El país más joven
El mapa del mundo ha cambiado mucho últimamente al despedazarse algunos Estados, entre ellos la Unión Soviética y Yugoslavia, que en verdad eran imperios multiétnicos dominados por un pueblo determinado en nombre de un credo que se pretendía universal, y es probable que el proceso de fragmentación así supuesto continúe en los años próximos, ya que abundan las regiones en que una proporción significante de los habitantes se cree víctima del poder imperial ajeno y quisiera independizarse. Los ejemplos más notorios de dicha tendencia se encuentran en Europa occidental, la cuna del nacionalismo moderno, pero los que más conflictos están provocando se ubican en las fronteras del mundo musulmán, en los Balcanes, el Cáucaso, Asia sudoriental y África del Norte. Si bien algunas luchas separatistas, como las protagonizadas por los kurdos de Turquía, Siria, Irak e Irán, tienen poco que ver con diferencias religiosas insuperables, otras, como las que llevaron a la independencia de Timor Oriental en el 2002 y, el sábado pasado, de Sudán del Sur, se debieron a la resistencia de pueblos mayormente cristianos a someterse a un régimen moderadamente islámico en el caso de Indonesia y fundamentalista en el del sudanés. Antes de lograr separarse de sus ya ex compatriotas del norte, los sudaneses del sur tuvieron que librar una larga guerra contra el norte en que murieron aproximadamente dos millones de personas. Por lo demás, las hostilidades no han cesado. Aunque el régimen de Jartum se ha resignado a regañadientes a la secesión de la parte sureña del país, y por lo tanto a la pérdida del 75% de las reservas petroleras, milicias tribales árabes, parecidas a las que tantos estragos han ocasionado en Darfur, siguen atacando localidades de las disputadas zonas fronterizas. Otro problema ominoso está planteado por la presencia en el norte de más de un millón de personas procedentes del sur que emigraron en busca de oportunidades económicas o para alejarse del campo de batalla; en cuanto se anunció el nacimiento de Sudán del Sur, cuya independencia fue reconocida formalmente por el presidente norteño Omar al Bashir, se suprimieron en Jartum algunos periódicos en idioma inglés porque, según voceros del régimen, los dueños son del Sur. Se prevé, pues, que una consecuencia de la separación de Sudán del Sur será la intensificación de la ofensiva a favor de la homogeneidad religiosa que ya está en marcha y que otra será una campaña de limpieza étnica. De ser así, el Sur tendrá que prepararse para el arribo de una multitud de refugiados. Si bien la independencia será con toda seguridad mejor de lo que hubiera sido prolongar todavía más una guerra brutal contra un régimen que, como sigue mostrando en la región de Darfur, no vacila en cometer genocidio contra sus habitantes no árabes, las perspectivas ante Sudán del Sur distan de ser promisorias. Además de enfrentar a un vecino sumamente agresivo con el que tendrá que convivir, el país que será el miembro número 193 de la ONU nació en un momento en que buena parte de África oriental está experimentando una sequía devastadora que está causando hambrunas en gran escala en Somalia, Etiopía y el norte de Kenia. Asimismo, si bien países ricos como Estados Unidos y los integrantes de la Unión Europea se han comprometido a ayudar al nuevo miembro de la llamada comunidad internacional, todos enfrentan sus propios problemas económicos y la opinión pública se ha cansado de ver a sus gobiernos enviar sumas cuantiosas de dinero a lugares en que terminarán depositándose en las cuentas bancarias de políticos corruptos y empresarios amigos del poder. Como suele suceder toda vez que se forma un país nuevo luego de años de conflicto, las autoridades de Sudán del Sur, lideradas por el presidente Salva Kiir, juran que subordinarán sus propios intereses a los del conjunto, pero no les será tan fácil convencer a los escépticos de su sinceridad. También es preocupante el hecho de que su recurso principal consista en el petróleo, ya que los países que dependen de la exportación casi siempre –acaso la única excepción, por razones evidentes, sea Noruega– caen en manos de una camarilla pequeña de inescrupulosos porque les es sumamente sencillo apoderarse de virtualmente todos los ingresos nacionales.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 15 de julio de 2011
