso de Berlusconi
Tanto en Italia como en el resto de Europa, muchos han festejado los reveses sufridos últimamente por el ex primer ministro Silvio Berlusconi que, abandonado por los miembros principales de su propia agrupación política, parece haber entrado en la etapa final de su larga, accidentada y sumamente polémica carrera. Prevén que, marginado el personaje pintoresco que durante tantos años ha dominado el escenario político, el gobierno encabezado por el centroizquierdista Enrico Letta estará en condiciones de llevar a cabo las reformas estructurales que se consideran necesarias para que, por fin, Italia salga de la crisis profunda en que se debate desde hace un par de décadas. El optimismo que sienten se justificaría si existieran motivos para atribuir casi todos los problemas de Italia a la influencia de Berlusconi, un populista que, merced a su éxito como empresario, logró convencer a sus compatriotas de que era el hombre indicado para revigorizar una economía alicaída, pero sería poco razonable suponer que la ya crónica crisis italiana se haya debido a los errores cometidos por una sola persona. Antes bien, el que a partir de mediados de la década de los noventa del siglo pasado un político como Berlusconi haya podido desempeñar un papel tan protagónico en la vida de su país es de por sí un síntoma de decadencia. Después de todo, de no haber sido por el apoyo entusiasta de sectores muy amplios “il Cavaliere” nunca hubiera podido apropiarse del rol de gran salvador de Italia. Mal que les pese a muchos, en las democracias, por lo menos, los pueblos suelen tener los gobiernos que se merecen. No fue una casualidad que en nuestro país la variante más notoria del populismo, la peronista, se inspirara en el fascismo de Benito Mussolini, que impresionó tanto a Juan Domingo Perón que no vaciló en copiar la legislación laboral, ya que la cultura política italiana se asemeja mucho a la argentina. Es intrínsecamente populista, corporativa y clientelista, lo que a la larga ha llevado a una proliferación de intereses creados muy fuertes que obstaculizan el desarrollo. En ambos países, los beneficiados por el statu quo se han acostumbrado a defender sus privilegios con argumentos progresistas. Dicen que perjudicarían a los más vulnerables las reformas propuestas por quienes advierten que, sin cambios importantes, su país continuará perdiendo terreno en comparación con otros, y que por lo tanto hay que oponérseles. Los argumentos en tal sentido parecen realistas. Puesto que se cuentan por millones los que creen que, para ellos, cualquier cambio estructural tendría un impacto muy negativo, los esfuerzos esporádicos por instrumentar reformas raramente brindan los resultados previstos. Así y todo, si bien en Italia el ingreso per cápita sigue siendo muy superior al nuestro, a esta altura los problemas que tendría que solucionar para que la diferencia no se achique, aun cuando la Argentina no crezca mucho en las décadas venideras, parecen insuperables. La retórica progresista aparte, el populismo es esencialmente conservador. Con el pretexto de reivindicar “lo nuestro” –es decir el statu quo– se resiste a adaptarse a circunstancias nuevas. Aunque es evidente que la economía italiana, que este año verá caer el 1,8% el producto bruto pero, si tiene suerte, podría crecer el 0,2% en el 2014, continuará en coma a menos que el gobierno de Letta consiga llevar a cabo algunas reformas drásticas, no podrá hacerlo sin el apoyo de una proporción sustancial de una clase política tan desprestigiada que en las elecciones legislativas del año pasado la lista encabezada por un bufón profesional, Beppo Grillo, obtuvo más votos que cualquier otra. Mientras tanto, las deudas siguen amontonándose, el desempleo juvenil se acerca al 40% y los más ambiciosos emigran en busca de las oportunidades que su propio país les niega. Por lo demás Italia, lo mismo que muchos otros países europeos, se enfrenta a una gravísima crisis demográfica; al subir año tras año la edad promedio de la población, le está resultando cada vez más difícil mantener el sistema jubilatorio generoso que se armó cuando a nadie se le ocurría que, dentro de muy poco, podría desplomarse la tasa de natalidad para que, como ya es el caso, Italia tuviera más jubilados que trabajadores en actividad.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Lunes 14 de octubre de 2013
