El robo del milenio

Por suerte, son pocos los que toman en serio la cinematográfica versión de que fugaron del país 24.000 millones en camiones blindados hacia Ezeiza.

Por Redacción

Es una cosa aseverar, como hizo hace poco el secretario general de la Presidencia, Aníbal Fernández, que entre marzo y diciembre del año pasado se habrían fugado «unos 24.000 millones» de dólares del país en busca de un refugio más confiable, pero es otra muy distinta intentar hacer creer que una suma similar, en billetes, fue llevada en camiones blindados hasta el aeropuerto de Ezeiza a fines de noviembre con el propósito de escaparse del «corralito» que estaba por ser impuesto. Sin embargo, esta versión cinematográfica de la fuga de capitales ha sido difundida por ciertos noticieros televisivos que han acompañado con fruición los pasos de dos jueces federales archiconocidos, Norberto Oyarbide y María Servini de Cubría, dúo al parecer impresionado por la idea que dispuso allanamientos a diversos bancos extranjeros, compañías aéreas y empresas transportadoras de caudales en un esfuerzo por seguir las huellas del dinero presuntamente huido de esta manera un tanto arcaica. Por fortuna, a diferencia de lo que ocurrió cuando la llamada «aduana paralela» dio pie a algunas semanas de histeria mediática para entonces desinflarse por completo, virtualmente nadie ha tomado en serio el asunto. Como dijo el propio presidente Eduardo Duhalde, hombre a quien nadie acusaría de sentir mucho cariño por los banqueros extranjeros, todo «suena bastante increíble porque hoy la plata no gira en camiones, gira en forma electrónica». Tiene razón. Para colmo, en vista de las necesidades de los bancos que enfrentaban una corrida, no sorprendería que en el día señalado entraron más dólares en billetes de lo que salieron.

Lo mismo que muchas otras denuncias extravagantes que se han formulado en los años últimos, la relacionada con miles de camiones rebosantes de dinero en efectivo que huía de la Argentina tuvo su origen en la convicción es de suponer sincera de un legislador de que, por fin, se había dado con una explicación maravillosamente sencilla de lo que sucedía en el país. Si bien en todas las legislaturas del planeta pueden encontrarse algunos personajes adictos a planteos raros, tales excéntricos son especialmente abundantes aquí, debido a la virtual ausencia de movimientos políticos que se sientan cómodos en el mundo contemporáneo. A demasiados peronistas, radicales y frepasistas les resulta muy fácil creer en las teorías conspirativas más rocambolescas, de suerte que muchos estaban más que dispuestos a aceptar que los bancos extranjeros no vacilarían en organizar un operativo comparable a los instrumentados por regímenes tiránicos europeos, como el nazi y el soviético, a fines de la Segunda Guerra Mundial, cuando saquearon físicamente a países sometidos.

Si bien algunas personas y empresas habrán trasladado al exterior sumas de dinero en forma ilegal, se trata de excepciones. La gran fuga a la que aludía Fernández se produjo mientras era lícito importar y exportar cualquier monto. Asimismo, aunque ya hay muchos que quieren hacer pensar que permitir que esto sucediera era de por sí un delito, cualquier intento de controlar el movimiento de capitales previo al colapso sólo hubiera servido para asegurar que el derrumbe se concretara antes de noviembre del año pasado por haber constituido el equivalente de una confesión pública de que la Argentina ya no era un país confiable. Lo entiendan o no quienes se afirman en favor de controles severos, para que sea posible atraer capitales en cantidades importantes es forzoso permitirles salir también. Mientras esta alternativa esté suspendida, la Argentina tendrá que depender de sus propios recursos porque, por motivos comprensibles, tanto los inversores del exterior como los argentinos mismos que guardan sus fondos en otras latitudes no sentirán ningún deseo de dejar que sus capitales queden inmovilizados por orden del gobierno. En una situación de emergencia como la actual, los controles pueden resultar inevitables, pero puesto que ya nos queda poco dinero para exportar pero en el resto del mundo son muchos los que se sentirían tentados a invertirlo en un país bien administrado en que imperara la seguridad jurídica, es de esperar que un día sea nuevamente posible que camiones llenos de dólares puedan ir a Ezeiza sin que a nadie se le ocurriera denunciarlo ante la Justicia.