El papa y el anticristo

Redacción

Por Redacción

Puede que el papa Jorge Bergoglio no sea “peronista y camionero”, como afirmó el sindicalista Pablo Moyano, hijo del líder de la CGT disidente Hugo Moyano, luego de visitarlo en Roma, pero no cabe duda de que las prioridades del pontífice deben mucho a su formación argentina. No es casual que los males que más lo indignan, comenzando con la corrupción, sean endémicos en nuestro país, y que con frecuencia llamativa sus palabras parezcan dirigidas contra miembros del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Mientras que para su antecesor alemán, el papa emérito Joseph Ratzinger, la corrupción era un tema casi tan abstracto como lo es para los intelectuales orgánicos del kirchnerismo, Bergoglio es plenamente consciente de su poder destructivo. Según el sumo pontífice, “los corruptos son el anticristo”, como decía el apóstol Juan, ya que “son adoradores de sí mismos” y, en las comunidades cristianas, “piensan sólo en el grupo propio”. Aunque habrá aludido a la presencia de contingentes de corruptos en la Iglesia Católica de la cual es el jefe, no podrá sino haber pensado también en lo que está ocurriendo en su país natal, en que el flagelo así supuesto sigue causando un sinfín de estragos. Al fin y al cabo, no ignora que, de acuerdo común, la Argentina se encuentra entre los países más corruptos del mundo entero. Una vez más, pues, Bergoglio, que un par de semanas antes había exhortado a “los mafiosos y mafiosas” –empleando así un giro idiomático favorecido por los bolivarianos que lo creen progresista– a dejar de explotar a sus conciudadanos, ha brindado la impresión de estar hablando elípticamente de la actualidad argentina ya que, como sabrá muy bien, el gobierno de Cristina ha sido blanco últimamente de una serie al parecer interminable de denuncias de corrupción sumamente graves. Hasta ahora Cristina ni siquiera ha procurado defenderse contra las acusaciones que han formulado no sólo el periodista Jorge Lanata sino también muchos otros, ya que se ha limitado a atribuirlas a “los medios corporativos” –es decir los que aún no se han visto incorporados al imperio mediático kirchnerista–, como si a su juicio la hostilidad de dichos medios hacia su persona fuera más que suficiente como para probar que las versiones en torno a bóvedas llenas de dinero mal habido y todo lo demás carecen de fundamento, y a pedir ayuda al gobernador bonaerense Daniel Scioli, maltratándolo en público por su presunta resistencia a defenderla. Tiene razón el papa cuando dice que los “corruptos están en medio de nosotros, pero no son parte de nosotros”, porque subordinan todo a sus propios intereses personales, razón por la que el egoísmo sistemático que los caracteriza siempre depaupera a las sociedades en que viven. Si un grupo de corruptos logra ubicarse en el gobierno de una provincia o de un país, no tardará en dedicarse al saqueo. Aun cuando a comienzos de una gestión decidan que les convendría más desistir de robar, la necesidad de solidarizarse con los reacios a modificar su conducta, convirtiéndose así en cómplices, pronto incidirá en la de los demás integrantes del conjunto. Es lo que ha ocurrido aquí. A diferencia de la presidenta brasileña Dilma Rousseff, Cristina no ha querido depurar su gobierno de individuos bajo sospecha, entre ellos el vicepresidente Amado Boudou. Tampoco, huelga decirlo, ha podido contestar de manera convincente las preguntas relacionadas con el aumento asombroso del patrimonio de su propia familia y con los métodos elegidos por su marido fallecido para enriquecerse, lo que pudo hacer de manera impúdica sin que la Justicia se animara a intervenir. ¿Piensa el papa Francisco en la Argentina cuando se refiere al asco que le provocan los atropellos de “mafiosos y mafiosas” o los daños irremediables causados por los corruptos? Es más que probable. ¿Cree que sus palabras incidirán en una sociedad que, a pesar de ser mayoritariamente católica, raramente presta mucha atención a las amonestaciones eclesiásticas? Es posible, aunque sólo fuera porque, al deteriorarse la situación económica y difundirse la sensación de que el ciclo kirchnerista se ha acercado a su fin, los habituados a tolerar la corrupción de los gobernantes cuando las perspectivas lucen promisorias sienten que ha llegado la hora de cambiar de actitud.


