El papa y el país

Redacción

Por Redacción

Tendrán razón los que dicen que el papa Francisco se siente muy preocupado por lo que está sucediendo en su país natal y cree que sería una buena idea que los dirigentes sectoriales se pusieran a dialogar con la esperanza de que algo útil surja del intercambio de opiniones. Según se ha informado, sigue interesándose en nuestras vicisitudes. Así y todo, suponer que el sumo pontífice estaría dispuesto a hacer del embrollo político local una prioridad absoluta se parece más a una expresión de deseos que a una eventualidad realista. Mal que les pese a quienes quisieran que Jorge Bergoglio actuara como el líder moral de la Argentina, como jefe máximo de la Iglesia Católica tiene que pensar en asuntos que son un tanto más graves que los supuestos por la incapacidad de los miembros de la clase dirigente nacional para ponerse a la altura de sus responsabilidades. Además de los problemas internos de una iglesia que se ha visto debilitada por los delitos cometidos por centenares de pedófilos clericales y lo difícil que le es aprovechar su propia popularidad para influir en la conducta de los fieles, el papa no podrá sino sentirse angustiado por el virtual exterminio de los cristianos en regiones dominadas por el islam. Aun cuando Francisco prefiera limitarse a lamentar “la violencia”, como si fuera cuestión de un fenómeno natural, por miedo a enojar todavía más a los guerreros santos que están matando a los cristianos que no logran huir a tiempo, sabrá que sería escapista perder el tiempo tratando de encontrar una salida al laberinto argentino. Por cierto, no lo ayudaría en Europa, que está sufriendo su propia crisis socioeconómica. Las versiones, difundidas principalmente por el matutino porteño “La Nación”, sobre la supuesta voluntad del papa de convocar a funcionarios del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, dirigentes sindicales y empresarios para que “dialoguen” en el Vaticano parecen inspirarse en la noción de que, por haber sido Bergoglio, según Néstor Kirchner, el “jefe de la oposición”, le correspondería tomar en serio dicho papel. Se trata de una tesis bastante aventurada. Si bien los dignatarios eclesiásticos están acostumbrados a formular declaraciones que son netamente políticas y que, con frecuencia, se ven aprovechadas por la oposición de turno, dan a entender que se sienten por encima de los enfrentamientos cotidianos, ya que no les convendría solidarizarse con un partido determinado o con medidas específicas que podrían tener consecuencias imprevistas. Por lo demás, no existen motivos para creer que el papa y sus asesores estén en condiciones de dar consejos económicos útiles a un gobierno que ya ha gastado buena parte del dinero disponible, razón por la que está en apuros. De todos modos, Cristina sabe muy bien que participar de un “diálogo” organizado por el Vaticano en que el arbitro, por decirlo así, sería Bergoglio o su representante, la haría perder una cuota del poder que aún retiene, alternativa ésta que no puede atraerla. Entiende que todos lo interpretarían por evidencia de que se habría resignado a compartir el poder con otros, comenzando con el clero, lo que desde su punto de vista sería políticamente suicida. De prestarse a un diálogo convocado por otros, Cristina brindaría la impresión de estar dispuesta, por fin, a ceder ante los reclamos de distintos sectores, lo que con toda seguridad haría todavía peor la situación en que se encuentra al socavar su autoridad personal. Si Cristina fuera una mandataria menos autocrática, le parecería natural negociar con opositores, como suele hacer su homólogo norteamericano Barack Obama, en busca de soluciones consensuadas, pero hasta ahora ha actuado de forma tan autoritaria que teme arriesgarse adoptando una postura conciliatoria. Sorprendería mucho, pues, que la presidenta manifestara interés en una multisectorial, como la sugerida por el gobernador misionero Maurice Closs, aunque la presidiera nada menos que el papa Francisco. También sorprendería que Bergoglio privilegiara de tal manera la interminable interna argentina cuando, como líder de la iglesia cristiana más grande, debería dar prioridad a una multitud de problemas que son muchísimo más urgentes, ya que algunos tienen que ver con la vida o muerte de centenares de miles de personas.


