El papa hobbesiano
El papa, como buen católico, cree en Dios. Es decir, no cree en el hombre. En realidad, no cree en el hombre bueno por naturaleza, sino en el pecador y necesitado de perdón. Esta afirmación se desprende de las palabras de Su Santidad en su último discurso navideño. En la plaza San Pedro, el excardenal Bergoglio emitió, tal vez inconscientemente, un mensaje realista y desesperanzador. Dijo: “Solo la misericordia de Dios puede liberar a la humanidad de tanto mal”. Un mensaje que aún para los católicos transmite un sabor amargo y un tanto pesimista respecto de una de las preguntas fundamentales de la filosofía contemporánea que no es otra que qué cabe esperar. De las palabras del jefe de la Iglesia católica apostólica romana se infiere que el futuro de la humanidad estará signado por el mal. Ni Hobbes se animó a tanto. Pero no debemos sorprendernos. Esa concepción y expectativa pesimista encajan perfectamente con la idea del reino de los cielos. Es decir, tanto para Thomas Hobbes como para la Iglesia católica hay una antropología negativa del hombre. Para el primero el hombre es malo por naturaleza y para la segunda, nació con el pecado original. Concepción opuesta, por ejemplo, a la de Jean Jacques Rousseau, quien se afirma en un buen salvaje, un hombre bueno por naturaleza, que fue pervertido por la sociedad, por la propiedad privada. La diferencia entre Hobbes y la Iglesia católica es que éste a partir de su concepción negativa del hombre elaboró una teoría del Estado, una teoría política para tratar de resolver este problema que, insisto, ambos comparten: Hobbes pensó y escribió el “Leviatán”. El tradicional mensaje navideño estuvo enmarcado en la angustia generalizada que provocaron sendos atentados terroristas en distintas ciudades del hemisferio norte, donde Francisco tiene residencia fija desde que fue ungido papa. En ese contexto fue que el sumo pontífice expuso su mensaje pastoral, que hoy llamo hobbesiano. El contexto histórico de esta mirada negativa del hombre en la que pensó y escribió Hobbes, padre de la filosofía política moderna, fue el de la guerra civil inglesa, y su respuesta intelectual fue el “Leviatán”. Este tiempo de guerra y terrorismo de células móviles, dispersas por todo el mundo, reafirma al líder de la Iglesia católica en su convocatoria a confiar más que nunca en la misericordia de Dios como única respuesta posible. En “De Cive”, publicada en argentina hace unos años por la editorial Hydra, Hobbes expuso la famosa cita: “Homo homini lupus” (El hombre es el lobo del hombre), que sintetiza el instinto destructivo del género humano por el cual este necesita una institución poderosa y omnipresente, un soberano que lo proteja y evite su autodestrucción. La Iglesia católica sostiene que la muerte no es otra cosa que la vida eterna y eventualmente la posibilidad del perdón de los pecados. ¡Está en el credo! Por eso tiene una doctrina social, una idea de justicia y equidad a la que se puede llegar después de la vida, y no una preocupación y elaboración de una teoría política, y menos aún del Estado. Básicamente para Francisco, o para cualquiera de sus predecesores, los estados no son la respuesta última al problema humano que está sintetizado en el pecado original. El Leviatán es el Dios en la tierra para la teoría política hobbesiana. Es un ser todopoderoso y omnipresente con plenas capacidades. No tiene poderes divinos, pero porque no hay divinidad en su ser. Es una creación terrenal con dos fines muy claros. El primero y principal: evitar que el hombre se extermine. El segundo: organizar la sociedad basado en este contrato social en donde todos ceden su derecho a matar y, esto es más discutible, a defenderse otorgándole esa potestad al soberano que no es otro que el Leviatán, hoy el Estado moderno. Para la Iglesia católica, Dios nos acompaña todos los días de nuestras vidas hasta nuestra muerte. Pero es solo un remedio espiritual que nos demanda fe y confianza en él, pero que no tiene efectos tangibles en nuestra cotidianeidad. Por eso Francisco no está más que siguiendo lo que su doctrina le manda. Los tres momentos claves de la obra divina son: el efecto creador, la venida del hijo (de Dios) a la tierra y su muerte por todos nosotros; su acto redentor. Como escribió Ernesto Laclau en “Emancipación y diferencia: si Dios existe no es enteramente bueno”. Si bien es cierto que la Iglesia tiene una forma de gobierno y tiene incidencia, ideas y propuestas de organización política de la sociedad a lo largo de la historia, no tiene una teoría definida como la que construyeron Hobbes, Rousseau o Platón, por mencionar algunos. Tiene preferencias y deseos que expresaron sus líderes a lo largo de los años sobre la relación entre el Estado y la Iglesia, entre el concierto de las naciones y el Vaticano, entre los estados y las sociedades de su tiempo. Así por ejemplo pretende intervenir o marcar una agenda sobre temas como el aborto, el derecho a la vida, a la llamada muerte digna, la pena capital, las relaciones económicas, los vínculos entre personas del mismo sexo, etcétera. Y esas mismas agendas fueron cambiando también con los años. Hoy, por ejemplo, sorprende al mundo que el jefe máximo de la Iglesia católica haya afirmado que no tiene vocación condenatoria ni para estigmatizar a los homosexuales. Las declaraciones navideñas de Francisco evidencian otra dificultad que tiene la Iglesia que él conduce, en su intervención pública: el rol crítico al estado de cosas no ofrece en contrapartida una alternativa para mitigar aquello que critica, lo que resulta en otra gran diferencia con Hobbes y por supuesto con muchos otros teóricos políticos a lo largo de la historia. El teórico fundamenta la necesidad de un soberano porque percibe que naturalmente hay hombres más poderosos que otros y que estos podrían someter a los más débiles. Por eso un soberano es quien debe custodiar y proteger la seguridad de todos. Es decir, el sistema de organización de la sociedad que propone Hobbes es también un antídoto para la injusticia natural que reinaría si este no existiera.
Opiniones
Franco Rinaldi – @FrancoVRinaldi
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