El valor de un dólar
Si quiere eliminar las dudas, el gobierno tendrá que hacer gala de un grado de sensatez que no lo ha caracterizado hasta hoy.
Gracias en parte a los intentos torpes del gobierno del presidente Eduardo Duhalde de hacer de la compra de dólares una actividad cuasi criminal, cuando no una forma de apostar contra el país, en el primer día de libertad cambiaria fuertemente condicionada la moneda norteamericana llegó a cotizarse a aproximadamente 2,50 pesos, aunque después bajó un poco. Sin embargo, antes de concretarse la devaluación, los especialistas que creían insostenible el uno a uno concordaban en que el tipo de cambio «real», o sea, el indicado por los costos relativos argentinos en comparación con aquellos de otros países, debería de encontrarse entre 1,20 pesos y 1,30, la mitad de lo que muchos ciudadanos y empresarios han estado dispuestos a pagar. El motivo de la diferencia sideral entre la tasa que en teoría sería apropiada y la fijada por un mercado sólo parcialmente libre no constituye un misterio: tan escasa es la confianza en la capacidad del gobierno para manejar la economía nacional, que la mayoría preferiría ver achicarse drásticamente su poder de compra actual, a correr el riesgo de perder absolutamente todo en los próximos meses. Si quiere eliminar las dudas así supuestas, el gobierno tendrá que hacer gala de un grado de sensatez que no lo ha caracterizado en las semanas iniciales de su gestión.
En los días previos a la reapertura de los mercados cambiarios el gobierno mismo contribuyó bastante a socavar el peso haciendo pensar que no ha aprendido ni olvidado nada de las experiencias frustradas que desembocaron en la hiperinflación primero y después en la convertibilidad. Al hablar de «campañas» de prensa destinadas a hace subir el dólar, Duhalde se las arregló para refrescar la memoria de quienes recuerdan los esfuerzos contraproducentes similares que emprendían otros gobernantes en vísperas de una nueva convulsión cuando denunciaron «campañas», «conspiraciones» y «golpes de mercado» supuestamente urdidos por sus enemigos, reacción que lejos de inspirar confianza sólo servía para subrayar su propia inoperancia. Asimismo, al procurar obstaculizar el acceso al dólar de compradores en potencia ordenando a los bancos desistir de venderlo y construyendo una serie de barreras burocráticas con el propósito de desalentar al ciudadano común, el gobierno convirtió la divisa estadounidense en un bien presuntamente difícil de conseguir y por lo tanto sumamente deseable. Dadas las circunstancias, le hubiera convenido mucho más limitarse a permitir la intervención discreta del Banco Central que, por ahora cuando menos, cuenta con los recursos suficientes como para asegurar que no haya alzas incontrolables.
Por razones evidentes, el gobierno espera que luego de algunos días de incertidumbre signados por subas impresionantes, el mercado cambiario se tranquilice dejando al dólar con un precio que esté cercano al nivel sugerido por lo que podría comprar en la deprimida Argentina actual. Si esto no ocurre, los problemas que surgirán serán mayúsculos, porque se confirmarán los vaticinios lúgubres de quienes afirman que la devaluación está «pulverizando» los salarios. Como es notorio, tanto mayoristas como minoristas no han abandonado la costumbre propia de épocas de inestabilidad de remarcar sus precios conforme a la evolución del tipo de cambio y no, como es habitual en países más «normales», según el estado del mercado local. Todavía es imposible saber si estaban en lo cierto todos aquellos que antes de la devaluación opinaban que a raíz de la depauperación generalizada la medida no incidiría mucho en el costo de vida, pero los precios de muchos bienes no importados que no deberían haberse visto afectados por las vicisitudes de la relación del peso con el dólar ya han incrementado de forma notable.
Huelga decir que los esfuerzos oficiales por frenar tales aumentos amenazando con utilizar la ley de abastecimiento contra los «infractores» y, en el caso del vocero presidencial Eduardo Amadeo, calificando de «traidores» a quienes no denuncien remarcaciones a su juicio injustificadas, no han ayudado a convencer al público de que la economía está por estabilizarse. Por el contrario, al recrear el clima que se dio cuando Isabel Perón y Raúl Alfonsín estaban en la Casa Rosada, han aportado mucho a la suba «irracional» del dólar.