El pergolero macho y Vicky Xipolitakis

Escándalo en vuelo de aerolíneas

En el enrevesado mundo de las artes amatorias y el cortejo de las parejas, un pájaro australiano es el más ‘pájaro’ de todos. Es el pergolero, de la familia Ptilonorhynchidae, un maestro de la seducción, el Don Juan de las aves. Los machos han diseñado un elaborado ritual para atraer a las hembras de la especie y conseguir aparearse con ellas mediante la recreación de una trampa: crean una ilusión óptica con la que las hembras se quedan perplejas. El estudio, elaborado por Laura Kelley y John Endler, de la Universidad de Deakin (Australia), ha sido publicado en la revista ‘Science’. Los investigadores concluyen que las hembras eligen a los machos que realizan las mejores versiones de esta ilusión. Lo primero que hacen es construir una gran estructura, como si fuera un túnel y parecido a una pérgola, con ramas de árboles, con la que consiguen que las hembras se paren cuando pasan por delante. Para captar su atención, los pergoleros reúnen una gran colección de objetos con los que forman un lecho que se conoce como gesso, un material blanco similar al yeso. Pasan horas y horas colocándolo en la parte final del túnel, escogiendo cuidadosamente dónde situar cada objeto. Los materiales más grandes los colocan en la parte más alejada de la salida de la pérgola y los pequeños los ponen más cerca, en forma de triángulo, como si fuera una alfombra. Todo el conjunto se conoce como la avenida del pergolero y, aunque pueda parecer un nido, sólo se usa para el cortejo. Como los objetos parecen más pequeños con la distancia, consiguen crear la sensación de que son del mismo tamaño y que el área es más pequeña de lo que parece. Pero no es real, es una ilusión óptica conocida como perspectiva forzada. La atención ya está captada. Sólo queda un paso. Cautivar a las hembras. Cuando se paran a contemplar semejante espectáculo, el macho da paso al truco final. Exhibe sus tesoros -objetos brillantes, piezas de fruta, metales- y se los muestra uno a uno, esparciéndolos con el pico delante de ella. La hembra no hace otra cosa sino contemplar el espectáculo. Mientras, el macho aprovecha la situación y da la vuelta para situarse detrás de la hembra y conseguir su objetivo. Aparearse”. Hasta acá, el artículo en internet sobre los arduos afanes de seducción del pergolero macho, disponibles también en un documental de la BBC que difunde con frecuencia el canal Encuentro.

El abogado Fernando Burlando, indicadísimo defensor de Vicky Xipolitakis en el penúltimo escándalo de la muchacha (el último es su arrebato místico por el papa Francisco), bien puede servirse del texto citado arriba para alegar a favor de su defendida, a quien considera víctima de acoso sexual. Los pilotos del afamado vuelo tuvieron, a escala humana, un comportamiento similar al del pergolero macho y dispusieron de una estructura fascinante para cautivar a Vicky. Sin embargo, la charla que mantienen los tres en la cabina los muestra más fascinados a los pilotos que a la pasajera, una profesional en asuntos del corazón. Ha declarado con toda franqueza: “Soy ingenua, no soy boba” y llegó a preguntarles a sus anfitriones si estaban seguros de estar haciendo lo correcto.

Está claro que una cosa es Vicky Xipolitakis, única en su especie, y otra cosa son las mujeres en general. Pero la alegre conducta de los pilotos, estimulados por la perturbadora proximidad de ese cuerpo excesivo, dice mucho de un débil mecanismo de represión masculino contra el que, llegado al extremo, multitudes han reclamado recientemente bajo la consigna “ni una menos”.

El episodio ha adquirido tanta gravedad un poco porque fue grabado y divulgado, pero más porque ocurrió en un avión de la empresa estatal. Y mucho más porque la ingenua pero no boba protagonista lidera la lista de inevitables fenómenos televisivos. Con límites difusos entre política y entretenimiento, los programas “del espectáculo” proveen de material a todos los demás programas, y no a la inversa. Divorcios, casamientos, desgracias, discusiones y celebraciones familiares van derechito de “Intrusos” a “TN”, que a la hora de escribirse esto exhibe un gran título en la web -”Rumores y escándalo”- para esta información: “Acusaron a Gianinna Maradona y a Daniel Osvaldo de estar a los besos en un boliche de Palermo. Ella es íntima amiga de Jimena Barón. La versión fue desmentida pero quedan dudas sobre lo que pasó”. Aunque esta vez no usaron el modo potencial del verbo, como sucedió con Máximo Kirchner y la cuenta secreta que no habría tenido, nadie se hace cargo de las dudas que quedan después de la desmentida.

Son precisamente los rumores y los escándalos los contenidos favoritos de la autotitulada prensa independiente, en cualquiera de sus formatos, y en ella pueden convivir sin contradicción la moralina inquisitorial y el desparpajo de una versión echada al viento. Puesta en el banquillo de los acusados, el corifeo de los llamados panelistas escarban en lo que puede quedarle de intimidad a la Xipolitakis y condenan la superficialidad de una vida a la que echan mano cada vez que el rating decae. La tele manda y una cámara lo puede todo. Como a la mujer barbuda del circo, la desesperación de Vicky Xipolitakis por la fama la destina a una jaula catódica donde la mirada obscena se engolosina y caen rendidos prejuicios y especulaciones.

Circula un chiste a esta hora. Vicky logró llegar a El Vaticano y se la puede ver al lado del papa en el balcón. Alguien pregunta: ¿quién es el de blanco que está al lado de Vicky Xipolitakis? El espectáculo debe continuar.

Mónica Reynoso

Periodista

Mónica Reynoso


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