El mapa del mundo ha cambiado mucho últimamente al despedazarse algunos Estados, entre ellos la Unión Soviética y Yugoslavia, que en verdad eran imperios multiétnicos dominados por un pueblo determinado en nombre de un credo que se pretendía universal, y es probable que el proceso de fragmentación así supuesto continúe en los años próximos, ya que abundan las regiones en que una proporción significante de los habitantes se cree víctima del poder imperial ajeno y quisiera independizarse. Los ejemplos más notorios de dicha tendencia se encuentran en Europa occidental, la cuna del nacionalismo moderno, pero los que más conflictos están provocando se ubican en las fronteras del mundo musulmán, en los Balcanes, el Cáucaso, Asia sudoriental y África del Norte. Si bien algunas luchas separatistas, como las protagonizadas por los kurdos de Turquía, Siria, Irak e Irán, tienen poco que ver con diferencias religiosas insuperables, otras, como las que llevaron a la independencia de Timor Oriental en el 2002 y, el sábado pasado, de Sudán del Sur, se debieron a la resistencia de pueblos mayormente cristianos a someterse a un régimen moderadamente islámico en el caso de Indonesia y fundamentalista en el del sudanés. Antes de lograr separarse de sus ya ex compatriotas del norte, los sudaneses del sur tuvieron que librar una larga guerra contra el norte en que murieron aproximadamente dos millones de personas. Por lo demás, las hostilidades no han cesado. Aunque el régimen de Jartum se ha resignado a regañadientes a la secesión de la parte sureña del país, y por lo tanto a la pérdida del 75% de las reservas petroleras, milicias tribales árabes, parecidas a las que tantos estragos han ocasionado en Darfur, siguen atacando localidades de las disputadas zonas fronterizas. Otro problema ominoso está planteado por la presencia en el norte de más de un millón de personas procedentes del sur que emigraron en busca de oportunidades económicas o para alejarse del campo de batalla; en cuanto se anunció el nacimiento de Sudán del Sur, cuya independencia fue reconocida formalmente por el presidente norteño Omar al Bashir, se suprimieron en Jartum algunos periódicos en idioma inglés porque, según voceros del régimen, los dueños son del Sur. Se prevé, pues, que una consecuencia de la separación de Sudán del Sur será la intensificación de la ofensiva a favor de la homogeneidad religiosa que ya está en marcha y que otra será una campaña de limpieza étnica. De ser así, el Sur tendrá que prepararse para el arribo de una multitud de refugiados. Si bien la independencia será con toda seguridad mejor de lo que hubiera sido prolongar todavía más una guerra brutal contra un régimen que, como sigue mostrando en la región de Darfur, no vacila en cometer genocidio contra sus habitantes no árabes, las perspectivas ante Sudán del Sur distan de ser promisorias. Además de enfrentar a un vecino sumamente agresivo con el que tendrá que convivir, el país que será el miembro número 193 de la ONU nació en un momento en que buena parte de África oriental está experimentando una sequía devastadora que está causando hambrunas en gran escala en Somalia, Etiopía y el norte de Kenia. Asimismo, si bien países ricos como Estados Unidos y los integrantes de la Unión Europea se han comprometido a ayudar al nuevo miembro de la llamada comunidad internacional, todos enfrentan sus propios problemas económicos y la opinión pública se ha cansado de ver a sus gobiernos enviar sumas cuantiosas de dinero a lugares en que terminarán depositándose en las cuentas bancarias de políticos corruptos y empresarios amigos del poder. Como suele suceder toda vez que se forma un país nuevo luego de años de conflicto, las autoridades de Sudán del Sur, lideradas por el presidente Salva Kiir, juran que subordinarán sus propios intereses a los del conjunto, pero no les será tan fácil convencer a los escépticos de su sinceridad. También es preocupante el hecho de que su recurso principal consista en el petróleo, ya que los países que dependen de la exportación casi siempre –acaso la única excepción, por razones evidentes, sea Noruega– caen en manos de una camarilla pequeña de inescrupulosos porque les es sumamente sencillo apoderarse de virtualmente todos los ingresos nacionales.
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