Puede que el papa Jorge Bergoglio no sea “peronista y camionero”, como afirmó el sindicalista Pablo Moyano, hijo del líder de la CGT disidente Hugo Moyano, luego de visitarlo en Roma, pero no cabe duda de que las prioridades del pontífice deben mucho a su formación argentina. No es casual que los males que más lo indignan, comenzando con la corrupción, sean endémicos en nuestro país, y que con frecuencia llamativa sus palabras parezcan dirigidas contra miembros del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Mientras que para su antecesor alemán, el papa emérito Joseph Ratzinger, la corrupción era un tema casi tan abstracto como lo es para los intelectuales orgánicos del kirchnerismo, Bergoglio es plenamente consciente de su poder destructivo. Según el sumo pontífice, “los corruptos son el anticristo”, como decía el apóstol Juan, ya que “son adoradores de sí mismos” y, en las comunidades cristianas, “piensan sólo en el grupo propio”. Aunque habrá aludido a la presencia de contingentes de corruptos en la Iglesia Católica de la cual es el jefe, no podrá sino haber pensado también en lo que está ocurriendo en su país natal, en que el flagelo así supuesto sigue causando un sinfín de estragos. Al fin y al cabo, no ignora que, de acuerdo común, la Argentina se encuentra entre los países más corruptos del mundo entero. Una vez más, pues, Bergoglio, que un par de semanas antes había exhortado a “los mafiosos y mafiosas” –empleando así un giro idiomático favorecido por los bolivarianos que lo creen progresista– a dejar de explotar a sus conciudadanos, ha brindado la impresión de estar hablando elípticamente de la actualidad argentina ya que, como sabrá muy bien, el gobierno de Cristina ha sido blanco últimamente de una serie al parecer interminable de denuncias de corrupción sumamente graves. Hasta ahora Cristina ni siquiera ha procurado defenderse contra las acusaciones que han formulado no sólo el periodista Jorge Lanata sino también muchos otros, ya que se ha limitado a atribuirlas a “los medios corporativos” –es decir los que aún no se han visto incorporados al imperio mediático kirchnerista–, como si a su juicio la hostilidad de dichos medios hacia su persona fuera más que suficiente como para probar que las versiones en torno a bóvedas llenas de dinero mal habido y todo lo demás carecen de fundamento, y a pedir ayuda al gobernador bonaerense Daniel Scioli, maltratándolo en público por su presunta resistencia a defenderla. Tiene razón el papa cuando dice que los “corruptos están en medio de nosotros, pero no son parte de nosotros”, porque subordinan todo a sus propios intereses personales, razón por la que el egoísmo sistemático que los caracteriza siempre depaupera a las sociedades en que viven. Si un grupo de corruptos logra ubicarse en el gobierno de una provincia o de un país, no tardará en dedicarse al saqueo. Aun cuando a comienzos de una gestión decidan que les convendría más desistir de robar, la necesidad de solidarizarse con los reacios a modificar su conducta, convirtiéndose así en cómplices, pronto incidirá en la de los demás integrantes del conjunto. Es lo que ha ocurrido aquí. A diferencia de la presidenta brasileña Dilma Rousseff, Cristina no ha querido depurar su gobierno de individuos bajo sospecha, entre ellos el vicepresidente Amado Boudou. Tampoco, huelga decirlo, ha podido contestar de manera convincente las preguntas relacionadas con el aumento asombroso del patrimonio de su propia familia y con los métodos elegidos por su marido fallecido para enriquecerse, lo que pudo hacer de manera impúdica sin que la Justicia se animara a intervenir. ¿Piensa el papa Francisco en la Argentina cuando se refiere al asco que le provocan los atropellos de “mafiosos y mafiosas” o los daños irremediables causados por los corruptos? Es más que probable. ¿Cree que sus palabras incidirán en una sociedad que, a pesar de ser mayoritariamente católica, raramente presta mucha atención a las amonestaciones eclesiásticas? Es posible, aunque sólo fuera porque, al deteriorarse la situación económica y difundirse la sensación de que el ciclo kirchnerista se ha acercado a su fin, los habituados a tolerar la corrupción de los gobernantes cuando las perspectivas lucen promisorias sienten que ha llegado la hora de cambiar de actitud.

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