El valor instrumental de los derechos fundamentales




MartÍn Lozada *

¿Es ingenuo albergar la expectativa de que los derechos fundamentales operen como la ley del más débil frente al poderoso?  


Esa es justamente la pretensión esbozada por el filósofo y jurista Luigi Ferrajoli ante el triunfo, desde hace aproximadamente treinta años atrás, del capitalismo mundializado.


Un triunfo que trajo consigo, como sostiene el también filósofo Alain Badiou, una suerte de energía primitiva del capitalismo que propicia y coexiste con un marcado debilitamiento de las formas estatales.


En este contexto, los límites impuestos al capital suelen parecer cosa del pasado. Al menos, los referidos a los acuerdos logrados en el período de la última posguerra mundial, entre la lógica del capital y otras posibles.


Es decir, que apenas operan como freno aquellas concreciones sindicales, medidas de  nacionalización parcial de la economía y la industria, o bien las que impusieron ciertos límites a los  excesos de la propiedad privada.
Los datos están a la orden del día: la mitad de la riqueza mundial se encuentra en manos de sólo el 1% de la población. Los 80 individuos más ricos del mundo poseen la misma riqueza que el 50% más pobre de la población total, es decir, 3.500 millones de personas.


Ante este cuadro, Ferrajoli se pregunta: ¿cómo reaccionar ante la existencia de una oligarquía planetaria, en el sentido político que los griegos le daban al término, que representa al 10% de la población y que posee el 86% de los recursos disponibles?


A la hora de sopesar la respuesta, y ante las marcas indelebles de la inequidad planetaria, sostiene que el gran desafío de nuestros días es el generado, por un lado, por el viejo absolutismo de la soberanía externa de los Estados, y por otro, por el nuevo absolutismo de los poderes económicos y financieros trasnacionales.


El primero de esos absolutismos se manifiesta en las guerras, en las violaciones masivas de los derechos humanos a cargo de los Estados y en su impunidad.


El segundo es un neo-absolutismo regresivo que se traduce, al interior de nuestras democracias, en las sucesivas crisis que atentan contra el relativo bienestar alcanzado por algunas sociedades, así como contra las garantías tanto de los derechos sociales como de los concernientes al trabajo.
Y lo hace, tanto en el plano interno como internacional, en ausencia de cualquier regla. Lo cual ha sido asumido por el actual anarco-capitalismo globalizado como la propia norma fundamental de las relaciones económicas e industriales.


Destaca que contra esta regresión de la economía y de las relaciones del trabajo al modelo paleo-capitalista, tanto como contra la rehabilitación de la guerra como medio de solución de las controversias internacionales, no existen otras alternativas más que el derecho y sus correspondientes garantías.


Ferrajoli afirma que es en este punto en donde el papel de los derechos fundamentales se levanta como verdadera “ley del más débil”. En lo fundamental, debido a que esos derechos constituyen leyes del más débil en franca oposición a la ley del más fuerte que regiría en su ausencia.
En primer lugar el derecho a la vida, contra la ley de quien resulta más fuerte físicamente.


En segundo término, los derechos de inmunidad y de libertad, en contra del arbitrio de quien es políticamente más fuerte.


Por último, los derechos sociales, que son derechos a la supervivencia contra la ley de quien es social y económicamente preponderante.
Ante el desarraigo casi total de la idea de que otro camino de desarrollo es alternativo y posible, el filósofo y jurista levanta una vez más la voz, afirmando el valor instrumental de ese logro de la modernidad que son los derechos fundamentales.


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