El Sundance Institute premió a Daniel Burman

El director argentino ganó uno de los concursos de guiones más prestigiosos del mundo con la historia de la que será su nueva película: “Todas las azafatas van al cielo”. Hace unos días Burman se entrevistó con “Río Negro”.



Su segundo largometraje “Esperando al Mesías” con Héctor Alterio, que estrenó hace casi cinco meses y presentó en la Muestra de octubre en General Roca, se exhibió además, junto a su opera prima “Un crisantemo estalla en cinco esquinas” (96) en la Muestra del Proyecto de Cine Independiente (PCI) en el Teatro General San Martín de Buenos Aires, y en Venecia, Sydney, Tokio y Toronto.

Estuvo entre las cinco propuestas para representar a nuestro país en la competencia por el Oscar en Hollywood; en Biarritz ganó el Premio del Público y conquistó “por su honesta y a la vez realista y simbólica descripción de la esperanza humana en el Buenos Aires actual”, el Premio de la Federación de la Prensa Cinematográfica en Valladolid, España, país donde se proyectó durante noviembre.

Ahora su guión de “Todas las azafatas van al cielo”, que empezará a filmar a mediados del próximo año, ganó en una competencia internacional de guiones (sección latina) organizada por el Sundance Institute de Estados Unidos y la cadena televisiva NHK de Japón, que le otorgará ahora 10.000 dólares y, antes de su estreno, 130.000 más. El Sundance es uno de los reconocimientos más importantes que un director joven puede recibir en su carrera.

Hace unos días Daniel Burman conversó con “Río Negro” y refiriéndose a otro premio, el de Biarritz, dijo: “De haber tenido el menor presentimiento de ganarlo, me hubiese hecho presente. Estaba en París, arreglando el estreno de “Esperando...” en febrero. Es muy lindo ser premiado y me causa mucho placer personal, relacionado más con la vanidad. Pero no cambia nada, es un buen momento y un reconocimiento, eso sólo. Hay que ponerlo en su lugar, digamos. Me pesó sí más haberme conectado con el público normal en Biarritz. Acá no vamos a la salida de los cines a hablar, porque da cierto pudor, en cambio allí charlé con gente en la calle, en la farmacia, con cincuenta, sesenta personas en la sala, que me daban su opinión. Esos comentarios son casi la única oportunidad de confrontar la película.

- Te responden las entradas vendidas.

-Pero no es lo mismo un número en miles que tres personas dialogando. Una sala llena, en un lugar lejano, haciéndome preguntas es mucho más real. Los números son interesantes para los productores y también para mí porque marcan el interés que tuve, pero nunca se termina de saber por qué fue esa cantidad de gente o por qué no fueron los demás. Así, es imposible conocer los elementos de mi discurso que resultaron atrayentes. Lamenté no poder ir a Río Negro porque me perdí ese acceso directo. La devolución del público me modifica varía el discurso”.

- ¿Qué decir o cómo decirlo?

- Ambos, sobre todo el cómo... Qué decir, lo mantengo más allá de lo que piense la gente, pero me vuelvo más flexible en la manera de comunicarlo.

- En Ushuaia vas a filmar “Todas las azafatas van al cielo” ¿Qué buscás decir con ella?

-Que después de la muerte, de alguna tragedia, el concepto de amor se puede replantear. Nada... Me interesa proponer un amor diferente al del cine norteamericano -algo perfecto, limpio, convencional, previsible- un acuerdo mutuo entre dos personas para soportar el dolor de la vida.

Eduardo Rouillet


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