Tendrán razón los que dicen que el papa Francisco se siente muy preocupado por lo que está sucediendo en su país natal y cree que sería una buena idea que los dirigentes sectoriales se pusieran a dialogar con la esperanza de que algo útil surja del intercambio de opiniones. Según se ha informado, sigue interesándose en nuestras vicisitudes. Así y todo, suponer que el sumo pontífice estaría dispuesto a hacer del embrollo político local una prioridad absoluta se parece más a una expresión de deseos que a una eventualidad realista. Mal que les pese a quienes quisieran que Jorge Bergoglio actuara como el líder moral de la Argentina, como jefe máximo de la Iglesia Católica tiene que pensar en asuntos que son un tanto más graves que los supuestos por la incapacidad de los miembros de la clase dirigente nacional para ponerse a la altura de sus responsabilidades. Además de los problemas internos de una iglesia que se ha visto debilitada por los delitos cometidos por centenares de pedófilos clericales y lo difícil que le es aprovechar su propia popularidad para influir en la conducta de los fieles, el papa no podrá sino sentirse angustiado por el virtual exterminio de los cristianos en regiones dominadas por el islam. Aun cuando Francisco prefiera limitarse a lamentar “la violencia”, como si fuera cuestión de un fenómeno natural, por miedo a enojar todavía más a los guerreros santos que están matando a los cristianos que no logran huir a tiempo, sabrá que sería escapista perder el tiempo tratando de encontrar una salida al laberinto argentino. Por cierto, no lo ayudaría en Europa, que está sufriendo su propia crisis socioeconómica. Las versiones, difundidas principalmente por el matutino porteño “La Nación”, sobre la supuesta voluntad del papa de convocar a funcionarios del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, dirigentes sindicales y empresarios para que “dialoguen” en el Vaticano parecen inspirarse en la noción de que, por haber sido Bergoglio, según Néstor Kirchner, el “jefe de la oposición”, le correspondería tomar en serio dicho papel. Se trata de una tesis bastante aventurada. Si bien los dignatarios eclesiásticos están acostumbrados a formular declaraciones que son netamente políticas y que, con frecuencia, se ven aprovechadas por la oposición de turno, dan a entender que se sienten por encima de los enfrentamientos cotidianos, ya que no les convendría solidarizarse con un partido determinado o con medidas específicas que podrían tener consecuencias imprevistas. Por lo demás, no existen motivos para creer que el papa y sus asesores estén en condiciones de dar consejos económicos útiles a un gobierno que ya ha gastado buena parte del dinero disponible, razón por la que está en apuros. De todos modos, Cristina sabe muy bien que participar de un “diálogo” organizado por el Vaticano en que el arbitro, por decirlo así, sería Bergoglio o su representante, la haría perder una cuota del poder que aún retiene, alternativa ésta que no puede atraerla. Entiende que todos lo interpretarían por evidencia de que se habría resignado a compartir el poder con otros, comenzando con el clero, lo que desde su punto de vista sería políticamente suicida. De prestarse a un diálogo convocado por otros, Cristina brindaría la impresión de estar dispuesta, por fin, a ceder ante los reclamos de distintos sectores, lo que con toda seguridad haría todavía peor la situación en que se encuentra al socavar su autoridad personal. Si Cristina fuera una mandataria menos autocrática, le parecería natural negociar con opositores, como suele hacer su homólogo norteamericano Barack Obama, en busca de soluciones consensuadas, pero hasta ahora ha actuado de forma tan autoritaria que teme arriesgarse adoptando una postura conciliatoria. Sorprendería mucho, pues, que la presidenta manifestara interés en una multisectorial, como la sugerida por el gobernador misionero Maurice Closs, aunque la presidiera nada menos que el papa Francisco. También sorprendería que Bergoglio privilegiara de tal manera la interminable interna argentina cuando, como líder de la iglesia cristiana más grande, debería dar prioridad a una multitud de problemas que son muchísimo más urgentes, ya que algunos tienen que ver con la vida o muerte de centenares de miles de personas.

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