El peso liberado
La restauración de la confianza ciudadana en el peso y en los bancos debería ser prioridad para el gobierno.
El gobierno del presidente Eduardo Duhalde se había propuesto exagerar un poco al ordenar que el peso fuera devaluado el 28,5%, cuando conforme a las pautas habituales la sobrevaloración de la moneda nacional era un tanto menor, pero así y todo, en el curso de su primer día en el mercado libre de divisas perdió todavía más, para llegar a sumar una depreciación del 41% frente a su compañero recién repudiado, el dólar estadounidense, monto que con toda probabilidad hubiera sido decididamente mayor de no haber sido por la escasez de billetes en manos de la gente. Aunque la devaluación adicional haya tenido más que ver con motivos psicológicos que con datos económicos concretos, la extrema desconfianza que refleja la reacción del mercado libre ante la devaluación es tan ominosa como lo es la velocidad con la que muchos han reanudado las prácticas de once años antes. Por cierto, a menos que se revierta en los días próximos para que el peso libre vuelva a cotizarse a un nivel cerca de su punto de partida, será difícil impedir que los precios sigan aumentando, a pesar de la falta de efectivo, lo cual pondría en marcha una vez más la vieja maquinaria inflacionaria que, al eliminar con rapidez vertiginosa los beneficios de la devaluación, haría que dicha medida resultara ser a un tiempo inevitable e inútil.
Aun cuando el país no hubiera caído en bancarrota y no existiera el «corralito» bancario, la tarea de cualquier ministro de Economía nacional se vería complicada por la falta de fe de la ciudadanía en la capacidad de sus gobernantes para defender el valor de su moneda. Mientras que en virtualmente todos los demás países, incluyendo al Brasil, la mayoría presta más atención al valor de los bienes en la moneda local, sin perder el tiempo calculando cuánto le costaría en dólares o, quizás, en euros, aquí la costumbre de referirse a la divisa norteamericana constituye un factor de gran importancia que suelen pasar por alto los economistas extranjeros, entre ellos los técnicos del Fondo Monetario Internacional. Para eliminarlo, sería necesario que durante algunos años las autoridades lograran manejar la moneda con la firmeza suficiente como para convencer a sus compatriotas de que son por lo menos tan competentes y tan rigurosos como sus homólogos estadounidenses, de suerte que las eventuales variaciones se habrían debido a algo más que sus presuntos instintos populistas. Puesto que el gobierno actual cuenta con poco tiempo para impresionarlos, tendrá que actuar con un grado de coherencia y severidad muy poco común. De lo contrario, se intensificarán las críticas vertidas por funcionarios y economistas en el exterior y, lo que le sería más peligroso, la ciudadanía continuará recordándole que confía mucho más en el sentido de responsabilidad de los gobernantes norteamericanos que en los propios.
Por desgracia, los mercados no son racionales: si lo fueran, Jorge Remes Lenicov y sus colaboradores estarían en condiciones de prever la cotización futura del peso libre, ahorrándose un sinfín de dificultades y mejorando sus posibilidades de reavivar la economía del país. Tampoco son racionales las sociedades: en vista de que es del interés de casi todos impedir que se produzcan más corridas, lo sensato -pero también, obvio es decirlo, inconcebible- sería que la ciudadanía aceptara espontáneamente retirar poco de sus cuentas bancarias, anteponiendo, como le aconsejan casi todos los dirigentes, el bien común a las aspiraciones personales. Sin embargo, todos saben que de levantarse pronto el «corralito» los bancos enseguida se verían sitiados por centenares de miles de ahorristas conscientes de que sólo una minoría lograría su propósito, pero aun así resueltos a esforzarse por estar entre los afortunados. Por lo pronto, pues, la restauración de la confianza ciudadana, tanto en el peso como en el sistema bancario, debería ocupar un lugar muy alto en la lista de prioridades del gobierno nacional, pero, de tomarse en serio la retórica del presidente Duhalde, parece decidido a desprestigiar todavía más a los bancos en su conjunto, multiplicando de este modo sus propios problemas al incentivar la fuga hacia el dólar.