El oscuro final de Jorge Luis Borges

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Redacción

Por Redacción

Juan Gasparini arrastra una experiencia brutal. Un día del ’76 fue detenido por un Grupo de Tareas de la ESMA. Sometido inmediatamente a la tortura, al atardecer los asesinos lo condujeron hasta una calle en pleno centro de Buenos Aires. Lo dejaron en un auto, mientras se dirigían al departamento donde estaban la esposa de Gasparini, sus dos hijos y una amiga. Ante lo inevitable de la muerte, las mujeres escondieron a los chicos debajo de una cama. Las ráfagas sonaron secas. Murieron las dos mujeres. Con los años Gasparini salió en libertad y con sus pibes se fue a vivir a Suiza. Ahí ejerció el periodismo. A lo largo de la transición, ha escrito libros de significación para explorar la historia más inmediata de los argentinos. Uno de ellos -“Montoneros, punto final”- es quizá uno de los trabajos más minuciosos sobre la tragedia en la que se sumió esa guerrilla.

De pluma polémica y marcando una divisoria de aguas entre sus ex compañeros de militancia en Montoneros, Gasparini libera permanentemente su inquieto espíritu intelectual. Ahora, acaba de publicar “Borges, la posesión póstuma”, libro en el que explora todo el mundo de contradicciones y claroscuros que rodearon al escritor en sus últimos meses de vida, en Ginebra. Días atrás, Gasparini habló con “Río Negro”.

El ocaso de Borges, la historia jamás contada

-¿Qué busca con su libro sobre Borges en una época en la que parece que de Borges se ha dicho casi todo?

-Mi libro no es una biografía. Tampoco es un ensayo sobre la literatura de Borges. Es un libro sobre los meses finales de Borges, un tema que en las biografías que se han hecho sobre él, con la sola excepción de la escrita por María Esther Vázquez, virtualmente nadie toca.

-¿Por qué los meses finales tienen interés?

-Porque entre el momento en que Borges se va de la Argentina para no regresar -noviembre del ’85- y el día en que muere -el 14 de junio del ’86-, pasan cosas muy importantes en la vida de este señor. Yo había seguido la muerte de Borges en el ’86 como periodista. Conocía alguna de esas cosas raras que pasaron, como el entierro, la ceremonia concelebrada… Pero el hecho que me hizo “click” en la cabeza fue la aparición en esa etapa de la vida de Borges de un cónsul paraguayo en Ginebra que se sindicaba como vinculado con el casamiento de Borges con María Kodama, cuyo papelerío se hizo en Paraguay. Resultó que el mentado cónsul no era ni paraguayo, ni cónsul. Era argentino, naturalizado uruguayo a los 29 años, y además un rufián que terminó siendo detenido en los Estados Unidos, y primero extraditado a Paraguay y después a Suiza… Bueno, así fui reuniendo los materiales para el libro…

-Casamiento contra “el reloj biológico de Borges”…

-Sí… los papeles dicen que se efectuó por poderes en abril del ’86, cuando Borges y María Kodama ya estaban en Ginebra… Acto que se concreta en un caserío paraguayo llamado Rojas Silva, y en el que Borges será representado por un chofer de autos y María Kodama por la mujer de éste, aunque no hay ningún testimonio que diga que los testaferros fueron al despacho judicial a cumplimentar los trámites… ¡Todo es estrafalario en ese casamiento!… ¡Los papeles, el cónsul, los testaferros, el cambio de las edades de los aparentes cónyuges!…

-¿Borges se va por su voluntad de la Argentina o instigado por María Kodama?

-¡Ah, una de las preguntas del millón!… Ese es uno de los secretos que se llevó a la tumba. En el libro se expresa claramente la división de opiniones que se recogen sobre este tema entre familiares, amigos y allegados a Borges. Pero es muy llamativo que se haya ido sigilosamente…

-¿Qué significado le acredita a ese silencio?

-Yo escribí que al irse sigilosamente, Borges no se vio obligado a dar explicaciones a diestra y siniestra. explicaciones que, quizá por razones vinculadas con su jardín secreto, no tenía ninguna gana de dar. Es decir, podían serle difíciles de admitir de la boca para afuera.

-¿Un tema de orgullo?

-Es posible… Quizá a Borges le resultaba difícil reconocer que era vulnerable a las decisiones de una mujer. O posiblemente -como se señala en el libro- partió en silencio porque quizá temió que lo que yo llamo “su antojo de nacionalidad suiza”, una vez vinculado con un viaje a ese país, fuese interpretado cuanto menos como una bizarría; cuanto más, como una vergüenza nacional… ¡Pero todo este tema está abierto al debate!…

-Usted dedica parte del libro a analizar las alternativas que tuvo el testamento de Borges. ¿Qué tan importante era ese testamento, aun reconociendo que hay una gran obra literaria?

-Lo es porque unge a María Kodama como única heredera universal para el manejo de esa obra… Y de esa importancia habla precisamente que el testamento del ’85 liquida una cláusula del testamento del ’79, que legaba la mitad del dinero depositado en bancos del país y del extranjero a Epifanía Uveda de Robledo, la mujer que durante más de 30 años cuidó a Borges y su madre… Esa mitad fue cambiada, mediante otra cláusula, por 2.500 australes en efectivo. Cambio de cláusula producido el 22 de noviembre del ’85, seis días antes de que Borges iniciara su viaje final a Ginebra…

-¿Tenía fortuna?

-Esa cuestión sigue en calidad de misterio…

Pero sí varias propiedades…

-Era propietario de un porcentaje de un departamento muy sobrio, el de la calle Maipú. Y se había comprado otro en Rodríguez Peña, donde pensaba ir a vivir con María Kodama. También están las condecoraciones y al momento de morir hay algunas cuentas bancarias que fueron identificadas, dos de las cuales estaban abiertas en los Estados Unidos. Yo revelé, después de su muerte, que había una cuenta secreta numerada en un banco suizo.

