El show de Menem
Por ser Menem un personaje singular, la posibilidad de que recupere el poder es nula, pero no la de que termine entre rejas.
El país sigue con atención las vicisitudes de la causa por la venta no confesa de armas a dos países que estaban en guerra porque bien podría culminar en la detención de Carlos Menem. Tal interés es lógico, pero convendría reconocer que la acusación más grave que enfrenta el ex presidente no se basa en las armas que llegaron a Croacia o Ecuador sino en el hecho de que en la actualidad es un hombre muy rico a pesar de que antes de iniciar su gestión su patrimonio fuera el de un integrante de la clase media que tenía dificultades para llegar a fin de mes. A veces hasta los gobiernos más respetables tienen buenos motivos para vender armas a otros a pesar de la actitud de las Naciones Unidas, pero en Occidente por lo menos ninguno puede permitir que su jefe se transforme en un multimillonario sin que nadie le pregunte cómo se las ingenió para hacerlo. Por desgracia, no existe ninguna explicación concebible del enriquecimiento de Menem a partir de 1989 que no presupondría la corrupción en escala masiva, pero hasta ahora por lo menos casi todos parecen considerar este milagro moderno un tema meramente anecdótico en comparación con el supuesto por las armas. Esto no se debe a que en el caso de las armas los elementos de prueba sean más contundentes: son tan complicados que la causa se ha estirado durante años. En cambio, la evidencia del enriquecimiento asombroso de Menem no podría ser más visible. Lejos de intentar ocultar su buena fortuna, el ex presidente raramente ha dejado pasar una oportunidad para ostentarla, lo cual le es natural porque, como muchos otros, el dinero le importa más por lo que simboliza que por la comodidad que brinda. En cuanto a su costumbre de poner sus casas a nombre de su hija Zulemita, mujer cuyo patrimonio se multiplicó centenares de veces durante la gestión de su padre, la maniobra sería burda si no fuera por la voluntad muy difundida de fingir dar por descontado que la joven ha resultado ser una empresaria extraordinariamente talentosa. Si los problemas de Menem se limitaran a la causa por la venta ilegal de armas le sería fácil organizar una defensa política de su actuación aludiendo a razones de Estado que, atendibles o no, virtualmente obligarían al gobierno del presidente Fernando de la Rúa a sacar el asunto del ámbito de la Justicia. En este contexto, el hipotético aval de los Estados Unidos al apoyo brindado a los croatas constituiría un factor convincente debido a la importancia de la relación con la superpotencia. Sin embargo, hasta hace poco tanto Menem como los otros acusados se mostraron extrañamente reacios a hacer hincapié en los aspectos netamente políticos de la causa, aunque últimamente algunos han comenzados a hablar de ellos, acaso por confiar en que De la Rúa finalmente opte por indultarlos, lo cual sería irónico porque de todas las medidas tomadas por el gobierno menemista la supuesta por el indulto a los jefes de la dictadura militar fue con toda seguridad la menos apreciada por el resto del país pero que podría servir para impedir que cobren entidad otras causas sin connotaciones políticas de ninguna clase. De haber sido Menem un político un tanto menos original, en este momento sería el líder indiscutido del movimiento justicialista y favorito seguro para regresar en triunfo a la Casa Rosada que abandonó a fines de 1999. Pero por ser un personaje singular, la posibilidad de que un día recupere el poder ya es nula pero no lo es en absoluto la de que termine entre rejas. Para colmo, tal destino se debería en parte a su casamiento con la ex reina de belleza y animadora chilena Cecilia Bolocco, acontecimiento que pudo haber hecho subir sus acciones políticas pero que también ha enojado a su ex esposa y a su hija hasta tal grado que parecen más que dispuestas a hacer cualquier cosa a fin de perjudicarlo.
