El páramo opositor

Redacción

Por Redacción





Según todas las encuestas de opinión, una mayoría ya abultada cree que es francamente mala la gestión de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, lo que en vista de la serie de errores inverosímiles que ha cometido en las semanas últimas puede entenderse, pero así y todo ninguna facción opositora ha sabido aprovechar la caída precipitada de la popularidad de la mandataria. No es la primera vez que el país se encuentra en esta situación exasperante. En los meses previos al golpe militar de marzo de 1976, la oferta opositora era tan pobre que buena parte de la ciudadanía daba por descontado que la única alternativa viable sería una dictadura militar. Asimismo, a finales del 2001 muchos preferían el vacío supuesto por la consigna “que se vayan todos” al eventual reemplazo del gobierno del presidente Fernando de la Rúa por otro surgido de un arreglo político o elecciones de emergencia. Aunque en la actualidad el país no se debate en una crisis tan grave como las provocadas por la gestión caótica de Isabel Perón y por el colapso de la convertibilidad luego de un período prolongado de estancamiento, el que las diversas agrupaciones no hayan conseguido elaborar proyectos convincentes nos dice mucho acerca del estado nada satisfactorio del mundillo político nacional. Todas las muchas organizaciones que lo conforman parecen ensimismadas, obsesionadas por sus propias luchas internas personales y divergencias ideológicas, razón por la que la mayoría no se siente representada por ellas. Es imposible saber cuántos votaron por Cristina el año pasado por estimar que, dadas las circunstancias, el continuismo sería el mal menor, pero no cabe duda que una proporción sustancial del 54% de los votos fue aportada por quienes señalaban así su disconformidad con la oposición. Una consecuencia de esta realidad deprimente es que los dirigentes políticos mejor ubicados frente a la opinión militan en el mismo movimiento que Cristina. Los gobernadores Daniel Scioli y José Manuel de la Sota, además del intendente Sergio Massa, son peronistas. Son opositores a medias, cuya relación con el gobierno podría variar en cualquier momento. Entre los opositores auténticos están el líder porteño Mauricio Macri y el exgobernador santafesino Hermes Binner pero, puesto que ocupan lugares distintos en el confuso mapa ideológico del país, ayudan a los peronistas a mantener excesivamente fragmentada una oposición que, de ser la Argentina una democracia más parecida a las del mundo anglosajón y el norte de Europa, a esta altura se vería dominada por un solo partido de ideas centristas dispuesto a restaurar cierto orden después de una etapa de desgobierno sumamente torpe. Sea como fuere, aun cuando los dirigentes opositores lograran reagruparse para entonces producir un programa de gobierno viable, no les sería del todo fácil venderlo al electorado. En un país en que “ajuste” es una mala palabra, las propuestas suelen ser escapistas. Si bien todos reconocen que la inflación ha alcanzado una intensidad intolerable y que por lo tanto será necesario hacer cuanto resulte necesario para frenarla, escasean los políticos dispuestos a entrar en detalles, lo que es comprensible porque no existen curas indoloras para el mal. Asimismo, la mayoría no puede sino entender que al próximo gobierno le será forzoso tomar medidas para hacer más eficiente el sector público, pero pocos quieren decirlo por temor a la agitación laboral que desataría cualquier alusión a reformas drásticas. Con todo, si bien es natural que los distintos líderes opositores se limiten a criticar al gobierno por su desprecio por la ley, sus embestidas contra la libertad de expresión, la corrupción endémica y cada vez más insolente y los estragos provocados por los militantes paraoficiales de grupos como La Cámpora, para merecer el apoyo de quienes comparten plenamente la preocupación que sienten por lo que está sucediendo en el país no les será suficiente llamar la atención a las características negativas de la gestión gubernamental. También tendrían que enviar a la sociedad un mensaje lo bastante positivo como para persuadirla de que serían capaces de encabezar una administración superadora ya que, caso contrario, la mayoría seguiría resistiéndose a ver en la oposición una alternativa genuina a un gobierno cuyo agotamiento se ha hecho penosamente evidente.


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