¿Borges era dueño de sus actos en los últimos meses de su vida?

-En base a lo que he podido recabar, llego a la conclusión de que Borges estaba lúcido…

-Sin embargo Fany, la mucama que lo atendió durante más de 30 años, dice que cuando se fue a Europa en noviembre del ’85, Borges no era muy consciente de sus actos. ¿Qué valor tiene ese diagnóstico?

-Ella dice eso, pero yo creo lo contrario. Creo que Borges fue consciente de todo lo que hizo a lo largo de esos meses. Mi conclusión se extrae de los testimonios que fui recogiendo a lo largo de la investigación. Entrevisté a médicos en Suiza, a una enfermera que lo acompañó a Borges, que lo bañaba todas las mañanas, al dueño y mozos del Hotel L’Arbaletè, donde vivía.

Denos un dato sobre la salud mental de Borges en esos días…

-Bueno… hay muchos, pero les digo uno: Borges hizo pedir champán para festejar su casamiento… ¡Si todo hubiese estado tan mal como se afirma, no creo que Borges estuviese en condiciones de pedir y tomar champán!…

-¿En esos meses finales nunca manifestó interés por volver a la Argentina?

-Yo hablé de este tema incluso con los médicos que lo atendían. Borges tuvo dos recaídas: una en febrero y otra en abril del ’86. Pero Borges jamás manifestó intenciones, deseos de regresar… Ante el deterioro de su salud, tampoco pidió ningún tipo de ayuda a sus amigos…

-¿El se dio cuenta de que podía morir en el hotel y -quizá para el acto final sea más íntimo- es por eso que pidió que lo sacaran de ahí?

-Eso no lo podemos saber, al menos hoy. Pero sí, Borges pidió a María Kodama y a los médicos que le consiguieran una casa en la parte antigua de la ciudad…

-¿Nostalgias de los años pasados de joven en esa parte de Ginebra?

-Existen muchas cosas en Ginebra que podrían explicar por qué fue ahí. Uno de los médicos que lo atendían sostiene que ir a esa parte de la ciudad a terminar su vida fue para Borges cerrar un ciclo, volver a un lugar muy importante en su vida. El médico le adjudica una gran historia de amor en esa parte de la ciudad que no se la conoce en las biografías.

-¿Cómo incide la figura de Kodama en esta neblina que cubre el final de Borges?

-Borges optó por seguir a una mujer a cualquier precio. Y, de hecho, a esa mujer le dedicó toda la parte final de su obra. Los últimos secretos se los dedicó a ella, y algunas frases de mucha profundidad. Se evidencia en ésa que dice: “No me importa lo que me pueda ocurrir estando con usted”. Se trataban de usted.

-¿Por qué elige a María Kodama como dama de compañía , al menos en los primeros años de esa relación?

-Por un problema de agenda…

-¿Cómo de agenda?

-La historia de esa elección comienza en el ’75. Es un año de mucho trabajo para Borges: viajes -más de medio centenar-, conferencias, etc, etc. En consecuencia, había que resolver quién iba a acompañar a Borges en ese encadenamiento de periplos encadenados. A Fany, la mucama, no le gustaba viajar en avión. Y estaba esta muchacha que se llamaba María Kodama, que iba a los cursos de literatura que Borges daba en su casa los domingos. Le propusieron si no quería acompañarlo. María Kodama tenía 37 años…

-¿Quién le propuso?…

-La familia de Borges.

-¿Usted los trató en pareja?

-Tuve una sola entrevista con Borges y María Kodama estaba ahí… ¡En silencio!…

-¿Por qué pone énfasis sobre ese silencio?

-Porque era un silencio pétreo, enigmático… Estaba como plantada en el lugar…

-No siga… porque si a eso le unimos que María Kodama tiene un rostro enigmático, se nos viene el miedo encima…

-Sí, sí… estaba muy quieta. Y Borges se embalaba hablando. A Borges le encantaba hablar. Sostenía que la gran característica que nos diferenciaba a los argentinos de otros latinoamericanos era la pasión por conversar. El la practicaba.

Pero, ¿y María Kodama?

-De golpe rompió el silencio: “Borges, son las ocho”. Hora de cenar. Y se terminó la entrevista.

-Durante su investigación, ¿usted trabajó con algún paradigma o principio rector?

-Me guié por un principio deontológico; el desmitificamiento de la esfera privada y la esfera pública no te tiene que llevar a entrar al plano de la difamación, de la calumnia. Y por otro lado, hay derechos para meterse un poco en la vida privada, en la medida que sean hechos públicos, que también tienen sus límites.

Carlos Torrengo

Claudio Andrade


Juan Gasparini arrastra una experiencia brutal. Un día del ’76 fue detenido por un Grupo de Tareas de la ESMA. Sometido inmediatamente a la tortura, al atardecer los asesinos lo condujeron hasta una calle en pleno centro de Buenos Aires. Lo dejaron en un auto, mientras se dirigían al departamento donde estaban la esposa de Gasparini, sus dos hijos y una amiga. Ante lo inevitable de la muerte, las mujeres escondieron a los chicos debajo de una cama. Las ráfagas sonaron secas. Murieron las dos mujeres. Con los años Gasparini salió en libertad y con sus pibes se fue a vivir a Suiza. Ahí ejerció el periodismo. A lo largo de la transición, ha escrito libros de significación para explorar la historia más inmediata de los argentinos. Uno de ellos -“Montoneros, punto final”- es quizá uno de los trabajos más minuciosos sobre la tragedia en la que se sumió esa guerrilla.

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