Tanto en Italia como en el resto de Europa, muchos han festejado los reveses sufridos últimamente por el ex primer ministro Silvio Berlusconi que, abandonado por los miembros principales de su propia agrupación política, parece haber entrado en la etapa final de su larga, accidentada y sumamente polémica carrera. Prevén que, marginado el personaje pintoresco que durante tantos años ha dominado el escenario político, el gobierno encabezado por el centroizquierdista Enrico Letta estará en condiciones de llevar a cabo las reformas estructurales que se consideran necesarias para que, por fin, Italia salga de la crisis profunda en que se debate desde hace un par de décadas. El optimismo que sienten se justificaría si existieran motivos para atribuir casi todos los problemas de Italia a la influencia de Berlusconi, un populista que, merced a su éxito como empresario, logró convencer a sus compatriotas de que era el hombre indicado para revigorizar una economía alicaída, pero sería poco razonable suponer que la ya crónica crisis italiana se haya debido a los errores cometidos por una sola persona. Antes bien, el que a partir de mediados de la década de los noventa del siglo pasado un político como Berlusconi haya podido desempeñar un papel tan protagónico en la vida de su país es de por sí un síntoma de decadencia. Después de todo, de no haber sido por el apoyo entusiasta de sectores muy amplios “il Cavaliere” nunca hubiera podido apropiarse del rol de gran salvador de Italia. Mal que les pese a muchos, en las democracias, por lo menos, los pueblos suelen tener los gobiernos que se merecen. No fue una casualidad que en nuestro país la variante más notoria del populismo, la peronista, se inspirara en el fascismo de Benito Mussolini, que impresionó tanto a Juan Domingo Perón que no vaciló en copiar la legislación laboral, ya que la cultura política italiana se asemeja mucho a la argentina. Es intrínsecamente populista, corporativa y clientelista, lo que a la larga ha llevado a una proliferación de intereses creados muy fuertes que obstaculizan el desarrollo. En ambos países, los beneficiados por el statu quo se han acostumbrado a defender sus privilegios con argumentos progresistas. Dicen que perjudicarían a los más vulnerables las reformas propuestas por quienes advierten que, sin cambios importantes, su país continuará perdiendo terreno en comparación con otros, y que por lo tanto hay que oponérseles. Los argumentos en tal sentido parecen realistas. Puesto que se cuentan por millones los que creen que, para ellos, cualquier cambio estructural tendría un impacto muy negativo, los esfuerzos esporádicos por instrumentar reformas raramente brindan los resultados previstos. Así y todo, si bien en Italia el ingreso per cápita sigue siendo muy superior al nuestro, a esta altura los problemas que tendría que solucionar para que la diferencia no se achique, aun cuando la Argentina no crezca mucho en las décadas venideras, parecen insuperables. La retórica progresista aparte, el populismo es esencialmente conservador. Con el pretexto de reivindicar “lo nuestro” –es decir el statu quo– se resiste a adaptarse a circunstancias nuevas. Aunque es evidente que la economía italiana, que este año verá caer el 1,8% el producto bruto pero, si tiene suerte, podría crecer el 0,2% en el 2014, continuará en coma a menos que el gobierno de Letta consiga llevar a cabo algunas reformas drásticas, no podrá hacerlo sin el apoyo de una proporción sustancial de una clase política tan desprestigiada que en las elecciones legislativas del año pasado la lista encabezada por un bufón profesional, Beppo Grillo, obtuvo más votos que cualquier otra. Mientras tanto, las deudas siguen amontonándose, el desempleo juvenil se acerca al 40% y los más ambiciosos emigran en busca de las oportunidades que su propio país les niega. Por lo demás Italia, lo mismo que muchos otros países europeos, se enfrenta a una gravísima crisis demográfica; al subir año tras año la edad promedio de la población, le está resultando cada vez más difícil mantener el sistema jubilatorio generoso que se armó cuando a nadie se le ocurría que, dentro de muy poco, podría desplomarse la tasa de natalidad para que, como ya es el caso, Italia tuviera más jubilados que trabajadores en actividad.
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