Puesto que poseen los medios para hacerlo, el futuro del hombre cuya gestión «cambió la historia» del país podría resultar muy sombrío a menos que reciba el indulto que muchos prevén, pero aún así los costos para el país de sus «transgresiones» seguirán siendo elevados aunque sólo fuera porque el presidente más «modernizador» de los últimos tiempos fue también el representante más notorio de una cultura política llamativamente primitiva que, mal que les pese a sus muchos partidarios, tiene los días contados.
El país sigue con atención las vicisitudes de la causa por la venta no confesa de armas a dos países que estaban en guerra porque bien podría culminar en la detención de Carlos Menem. Tal interés es lógico, pero convendría reconocer que la acusación más grave que enfrenta el ex presidente no se basa en las armas que llegaron a Croacia o Ecuador sino en el hecho de que en la actualidad es un hombre muy rico a pesar de que antes de iniciar su gestión su patrimonio fuera el de un integrante de la clase media que tenía dificultades para llegar a fin de mes. A veces hasta los gobiernos más respetables tienen buenos motivos para vender armas a otros a pesar de la actitud de las Naciones Unidas, pero en Occidente por lo menos ninguno puede permitir que su jefe se transforme en un multimillonario sin que nadie le pregunte cómo se las ingenió para hacerlo. Por desgracia, no existe ninguna explicación concebible del enriquecimiento de Menem a partir de 1989 que no presupondría la corrupción en escala masiva, pero hasta ahora por lo menos casi todos parecen considerar este milagro moderno un tema meramente anecdótico en comparación con el supuesto por las armas. Esto no se debe a que en el caso de las armas los elementos de prueba sean más contundentes: son tan complicados que la causa se ha estirado durante años. En cambio, la evidencia del enriquecimiento asombroso de Menem no podría ser más visible. Lejos de intentar ocultar su buena fortuna, el ex presidente raramente ha dejado pasar una oportunidad para ostentarla, lo cual le es natural porque, como muchos otros, el dinero le importa más por lo que simboliza que por la comodidad que brinda. En cuanto a su costumbre de poner sus casas a nombre de su hija Zulemita, mujer cuyo patrimonio se multiplicó centenares de veces durante la gestión de su padre, la maniobra sería burda si no fuera por la voluntad muy difundida de fingir dar por descontado que la joven ha resultado ser una empresaria extraordinariamente talentosa. Si los problemas de Menem se limitaran a la causa por la venta ilegal de armas le sería fácil organizar una defensa política de su actuación aludiendo a razones de Estado que, atendibles o no, virtualmente obligarían al gobierno del presidente Fernando de la Rúa a sacar el asunto del ámbito de la Justicia. En este contexto, el hipotético aval de los Estados Unidos al apoyo brindado a los croatas constituiría un factor convincente debido a la importancia de la relación con la superpotencia. Sin embargo, hasta hace poco tanto Menem como los otros acusados se mostraron extrañamente reacios a hacer hincapié en los aspectos netamente políticos de la causa, aunque últimamente algunos han comenzados a hablar de ellos, acaso por confiar en que De la Rúa finalmente opte por indultarlos, lo cual sería irónico porque de todas las medidas tomadas por el gobierno menemista la supuesta por el indulto a los jefes de la dictadura militar fue con toda seguridad la menos apreciada por el resto del país pero que podría servir para impedir que cobren entidad otras causas sin connotaciones políticas de ninguna clase. De haber sido Menem un político un tanto menos original, en este momento sería el líder indiscutido del movimiento justicialista y favorito seguro para regresar en triunfo a la Casa Rosada que abandonó a fines de 1999. Pero por ser un personaje singular, la posibilidad de que un día recupere el poder ya es nula pero no lo es en absoluto la de que termine entre rejas. Para colmo, tal destino se debería en parte a su casamiento con la ex reina de belleza y animadora chilena Cecilia Bolocco, acontecimiento que pudo haber hecho subir sus acciones políticas pero que también ha enojado a su ex esposa y a su hija hasta tal grado que parecen más que dispuestas a hacer cualquier cosa a fin de perjudicarlo.
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