El peronismo, un sentimiento grande que pisa fuerte
HÉCTOR LANDOLFI (*)
La reciente declaración que el presidente uruguayo José Mujica hiciera sobre el peronismo en una universidad norteamericana, al decir que ese movimiento político argentino “no es una ideología, es un sentimiento grande”, me indujo a escribir estas líneas. Precisamente, es esa característica la que transforma al peronismo en una esponja cuya orfandad ideológica absorbe con facilidad ideologías exógenas. Pero las ideologías no sólo entran en el peronismo, también salen. Y ese ingreso y egreso ideológico no ha sido indiferente ni neutro para las huestes de Perón. Siempre dejaron su huella –no siempre pacífica y en ocasiones, trágica– en ese movimiento político y en el país. Se podría escribir una historia del peronismo contabilizando las distintas ideologías que ingresaron, lo gestionaron y luego salieron de esa corriente política. Hacia mediados de la década del 40 del siglo pasado un simpático y sonriente coronel, que había participado del golpe de Estado llamado “Revolución del 43”, canalizó su voluntad de poder pidiendo que le concedieran el entonces irrelevante Departamento de Trabajo. Como no tuvo ningún competidor para ese puesto, los generales de la Revolución concedieron rápidamente lo que Perón les solicitaba. Pronto, el entusiasta oficial trasformó esa poco influyente repartición estatal en su famosa Secretaría de Trabajo y Previsión y en la plataforma de lanzamiento de sus aspiraciones presidenciales. Desde un comienzo, Perón aglutinó a su lado a referentes de distintas extracciones políticas, como a los socialistas Borlenghi y Bramuglia y al radical Quijano. Ya en el poder, el peronismo con su política social y creciente popularidad comenzó a ser objeto de interés para una izquierda que se había identificado con la opositora Unión Democrática. El interés de la izquierda vernácula por “entrarle” al peronismo se produjo no obstante haber creado Perón, dentro de la Policía Federal, la Sección Especial. Este departamento policial tenía un objetivo claro: combatir el comunismo. En ese ámbito acreditaron fama de torturadores los comisarios Lombilla, Amoresano y los hermanos Cardoso. Borlenghi, como ministro del Interior, era responsable directo de la “tarea” que, con lamentable eficacia, realizaban los policías de su Sección Especial. Quizá así pudo dirigir –y digerir– su posible resentimiento de socialista (menchevique) contra los comunistas (bolcheviques) que durante la puja soviética por el poder casi aniquilan, con el Ejército Rojo comandado por Trotski, a sus primos ideológicos, obligando a los sobrevivientes a exiliarse. No fueron sólo ideologías extranjeras y previas las que se introdujeron en el peronismo. Durante su larga proscripción (1955-73) y a su vera, se fue gestando un extraño conglomerado ideológico integrado por marxistas, gentes provenientes del nacionalismo católico y, más recientemente, integrantes de una izquierda freudiana aportada por el psicoanálisis, pseudociencia que se abatió abrumadoramente sobre la Argentina a partir de mediados del siglo pasado. Fue a principios de la década del 70 cuando pude escuchar sorprendido, en una reunión social que se realizaba en casa de una familia patricia de fuerte raigambre en el nacionalismo católico, planteos ideológicos extremos de tinte marxista. Algún tiempo después me enteré de que un integrante de esa familia había muerto en un enfrentamiento con el Ejército. Había nacido Montoneros, la organización guerrillera que logró anclar en el peronismo para realizar su revolución socialista. Desde su exilio madrileño, Perón incorporó el grupo guerrillero a su planificación estratégica, tendiente a la recuperación del poder, con el nombre eufemístico de Formaciones Especiales. Este nuevo vector ideológico de izquierda que entró al peronismo generó una reacción contraria desde dentro de ese movimiento. Y fue en Ezeiza, y al regreso de Perón al país, donde ambos grupos se enfrentaron con inusitada ferocidad. Este panorama brutal que Perón encontró a su regreso, fue el prólogo a la tragedia que se desencadenaría luego de la caída del gobierno peronista y la instalación de la dictadura militar. Si tenemos que buscar un referente extranjero de esta contradicción encarnizada dentro de un mismo partido político, la encontraremos dentro del nacionalsocialismo alemán. La lucha entre la SA, la “izquierda” del partido nazi, y las SS, la “derecha”, termina con el triunfo de éstas y el asesinato de los jefes de la SA. En el peronismo convivieron John William Cooke (extrema izquierda) con José López Rega (extrema derecha), Miguel Miranda, director del estatal IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio), nacionalista económico, con Carlos Saúl Menem, privatizador y “neoliberal”. En materia educativa los extremos son flagrantes: el actual ministro de Educación Sileoni y su antecesor Filmus, ateos o no religiosos y de izquierda, tuvieron como antecesores históricos a los fascistas y clericales Oscar Ivanissevich y Alberto Ottalagano. El año próximo coincidirán las elecciones presidenciales con las siete décadas de vigencia del movimiento peronista, tiempo durante el cual fue –y es– el actor central de la política argentina. Por supuesto que esto fue mérito de Perón y su movimiento. Pero también es cierto que hubo –y hay– una oposición que nunca logró oponerle una alternativa duradera y eficaz. El mismo Perón reconocía esta realidad cuando decía que el éxito de su movimiento se debía más que a bondades propias a carencias de la oposición. La existencia de un movimiento político con notable capacidad de supervivencia, que logra reciclarse y mantener un pertinaz protagonismo, es buena para ese movimiento pero no para la salud política de la república. La imagen de esta realidad política es como la de un avión con una enorme ala de un lado y, del otro, dos o tres alas más pequeñas. Las próximas elecciones plantearán un desafío mayor a la oposición que al oficialismo, pues deberá mostrar si es capaz de transformarse en la otra ala que el país necesita para que el avión de la república pueda ser previsible en su vuelo y lograr las alturas que nuestra imaginación pretende. (*) Exdirectivo de la industria editorial argentina